El pozo de los deseos reprimidos

'Quiero amarte', pero no puedo

Entre más sé de televisión, más sufro cuando hablo de telenovelas.

¿Por qué? Porque esto no es una industria estúpida donde las cosas se hagan mal a propósito o donde el talento no exista.

Es un asunto muy complejo que tiene que ver con costos, con presiones internas, externas, con el momento histórico, con las tendencias internacionales. ¡Es un infierno!

Por eso cuando veo finales como el de La tempestad sufro mucho.

¿Cómo lo voy a hacer garras si me queda claro que esa gente hizo lo que le pidieron, lo que pudo y que trabajó en condiciones infrahumanas?

Tampoco voy a jugar a: ¡Qué bárbaro! ¡Qué emoción! ¡Se me fue el sueño con tanto dramatismo!

Y ahí es donde sufro más. Esta industria, a nivel nacional, ha llegado a un punto muy contradictorio en donde millones de personas están permanentemente enchufadas viendo cualquier cosa que les pongan, pero donde no pasa nada.

Todos los involucrados en el proceso de elaboración de nuestras telenovelas no dan más, pero no porque no quieran, porque no pueden. No hay para dónde. No hay manera.

Esto es como una trampa donde todos fingimos. Los que las hacen, fingen que están muy orgullosos haciendo exactamente lo mismo que han estado haciendo en los últimos 40 años.

Y los que las miran, incluyendo a los periodistas, fingen que están extasiados volviendo a ver la misma historia que ya vieron 18 veces.

Ya ni siquiera nos quejamos. En la cúspide de la pasividad, de la resignación, nos hacemos tontos tratando de comparar la versión de un melodrama de hoy con el de los 90, 70 o 50, más las radionovelas, las películas y las fotonovelas.

¿Eso es lo que se supone que tenemos que hacer? ¿A qué conclusiones de puede llegar de un país cuyos habitantes permiten esto?

¿Tienen miedo? ¿Les da flojera? ¿Ya no les importa nada, ni siquiera su entretenimiento? ¿Somos una sociedad que se niega a evolucionar?

¿Por qué le estoy contando esto? Por el estreno de Quiero amarte y por algo que me pasó hace unos cuantos días.

Quiero amarte es el refrito de Imperio de cristal ahora con Karyme Lozano y Cristian de la Fuente. Entró en lugar de Mentir para vivir.

¿Cuál es la nota? Que le voy a poner un monumento a Martha Carrillo y a Cristina García, sus adaptadoras, porque, la verdad, supieron contar algo interesante donde, objetivamente, no había nada.

Imperio de cristal no era mala, era pésima. Todos, absolutamente todos los que la padecimos, la hicimos garras a pesar de que en su reparto había figurones como Ignacio López Tarso, María Rubio, Ari Telch y Rebecca Jones.

Quiero amarte, que está hecha tan en automático que hasta sus créditos de entrada parecen como de televisión de 1969, para venir de donde viene, no está mal, de veras, pero tampoco está bien.

¿Por qué el público de 2013 tiene que chutarse algo que era horrible a principios de los años 90?

¿Qué necesidad tienen sus participantes de estar haciendo esto cuando, honestamente, tiene talento como para conquistar al mundo con algo nuevo y grande? ¿Por qué?

Adoro a prácticamente toda la gente que participa en esta producción, y lo digo no solo como televidente, lo digo como crítico.

Pero, insisto, yo tendría que ser muy hipócrita para decirle: ¡Jesucristo sacramentado! ¡Qué besos! ¡Qué intrigas! ¡Qué efectos! ¡Qué locaciones! ¡Oh, no! ¡No puedo más! ¡Voy a tener un orgasmo!

Sí me entiende, ¿verdad? Tenemos un problema no a nivel de un título, no a nivel industria, a nivel social, a nivel país y todos, desde el poder ejecutivo hasta nosotros los televidentes tenemos que hacer algo si no nos queremos condenar como nación.

Ya sé lo que muchas personas, sobre todo mis compañeros periodistas, han de estar pensando: Álvaro, eres un exagerado, un estúpido. No sabes nada de nada ¡Jajajaja!

Pues a lo mejor soy todo eso y más, pero hay algo que acabo de vivir, que viene mucho al caso con esto y que le tengo que contar.

El sábado pasado transmití un programa de puras telenovelas coreanas en Proyecto 40. Lo grabé en el Centro Cultural Coreano en México y tuve el honor de contar con la participación de Seong-Hoa Hong, el embajador de ese gran país.

Para los coreanos, sus telenovelas, a las que proponen llamar K-Dramas) son su cultura, y su gobierno, como nadie, las defiende y las promueve.

Por esos, siempre están haciendo cosas diferentes. Por eso siempre se están superando, inventando, invirtiendo, conquistando. Las naciones son lo que dicen sus telenovelas.

¿Ahora entiende mi depresión cuando miro lanzamientos como Quiero amarte?

¿Qué dicen de nosotros las telenovelas que están haciendo nuestros grandes consorcios?

¿Acaso usted o yo nos atreveríamos a llamarlas cultura? ¿Acaso nuestro gobierno se atrevería a utilizarlas para promovernos y presumirnos?

No cabe duda, tenemos mucho que aprender, especialmente de países como Corea.

¿A poco no?