El pozo de los deseos reprimidos

Telenovelas/V

Toda la semana me la he pasado escribiendo de telenovelas y lo podría hacer dos meses más.

Nuestra más importante aportación televisiva está en peligro y no veo que a las grandes cabezas de esta industria les interese salvarlas.

Hasta hace unos cuantos años, hablar de telenovelas era algo digno. La gente se cuadraba, las respetaba. No existía honor más alto que escribir, actuar, dirigir o producir una de estas emisiones.

Hoy, no. Hablar de telenovelas es hablar de un espectáculo chafa, perder el tiempo con algo malo, barato y decadente. Si alguien se entera que usted escribió, actuó, dirigió o produjo una telenovela, ¡qué vergüenza! Escóndase.

El melodrama como género y la telenovela como formato están completamente desprestigiados.

La gente se burla y los talentos huyen. ¿Adónde? A las series, al teatro, al cine, a cualquier parte menos al que alguna vez fuera el entretenimiento favorito de las multitudes, el que tenía más prestigio, el que paralizaba ciudades.

¿Qué tan grande no será el rechazo que los anunciantes, las audiencias y las casas productoras sienten hacia las telenovelas que ahora hasta les están cambiando de nombre?

A usted le consta, en México y en muchas partes de América Latina, hay personas valientes que están luchando por hacer ficción diaria de calidad, pero para no quemarse, en lugar de reconocer que están haciendo telenovelas, dicen que están haciendo series, teleseries o serie-novelas.

Cualquier cosa que no suene a Quiero amarte, Corazón en condominio y sucursales anexas. La palabra telenovela está prohibida. Es sinónimo de basura, de perdición.

Ojo, esto es un problema que nadie ha querido enfrentar, un ejercicio de intolerancia, algo que en lugar de ayudar a la industria, la está perjudicando.

Sí, yo sé que existen tendencias internacionales, que las telenovelas cada vez se parecen más a las series y las series, a las telenovelas, pero aquí no estamos hablando del resultado de una evolución, estamos hablando de odio, de rechazo.

El que hace serie-novelas se siente superior al que hace melodramas y, perdón, pero si uno analiza con detenimiento su trabajo, va a encontrar lugares comunes peores que los de los melodramas más atacados de empresas como Televisa y Azteca.

Poner una montaña de cocaína, a dos mujeres teniendo sexo o un diputado diciendo groserías para jalar rating no es muy diferente a poner a un comediante a decir albures, a una mujer desesperada a buscar a su hijo perdido o a una villana correteando a alguien con una pistola para conseguir exactamente lo mismo.

Y si el tema es que las telenovelas tienen una carga ideológica a favor de un gobierno o de un partido, ¿a poco las teleseries no la tienen? ¿A poco valen más porque la tienen hacia otros gobiernos, hacia otros partidos o hacia el mismísimo crimen organizado?

El mercado está lleno de aberraciones y por andar jugando a convertir esto en una lucha de intereses, de a ver quién es más culto y de a ver quién tiene más libertad de expresión, la industria telenovelera mexicana, en lugar de crecer, va del estancamiento al retroceso en caída libre.

Estamos tan enfermos de odio en este país, que en lugar de pedirle apoyo al gobierno para que estimule la creación de mejores melodramas como cuando participó en la producción de Senda de gloria (1986), nos hacemos los ofendidos cada vez que se habla de la posibilidad de que la autoridad participe. ¡No se nos vaya a acabar la democracia!

Perdón, pero en países como Corea el gobierno es el primero en darle a las telenovelas trato de manifestación cultural.

Sus ministros pagan la publicación y distribución de libros que analizan lo que sus ciudadanos están viendo y haciendo en pantalla, y sus embajadores son los más interesados en promoverlas, en defenderlas.

¿Cuándo ha visto usted que la SEP publique un libro sobre telenovelas? ¿Cuándo ha visto que un embajador mexicano promueva una producción de Televisa, de Azteca o de Argos?

Estamos en problemas. ¿Sabe usted cuál es la máxima aportación de la industria telenovelera mexicana de los últimos años? La campaña “Galanes” de Televisa.

Esos señores están tratando a sus actores como si fueran princesitas de Disney. Los están etiquetando, los están limitando, les están matando la carrera.

No son personajes de dibujos animados, son actores. Hombres que valen por su talento, no por su belleza. Es grotesco, es ridículo. Lo nunca antes visto.

¿Y por qué nadie se queja? Porque son telenovelas, subproductos de cuarta que no valen la pena, algo que al rato, por puritita flojera, le vamos a terminar de comprar a Miami, a Colombia o quien nos las venda más baratas.

¿A usted no le da tristeza que una historia de más de 55 años de éxito vaya a terminar así? A mí, sí. El esfuerzo de tantos hombres y mujeres merecía un mejor final. ¿A poco no? 

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