El pozo de los deseos reprimidos

"Yo no creo en los hombres"

Amo Yo no creo en los hombres, gozo Yo no creo en los hombres, vivo Yo no creo en los hombres.

Si usted me viera sintonizando esta producción de Giselle González no daría crédito de mis reacciones porque grito, río, aplaudo.

No es una telenovela, es lo más maravilloso que le pudo haber ocurrido a la televisión abierta nacional en este momento tan complicado.

¿Por qué? Porque coincide con las más poderosas tendencias del entretenimiento internacional, porque hace importantes aportaciones, porque toca los temas del momento y porque se convierte en una válvula de escape.

Todo lo que ha pasado ahí, desde el capítulo uno, ha estado de alarido, pero lo más impresionante no es eso, sino que conforme pasa el tiempo aquello se pone todavía mejor.

Si usted no la ha visto nunca, ¿sabe qué le voy a recomendar? Que busque esto desde el principio en las páginas de Televisa, en los servicios de su proveedor de cable o donde pueda. Le va a fascinar.

Pero vámonos por partes. ¿Qué es Yo no creo en los hombres? ¿De qué trata? ¿Quiénes salen?

Yo no creo en los hombres es un clásico del melodrama escrito por Caridad Bravo Adams.

Es una historia que denuncia los horrores que sufren muchas mujeres por culpa del sexo masculino.

Los protagonistas de esta versión son puros superactores, de lo más selecto que tenemos en cine, teatro y televisión.

Y no nada más estamos hablando de figuras como Alejandro Camacho, Rosa María Bianchi, Macaria, Adalberto Parra, Azela Robinson y Cecilia Toussaint.

¿Qué me dice de los jóvenes como Sophie Alexander, Flavio Medina y Sonia Franco? ¿O de los lanzamientos como Fabiola Guajardo y Pedro de Tavira?

¿Y qué pero le pone a la pareja estelar formada por Adriana Louvier y Gabriel Soto?

Son magníficos. ¡Todos! Magníficos por su trabajo. Magnífico por cómo lucen. Salir en esa telenovela debe ser poco menos que un privilegio para ellos. ¡Felicidades!

Ahora, vamos al grano. ¿A qué me refiero cuando le hablo de tendencias del entretenimiento internacional?

Al hecho de que hoy, por diferentes circunstancias, las más grandes casas productoras del mundo, en lugar de inventar cosas nuevas, están apostando por sus clásicos.

Yo no creo en los hombres es, para las telenovelas, lo que Éxodo para el cine, lo que Mame para el teatro y lo que el nuevo disco de Flans para la música.

Es el regreso de un clásico, de un estándar de calidad, la certeza de que no nos vamos a llevar sorpresas desagradables, la satisfacción de manejar un referente común, el empoderamiento del público.

Es todo un tema pero, sobre todo, es una gran idea que coloca a Televisa a un nivel que hasta hace poco solo tenían corporativos como Disney, Turner y BBC.

Qué pena que en nuestro país el debate telenovelero se limite a chismes y superficialidades, porque aquí está pasando algo fundamental que amerita otra clase de lecturas.

¿Qué le trato de decir cuando le comento que Yo no creo en los hombres está haciendo importantes aportaciones?

A que en ella, a diferencia de lo que ha ocurrido con otras adaptaciones, la gente no se conformó con volver a mecanografiar los libretos viejos, no destruyó el concepto original ni lo abarató.

No, todos, desde la productora hasta los musicalizadores pasando por escritores, directores, fotógrafos, vestuaristas, escenógrafos y editores se han estado esmerando por ofrecer algo nuevo, por respetar el original y enriquecerlo.

Aquello es Yo no creo en los hombres, como las versiones que estelarizaron Gabriela Roel, Maricruz Olivier y hasta Sara Montiel, pero al mismo tiempo es otra cosa, más compleja, más espectacular.

Yo la miro y no siento que esté viendo una telenovela, siento que estoy viendo una serie.

Las imágenes tienen otra dimensión, los personajes se mueven como nos movemos usted y yo en el mundo real, las cámaras trabajan como en el cine.

Los actores lucen como las personas que vemos en las calles, pero sin dejar de verse hermosos, de brillar.

Y los cortes son perfectos, y la música entra justo en el instante en que tiene que entrar y yo le quiero poner casa a Aída Guajardo, la adaptadora, y a sus colaboradores.

¡Qué guiones tan más fantásticos! Tocan los grandes temas del momento, como el derecho que tienen las mujeres a decidir sobre su cuerpo, y todo el tiempo nos están sorprendiendo.

¿Cómo es posible que uno se sorprenda con algo que ya conoce? ¡Cómo!

Bueno, así de extraordinaria es esta joya de la televisión mexicana.

Usted nada más póngase a pensar en la importancia de una telenovela como ésta justo hoy que nuestra sociedad clama por contenidos que canalicen sus inquietudes.

¿Ahora entiende cuando le digo que esto es lo más maravilloso que le pudo haber ocurrido a la televisión abierta nacional?

Amo Yo no creo en los hombres, gozo Yo no creo en los hombres, vivo Yo no creo en los hombres. ¿Usted no?

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