El pozo de los deseos reprimidos

¡Qué final!

Estoy muy deprimido porque el viernes pasado terminó Las trampas del deseo y porque terminó raro, terminó triste.

¿Qué es Las trampas del deseo? Una telenovela que se transmitía todas las noches después del noticiario de Francisco Zea en Cadenatres.

¿A qué me refiero cuando le digo que terminó raro, a que terminó triste?

A que muchas personas esperábamos que ganaran los buenos, que los villanos recibieran su castigo y que la pareja joven se casara, pero no, no hubo nada de eso.

¿Qué fue lo que pasó ahí? Muchas cosas. Primero, que a ojo de bueno cubero, ese desenlace no estaba diseñado para viernes.

Como que sus responsables iban a cerrar con algo especial en domingo, igual a como lo hicieron con Infames, como que a última hora no se los autorizaron y como que tuvieron que comprimir.

Y, segundo, que una historia como Las trampas del deseo no puede tener un final feliz.

Sería como decir: en México acabamos con la trata de personas, y pues no, esto no acaba, se pone peor.

Si no me cree, nomás échele un ojo a la investigación especial que Carmen Aristegui presentó la semana pasada.

Obviamente, si usted comprime y si pone todo esto en una telenovela, el resultado es desconcertante, algo que jamás iba a dejar satisfechas a las multitudes.

Ni modo, era eso o engañar al público y, lo que sea de cada quien, Argos y Cadenatres, los responsables de esta joya, jamás nos han engañado.

A seguir luchando, a seguir combatiendo la trata de personas a ver si algún día este problema se acaba de verdad.

A esto, que es bastante doloroso, súmele que, en el desenlace de esta producción, la pareja joven no acabó ni casada ni arrejuntada ni en beso ni en nada de nada. ¿No es horrible?

Pero, seamos honestos, ¿había opción para esos muchachos? Yo creo que aquí hay un gran mensaje.

Si Aura (Marimar Vega) y Darío (Javier Jattin) hubieran terminado felices para siempre, ¿cuál hubiera sido la conclusión?, que no pasa nada cuando uno es víctima de las trampas del deseo.

Y, perdón, sí pasa. Una vez que uno se involucra en esas perversiones, no sale y, si sale, sale mal.

Por eso era importante que esa historia terminara rara, que terminara triste. Por eso era importante dejar a la gente con un mal sabor de boca.

Obviamente lo que más llamó la atención del desenlace de esta telenovela fueron los remates de Roberta (Lourdes Reyes) y Gerardo (Rodrigo Abed).

¿Por qué? Porque sus conflictos no se resolvieron como normalmente se resuelven esta clase de cuestiones en televisión. Tuvieron un final más en el terreno de las ideas que en el de las emociones.

¿Cómo acabó Roberta? No acabó convertida en la primera mujer presidente de México, no acabó asesinando a su hijo después de que sus jefes se lo ordenaron y no acabó sufriendo.

¡Acabó dándole órdenes al presidente desde una celda de lujo en un reclusorio de alta seguridad!

¿Qué tiene esto de interesante? Que la señora terminó convirtiéndose en el personaje más admirable de toda la telenovela, en la gran ganadora. ¡Ganó el mal!

¿Cómo puedo decirle que Roberta se volvió admirable y que acabó como gran ganadora si remató en un reclusorio?

Se volvió admirable porque no solo conservó su poder, lo aumentó. ¿Y sabe cómo le hizo? Sacrificando algo que nadie más hubiera sacrificado: su camino a Los Pinos por la vida de su hijo.

Roberta, al negarse a asesinar a Darío, al renunciar con eso a la candidatura a la Presidencia, se reivindicó como madre, como mujer. ¿A usted no se le hace increíble?

A mí se me hace maravilloso, lo nunca antes visto en televisión, porque le dio una dimensión completamente distinta a la clase política mexicana.

Nos puso a pensar sobre qué tan podrido está lo podrido, sobre dónde está la maldad en la maldad. ¡Me encantó!

¿Y qué me dice del final de Gerardo? El señor no solo estuvo a nada de robarse el capítulo cuando salvó a Marina (Alejandra Ambrosi), acabó de secretario de Finanzas en una escena sexual que pasará a la historia por crítica, por cínica.

Si Roberta terminó transformada en una reina, Gerardo acabó convertido en rey, en un ser humano igual de completo, de retorcido, entrañable, valiente, sensible, sucio y entrampado.

¿A usted no le dieron ganas de llorar cuando mandó a Roberta al matadero después de haber asesinado a Silvio (Diego Soldano)?

¿A usted no le dio gusto que al final terminara unido a la villana en una secuencia tan reveladora e inesperada? ¡Guau! ¡Qué agasajo!

¿Y qué me dice de los otros desenlaces? ¿Qué me dice de las conclusiones de las otras historias?

No caben en esta columna de tan numerosas y profundas. ¡Felicidades!

Evidentemente, estamos ante algo diferente, ante uno de los finales telenoveleros más complejos en la historia de la televisión mexicana.

Esto no podía acabar de otra manera. Esto amerita una continuación. ¿O usted qué opina?

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