El pozo de los deseos reprimidos

Zombis y más zombis

Sigo enloquecido con el final de la quinta temporada de la serie The Walking Dead que se transmitió el domingo pasado, el mismo día que en Estados Unidos, por el canal Fox.

Qué experiencia tan más alucinante de amor, horror, acción y justicia.

No sé usted, pero yo me la pasé gritando desde que empezó hasta que acabó. Fue como si me hubiera subido a una montaña rusa, un espectáculo del siglo XXI en toda la extensión de la palabra.

No le voy a vender trama por si usted todavía no lo ve o en el remoto caso de que apenas esté dándole seguimiento a esta pieza desde sus primeros episodios.

Pero sí le quiero decir que, como historia y como trabajo cinematográfico, aquello estuvo lleno de puntos que vale la pena destacar.

Desde pequeños guiños de cariño hacia los fanáticos de hueso colorado, como haber puesto a Rick (Andrew Lincoln) a despertar de un largo sueño, tal y como sucedió en la primera escena del primer capítulo, para crear una sensación de estructura circular.

Hasta esas pequeñas grandes reflexiones sobre la violencia y la civilización que se estuvieron repitiendo una y otra vez del minuto uno al final.

Si usted quiere gozar de una ráfaga de la mejor televisión del mundo, tiene que ver este final de temporada.

Pero, igual, si usted quiere entender a los televidentes de hoy o aprender de lenguaje televisivo de la actualidad, tiene que verlo, estudiarlo.

Después de esta maravilla, ¿con qué cara puede haber productores que le tengan miedo al terror? ¿Cómo puede venir alguien a aventarse discursos sobre los valores y la violencia?

¿Cómo puede ser posible que se digan tantos disparates de estas audiencias tan inteligentes, tan sensibles y tan participativas? ¡Cómo!

The Walking Dead no es solo un fenómeno mediático, es un título que confirma que cuando se sabe atender correctamente al público se puede triunfar por encima de la piratería y de los sistemas de distribución de contenidos en línea.

Si no me cree, nada más dígame, ¿cuántos millones de televidentes en todo el planeta tuvieron la paciencia para seguir este título semana a semana pudiendo haber esperado a que se lo vendieran los piratas o a que lo subieran a Netflix o a Clarovideo?

¿Cuántos millones de hombres y mujeres se aventaron el final de esa temporada como si hubiera sido el final de un Mundial de futbol o una noche de Super Bowl? ¡Cuántos!

¿Y todo por qué? Por la magia del talento, de la mercadotecnia en su más pura expresión, del “entender para atender” que enseñan en las universidades.

Los creadores de The Walking Dead entendieron que las audiencias modernas quieren adrenalina, fantasías, personajes con los que se puedan identificar y mensajes de esperanza.

The Walking Dead es eso, un show de emociones extremas que se desarrolla en un universo plagado de elementos de un poderoso valor simbólico.

Hay personajes para los chicos y para los grandes, para los hombres y las mujeres, para los ricos y para los pobres. ¡Hasta para personas de todas las razas!

¿Y qué es lo que hay detrás de todo ese espectáculo de sangre y terror? La esperanza de que el bien triunfe sobre el mal, de que todos esos personajes que están luchando por su vida tengan éxito.

Aunque va a estar difícil, y ahí está la riqueza ideológica de este concepto, porque los verdaderos monstruos de The Walking Dead no son los zombis, somos nosotros los seres humanos.  

Nosotros somos los que matamos por matar, los que somos capaces de las peores barbaridades para salirnos con la nuestra, los que traicionamos.

Somos, tal y como ha quedado claro en las más recientes temporadas, los que nos devoramos los unos a los otros, los que preferimos vivir en un mundo de apariencias, los que condenamos.

Los zombis ¡¿qué?! Ellos no tienen nada que perder, nada que esperar, se mueven en automático como millones de millones de personas en la actualidad.

Por eso amo The Walking Dead, porque atrás de esa apariencia de serie popular se oculta un enorme documento de denuncia que toca lo que casi nadie quiere tocar a gran escala como la política, la religión y las peores perversiones.

¿Cuál fue su escena favorita del capítulo del domingo pasado? ¿La del asalto en el monte, la de la trampa, la de la lucha a muerte, la del zombi que penetra en la tierra prometida o la del juicio?

El final, ese momentito, estuvo de alarido, porque fue la promesa de un nuevo comienzo, de otra historia que va a dar mucho de que hablar.

¡Qué tan bueno no habrá sido esto que a las pocas horas de su transmisión la casa productora de esta joya anunció el estreno de una serie derivada que se va a llamar Fear The Walking Dead!

Felicidades, señores, así es como se debe hacer la televisión en el siglo XXI.

Luche por ver en los próximos días las repeticiones de esto y de mucho más de The Walking Dead en Fox. Vale la pena. ¿A poco no?

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