El pozo de los deseos reprimidos

Terminaron mal

Me está empezando a preocupar la televisión abierta nacional de los domingos.

¿Por qué? Porque, en teoría, ese momento se había convertido en la ventana de gala de la gran industria de la televisión mexicana y por algo todavía más grave.

¿Qué? La amenaza de lo que va a suceder con la reforma en materia de telecomunicaciones.

Se supone que, en este instante, como va a venir fuerte la competencia, nuestros canales deberían estar tirando la casa por la ventana con más y mejores programas.

¿Para qué? Para mandarle un mensaje de calidad a sus audiencias, para tenerlas contentas e impedir que se vayan cuando lleguen las nuevas opciones.

Y pues no, yo los veo muy tranquilos, como si no les importara el futuro, como si supieran algo que ni usted ni yo sabemos.

¿Ahora entiende cuando le digo que esto me empieza a preocupar?

No es normal que una señal como la de El Canal de las Estrellas, una semana nos ponga una repetición de Maríade Todos los Ángeles y a la semana siguiente la quite para poner el final de una telenovela vespertina.

O vamos a ver en orden, y completas, series de comedia como María de Todos los Ángeles, o vamos a ver repeticiones, o vamos a ver telenovelas especialmente diseñadas para los domingos por la tarde, pero así, lo único que le estamos diciendo al público es: no me importas.

Igual, no es normal que vengamos de los partidos de futbol de la Liga MX y que de ahí amarremos al desenlace de un melodrama seriado.

Nada qué ver entre las audiencias que gritan y festejan en los estadios mexicanos y las personas que ven las telenovelas de lunes a viernes. ¿Qué está pasando en XEW-TV? ¡Qué!

Ni modo de decir que no tienen programas porque, en las últimas semanas, nos han regalados unos magníficos especiales sobre cualquier cantidad de temas y personalidades de la cultura y el espectáculo, pero los han pasado a mediodía y sin publicidad.

Igual, ni modo de decir que no conocen las reglas de la programación de la televisión abierta de un país latinoamericano.

¿Cuál es la idea? ¿Crear un público pasivo que se acostumbre a ver lo que sea? ¿Formar audiencias con baja autoestima que crean que así son las cosas y que así deben ser para siempre?

Ojo, la parte más delicada de esta historia es la que tiene que ver precisamente con el público, con los televidentes.

En cualquier otra parte del mundo, ante todo este relajo, la gente protestaría, se quejaría a través de diferentes medios, la prensa montaría en cólera y todos le cambiaríamos a otros canales, a otras pantallas.

Aquí, no. Aquí, de tanto ver que un día nos ponen un programa viejo de comedia, el final de una telenovela, una película buena, mala o regular, un partido de futbol o un reality show de lo que sea, no solo nos quedamos callados, le seguimos el juego a las televisoras.

¿Cómo? Defendiendo la mediocridad, festejando todos y cada uno de estos títulos y haciendo como si en verdad creyéramos, por ejemplo, que Adrián Uribe es el nuevo Raúl Velasco.

No, pues con razón nos va como nos va en otros ámbitos de nuestra vida nacional. Aquí está la escuela de nuestros hábitos y costumbres.

¿Por qué le estoy escribiendo esto? Porque el domingo me amarré a la silla para monitorear todo Canal 2 desde la tarde hasta la noche y casi me da una embolia.

No hay sistema nervioso que pueda soportar semejante caos. Es algo que crea angustia, que atenta contra la más elemental noción de voluntad. Es educación para la frustración.

¿Pero sabe cuál fue el momento que más me dolió? El final de la telenovela Por siempre mi amor.

Ese título pudo haber sido una obra maestra pero, antes de su primer tercio de transmisiones regulares entre semana, se le perdió a sus responsables y de tanto moverlo para tratar de componerlo, lo desgraciaron.

Al final, aquello ya era insufrible y su desenlace cómico, mágico, policiaco, macabro, globero, musical hizo que cualquier videohome de rancho de finales de los años 80 pareciera cine de arte en comparación con lo que nos ofreció la estación más rica, más poderosa y con más experiencia en esta clase de menesteres de México y de toda América Latina.

Me queda claro que la televisión abierta, para sobrevivir ante el embate de la inmensa cantidad de ventanas que se están abriendo va a necesitar volver a sus orígenes en muchos sentidos, pero una cosa es volver y otra retroceder.

¡Pobre gente la de Por siempre mi amor! Nadie ahí, de ningún nivel, es malo, pero no entendieron el sentido de la obra original en la que estaba inspirada esa pieza y alucinaron al límite. Terminaron mal.

Y, si a eso le agregamos que el público de los domingos no tiene la culpa de su mal desenvolvimiento, pues peor tantito.  

En fin, vamos a ver qué nos programa El Canal de las Estrellas para el próximo fin de semana. Tengo miedo de que vaya a ser igual o peor. ¿O usted qué opina?  

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