El pozo de los deseos reprimidos

Telenovelas/IV

Sí, es lamentable el estado de nuestra industria telenovelera. En los últimos días me la he pasado recibiendo cualquier cantidad de mensajes de gente de Siempre tuya, Acapulco, los premios TVyNovelas y El color de lapasión.

Es muy chistoso porque asumen que los critico como parte de una red de intrigas generada por no sé cuántas empresas, porque los odio, porque les tengo envidia y por quién sabe cuántas otras historias hilarantes.

Y me empiezan a mandar ratings y archivos secretos como para justificarse.

¿Por qué simple y sencillamente no aceptan una crítica? ¿Por qué no leen con cuidado y descubren que, a lo mejor, esa burbuja de elogios en la que viven no es de verdad?

Si vamos a jugar a las cifras, yo puedo demostrar que el narcotráfico es muy buen negocio. ¿Entonces todos nos vamos a dedicar a eso?

La crítica no persigue números, persigue valores superiores.

Entre más leo las respuestas de los actores, de los fans y de la prensa especializada que me quiere invitar a tomar copas para informarme de cosas “que no sé”, más me decepciono.

Con razón tenemos las telenovelas que tenemos. Deberíamos estar estudiando lo que se hace en otras partes del mundo.

Deberíamos pelear por mejores presupuestos y condiciones de trabajo para todos los eslabones de la cadena telenovelera sin importar marcas ni horarios.

Deberíamos luchar, como está pasando en Brasil y en Corea, por la entrada de una nueva camada de escritores de menos de 30 años que le inyecte frescura y creatividad a esto.

¡Y nos quejamos de nuestros políticos! Si así somos para algo tan superficial como las telenovelas, ¿de qué nos asustamos cuando hablamos de la impunidad que gozan algunas personalidades?

¿Con qué cara nos hacemos los sorprendidos cuando nuestros gobernantes se avientan la bolita para ver quién tuvo la culpa de tal o cual problema que, con el paso del tiempo, se termina por olvidar?

Muchos de nuestros peores vicios sociales comienzan y acaban en la televisión. Lo que he estado viendo y leyendo en estos días me lo confirma.

Yo por eso prefiero defender ejercicios como Las trampas del deseo, del binomio Argos-Cadenatres, que, con lujo de humildad y con una distribución mucho más limitada, se esfuerzan por contar historias nuevas, por tocar temas que nadie más toca y por entretenernos dejándonos algo.

Dígame, por favor, si Las trampas del deseo no es la cosa más emocionante de las pantallas abiertas.

Estos señores no solo se han atrevido a denunciar cómo la autoridad que combate cuestiones como la trata de personas está más que involucrada en esos delitos.

Nos están contando la historia de una muchacha que se corta, literalmente, como se están cortando con cuchillos y navajas muchos de nuestros adolescentes.

Nos están contando la historia de dos mujeres que descubren su sexualidad, de una señora que encuentra el amor en un hombre menor y de un transexual que lucha por sus derechos, por mencionar solo unas cuantas.

Esto es más México que muchos de los melodramas seriados que vemos en los grandes canales nacionales y es muy importante que escandalice, que provoque, que ponga estos temas en la mesa.

Solo así vamos a poder debatir de verdad y, aunque al final usted tome la postura que quiera, cuando menos habrá participado en una discusión mucho más productiva que la de los romances, las demandas y las cirugías de las estrellas del corazón.

La telenovela es un vehículo demasiado poderoso a nivel transmisión de ideas.

Y no lo están inventando mis amigos investigadores de otras naciones y no lo digo nada más yo, es algo científicamente comprobado desde los tiempos en que Miguel Sabido hacía sus producciones didácticas para Televisa.

Las trampas del deseo es punto y aparte en materia de telenovelas mexicanas, incluso desde la perspectiva del entretenimiento.

¿O qué? ¿Usted no se quedó al borde del asiento viendo a Roberta (Lourdes Reyes) asesinando a su propio nieto en el vientre de la única mujer que se había atrevido a enfrentarla?

¿A usted no se le hace magistral, en términos estructurales, que esa historia de lucha entre la vida y la muerte forme parte de un esquema que se ha estado repitiendo en esos personajes desde el comienzo de sus conflictos?

Las trampas del deseo es para la televisión lo que La colmena para la literatura, una obra cumbre donde la protagonista no es una persona, es una comunidad, con todo lo que esto implica en un universo tan polarizado como el mexicano.

Luche por verla aunque sea por internet. Está en sus capítulos finales. Le va a encantar.

Sí, es lamentable el estado de nuestra industria telenovelera, pero afortunadamente siempre hay héroes como los señores de Argos y Cadenatres, responsables de este título, que se la juegan y que se atreven a ir más allá de las convenciones. Qué privilegio contar con ellos. ¿A poco no? 

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