El pozo de los deseos reprimidos

Crítica al estreno de 'Las tardes con la Bigorra'

Seamos sinceros, a usted le dicen: todos los días, a las 16:00, se va a transmitir un programa titulado Las tardes con la Bigorra en Azteca 13. ¿Y qué se imagina?

Por supuesto que va a ser una mugre. Tv Azteca fue la culpable de traernos a Laura Bozzo bajo ese mismo esquema.

Luego tuvo Cosas de la vida, convirtió a Niurka Marcos en conductora de talk show y estuvo jugando con nuestros intestinos hasta que se cansó.

Por si todo esto no fuera lo suficientemente monstruoso, la Bigorra venía de un fracaso horrendo titulado Raquel y Daniel.

¿¡Qué querían estos señores que esperábamos!? ¿Chelsea Handler? ¿John Oliver? ¿Cristina Saralegui?

Además, agarre la onda, si hay algo con mala fama en toda la industria de la televisión abierta privada mexicana son los programas vespertinos de entretenimiento.

Salvo contadas excepciones, tienden a ser baratos, groseros, grotescos.

Como Paco Stanley tardío, pero combinado con lo peor de lo peor, desde Sabadazo hasta el fantasma de Las lavanderas.

El caso es que ayer se estrenó Las tardes con la Bigorra y yo, la verdad, llevaba semanas afilando el cuchillo. Quería hacerlo garras.

Pero, ¿qué cree? Las tardes con la Bigorra me encantó.

Se hizo un programa padrísimo, sumamente profesional e ideal para sintonizar en el horario vespertino de nuestra castigadísima televisión abierta privada nacional. Raquel no está excelente, está perfecta, divina. Nació para estar ahí. La quiero, la admiro. ¡Felicidades!

Pero déjeme le doy mis razones para ver si usted está de acuerdo conmigo. ¿Qué pasa si comparamos Las tardes con la Bigorra con todo lo que Azteca 13 nos ha ofrecido como talk show o como programa de entretenimiento en los últimos 10 años?

Obviamente sale ganando. Nada qué ver entre esta joya y cualquier otra cosa, del mismo corte, que haya estado ahí o, incluso, en El Canal de las Estrellas.

Las tardes con la Bigorra es un concepto digno, bello, positivo.

Raquel luce como una señora joven. Jamás diría una grosería o le faltaría al respeto ni a su público ni a sus invitados. Se sabe vestir, se sabe comportar.

Sus invitados son personas que van desde lo más relevante del deporte, como Horacio Llamas, hasta lo más popular del espectáculo, como Ninel Conde.

¿Y qué me dice de los juegos con el público, de la promoción del ejercicio, del festejo a las buenas acciones de los demás o esa parte tan entrañable, que nos remite a tantos clásicos del pasado, en donde se le cumple un sueño a una persona del auditorio?

Yo prefiero mil veces esto a ver a un tipo albureando a una mujer sentada en un excusado con poca ropa, a un comediante disfrazado de vaca moviendo las nalgas entre papelitos de colores o a la protagonista de uno de los peores escándalos del corazón convertida en modelo a seguir por las multitudes.

Si Las tardes con la Bigorra no representa un avance maravilloso en materia de televisión abierta privada, yo ya no sé qué es.

Si yo fuera anunciante, correría a invertir mi dinero en un concepto de esa naturaleza, porque esos son los shows con los que vale la pena hace alianzas sin dejar de luchar por el rating, porque ahí está el futuro de esta ventana tan desprestigiada.

Lo único que lamento es que Las tardes con la Bigorra no se haya estrenado hace 10 años, porque créame que si así hubiera sido hoy no tendríamos el pavoroso ambiente de desgracia que tenemos en la mayoría de las producciones de este corte de nuestras grandes cadenas nacionales.

Pero espérese, porque todavía no acabo. Amo Las tardes con la Bigorra, porque a diferencia de la mayoría de las revistas de entretenimiento que realizamos en México, se nota que hay mucho trabajo detrás.

Desde los ensayos para que Raquel estudie cómo se va a mover en sus monólogos y la grabación de entrevistas en locaciones complicadísimas hasta todo lo que tiene que ver con investigación, redacción y entrevistas.

Usted no está para saberlo ni yo para contarlo, pero, tristemente, en la mayoría de los programas que se hacen en vivo en este país, los conductores llegan a enterarse de qué van a hablar una hora antes de salir al aire.

Me queda claro que en Las tardes con la Bigorra no es así. Raquel tuvo que haber estudiado para decir y hacer lo que dice y hace, para llevar un ritmo, para resolver imprevistos como cuando le dieron mal el dato del apodo del señor Llamas.

Y porque estudió, salió adelante como una reina.

Sí, a lo mejor Raquel Bigorra no es Carmen Aristegui, Denise Maerker o Adela Micha, pero tampoco se trata de que lo sea.

Lo que ella hace también es una especialidad que merece respeto y en esa profundísima área del negocio de la comunicación la señora nos demostró ayer que vale tanto como Carmen, Denise y Adela en la suya.

¡Qué agradable sorpresa! ¡Qué bonito! Ahora sí creo que Azteca 13 se podría componer. ¿Usted no?

alvaro.cueva@milenio.com