El pozo de los deseos reprimidos

El destino quiso que estuviéramos juntos

Muchas personas me preguntan, sobre todo en las conferencias, cómo le pueden hacer para saber si una telenovela es buena.

Ojo, estamos hablando desde una perspectiva crítica, porque para otra clase de análisis están los ratings, las ventas y asuntos tan delicados como los presupuestos.

Yo, para no hacerles el cuento largo, siempre les respondo lo mismo:

“Una buena telenovela es aquella que nos acompaña cuando apagamos el televisor, la que comentamos con los amigos, la que aparece en nuestros sueños.”

Lo más divertido de mi respuesta es la cara de desconcierto de la gente.

¿Por qué? Porque probablemente para usted puede ser buena la telenovela de la noche, pero para su mamá, la de la tarde, o para su papá, la del cable.

Todo esto es subjetivo, personal. El crítico más atinado siempre ha sido usted, y el trabajo de uno, que se dedica a esto de manera profesional, es moverle el tapete, obligarlo a fijarse en cosas que tal vez no había notado, abrir el debate.

Para mí, Yo no creo en los hombres ha sido la mejor telenovela mexicana de los últimos años, un orgullo para toda América Latina.

Le puedo dar 14 mil razones, pero en este instante me quiero quedar con mi perspectiva personal.

No sé cómo la haya vivido usted, pero a mí esta producción de Giselle González se me metió en el alma, me hizo reír, me hizo llorar, me robó el aliento. Fue mía.

Y tan lo fue que el domingo pasado, cuando acabó, me embargó una sensación que solo he experimentado con títulos como Infames y Cuna de lobos.

Es una mezcla de orgullo y felicidad, como si el que hubiera llegado a la meta hubiera sido yo, como si el que hubiera vivido todas esas aventuras hubiera sido yo, como si el que hubiera alcanzado la paz hubiera sido yo.

Durante esa transmisión dejé de ser Álvaro Cueva para ser todos y cada uno de los personajes de esta puesta en pantalla de Eric Morales.

Fue precioso. Fue exactamente como tiene que ser en esta clase de propuestas.

Por supuesto que no le voy a hacer la grosería de venderle el final de esta adaptación de la gran Aída Guajardo del clásico de Caridad Bravo Adams.

Lo que sí voy a hacer es a compartirle algunas ideas que considero fundamentales:

Yo no creo en los hombres no es una María, no es una telenovela rosa, ligera, tiernita ni populachera.

Ojo, soy el fan número uno de las telenovelas rosas, ligeras, tiernas y populacheras. No se vaya usted a confundir. Pero en este negocio, como en muchos otros, hay subcategorías y esta joya va por otro lado.

¿Cuál? El de la denuncia, la sordidez, el realismo, la lujuria, la violencia y el horror y, lo más interesante, sin dejar de ser una emisión romántica.

Yo no creo en los hombres va por un público que busca otra clase de experiencias, que no está cansado de ver sangre, que no se asusta si le hablan duro y que no se preocupa si en algún momento va a tener que participar pensando.

Es el mismo mercado de proyectos tan ambiciosos como Pablo Escobar, el patrón del mal, Las Aparicio y Lareina del sur, un mercado que coquetea con el de la serie y que también merece respeto.

Como mexicano, como televidente y como crítico me siento profundamente orgulloso de que Televisa haya respaldado esta propuesta, porque la coloca a la altura de las casas productoras de telenovelas más finas del mundo.

¿Entonces estoy de acuerdo con la avalancha de cuchilladas y balazos que vimos el domingo?

No, en el mundo real no, pero aquí la celebro, porque venía al caso y porque le terminó de dar congruencia a un espectáculo que siempre fue así.

Yo no creo en los hombres nunca nos prometió candor ni dulzura, nos prometió una revolución y nos cumplió.

Amé todos y cada uno de los trabajos actorales. Adriana Louvier es hoy, gracias a su María Dolores, inmensa. Gabriel Soto está ahora a un nivel altísimo.

Alejandro Camacho confirmó por qué es uno de los mejores actores de México. Punto. A Flavio Medina yo quiero conocerlo, porque no doy crédito de que un actor nos pueda ofrecer tantos matices en melodrama.

Azela Robinson es mi reina. Punto. Lo que quiera. Luz María Jerez me conmovió hasta de fantasma. Rosa María Bianchi volvió a brillar como la inmensa actriz que es.

Macaria siempre ha tenido mi corazón. Aquí me lo arrancó. No dejó nada de él. Cecilia Toussaint me hizo volar. Juan Carlos Colombo lo hizo increíble. 

¿Y qué me dice de Adalberto Parra? ¿Así o más perfecto? Sonia Franco, ¡bueno!, me enloqueció. Y aquí le paro, porque no me van a caber todos.

Cada uno de ellos, desde Sophie Alexander hasta Pablo Perroni pasando por Angelina Peláez, Aurora Clavel, Violeta Isfel, Milia Nader, el padre José de Jesús Aguilar y quien usted quiera, guste y mande, se merecen una medalla.

¡Qué bonito trabajo! Y sí, el destino quiso que estuviéramos juntos. Aquí lo estuvimos y ojalá que pronto lo volvamos a estar. ¿A poco no?

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