El pozo de los deseos reprimidos

El estreno del fin de semana

A veces la televisión se convierte en arte, tal y como lo demuestra Downton Abbey que, como usted sabe, es una de las más maravillosas series de televisión de todos los tiempos.

Si usted no la ha visto, no ha vivido, no sabe nada de este negocio, no ha experimentado lo que puede llegar a pasar cuando se combina lo mejor de lo mejor.

¿Cuál es la nota? Uno, lo que le he dicho muchas veces: no se deje engañar por los productores mediocres que afirman que al público le gusta la basura.

Downton Abbey es un éxito por donde quiera que se le vea. Ya quisieran muchas telenovelas, muchos programas de revista, muchos partidos de futbol y muchos talk shows tener la mitad de su audiencia mundial, la mitad de sus ganancias.

Dos. Volvemos a lo mismo: ya no se trague ese cuento de gente floja de que el público es tonto, de que no entiende si no se le trata como estúpido y de que no aprecia la calidad.

No existe una persona, joven o vieja, pobre o rica, culta o inculta, que no mire esta magnífica producción inglesa y que no caiga rendida ante su belleza y espectacularidad.

Y tres, lo más importante, este domingo, a las 21:00 horas, por el canal Film&Arts, se va a estrenar la cuarta temporada de esta obra maestra.

Por lo que más quiera en la vida, luche a muerte por estar ahí, por sentir eso, por vivir eso.

No importa si usted ya había visto o no las tres temporadas anteriores de esta joya.

Hay cosas que uno debe hacer porque las debe hacer y una de ellas es mirar Downton Abbey al menos una vez en la vida con la ventaja adicional de que esta cuarta temporada es la mejor de todas.

¡Sí! ¡Por increíble que parezca es mejor que la uno, la dos y la tres! Y no nada más hablo de la parte emocional o de la artística, hablo de los números.

Estamos ante un cañonazo, cañonazo de popularidad, cañonazo económico. Estamos ante una obra capital.

¿Qué es Downton Abbey? ¿De qué trata? ¿Por qué tanto escándalo?

Downton Abbey es un pretexto para hablar de nosotros mismos. Imagínese a gente muy, muy rica coexistiendo con gente muy, muy pobre en un momento de transición.

¿Qué hacen los ricos para evitar su caída? ¿Qué hacen los pobres para subir? ¿En dónde quedan los de en medio? ¿Existen?

¿Qué pasa con los hombres? ¿Qué pasa con las mujeres? ¿Y los homosexuales? ¿Y los ancianos? ¿Y los más pequeños? ¿Y los enamorados? ¿Y los que tienen sueños? ¿Y los que no los tienen?

No es la primera vez que la televisión europea se enfrenta a un ejercicio de esta naturaleza, acuérdese de grandes clásicos como Los de arriba y los de abajo, pero esto es diferente.

¿Por qué? Porque está elevado a la ene potencia y porque a pesar de que se desarrolla a principios del siglo XX (la cuarta temporada es en los años 20), parece la actualidad nacional e internacional.

Downton Abbey es poderosa, delicada, emocionante, crítica y muy adictiva. Es un espectáculo total producido por los dioses.

Cada cucharita de cada servicio de cada rincón de cada mesa de cada habitación es una antigüedad finísima colocada bajo la asesoría de historiadores que fueron y vinieron entre unos guiones perfectos y unos detalles visuales y auditivos que, literalmente, llenan libros y libros de tan sofisticados para la televisión de la actualidad.

En Downton Abbey convergen decenas de personajes, pero también decenas de universos de todo tipo como en la vida misma.

¿Quién es la protagonista? La Downton Abbey, la casa. Cualquiera de las personas que aparece en esta historia puede entrar o salir, puede nacer o morir, como en la realidad. Punto.

Pero la casa permanece y permanecerá ahí para siempre como el símbolo de algo mucho muy superior que se resiste a sucumbir a los cambios, a las guerras, a los inventos, a la pobreza.

No importa si los ricos dejan de ser ricos, si las mujeres se convierten en las dueñas de su vida o si los homosexuales encuentran el amor.

No importa si terminan las viejas injusticias, si comienzan otras nuevas o si la tecnología acerca o aleja a las personas.

Esa inmensa residencia, ese elegante palacio que reúne a todos los personajes de esta serie, seguirá ahí hasta el final de los tiempos como testigo mudo de la historia.

Como muchas construcciones del pasado, que a fuerza de estar tan presentes en nuestra vida dejan de ser apreciadas por propios y extraños, pero que, invariablemente, seguirán ahí después de nosotros, y después, y después.

A veces la televisión se convierte en arte, y el arte nos enseña a vivir, el arte nos acerca a Dios.

Nos vemos este domingo a las 21:00 horas en Film&Arts con el estreno de la cuarta temporada de una obra de arte, de Downton Abbey.

Y no, no es porque valga la pena, es porque es una obligación para todo aquel que tenga cuatro gramos de sensibilidad, para todo aquel que ame la belleza y la televisión. ¿A poco no?  

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