El pozo de los deseos reprimidos

Queridos amigos de 'MasterChef México':

¿Se acuerdan que al principio de esta aventura les escribí una carta para felicitarlos por el lanzamiento de su programa?

Hoy, a unos cuantos días de su final de temporada, les escribo para darles las gracias.

Yo no sé si ustedes alcancen a entender la magnitud de lo que hicieron, pero consiguieron algo que desde hace mucho no teníamos en este país:

El placer de ver un buen programa de televisión los domingos por la noche.

Esto, que suena tan obvio, hoy es poco menos que un milagro.

Por primera vez, en años, los hombres y las mujeres, los niños y los adultos, los pobres y los ricos de este polarizado país, nos sentamos frente a la televisión abierta para convivir, para divertirnos, para crecer.

Y es que su reality show nos permitió, además, redescubrir la grandeza de la cocina mexicana.

¡Gracias! Mil gracias por todos estos domingos tan alegres, emocionantes y luminosos, por trabajar en equipo y por respetar un formato.

¿A qué me refiero cuando les hablo de trabajar en equipo? A que esta joya fue posible gracias a la fusión de Azteca con Discovery Home&Health y con la gente que los ayudó a grabar en Colombia.

Su éxito es el éxito de la negociación, de entender que una de las claves de la televisión de hoy está en la combinación de ventanas, riesgos y capitales.

Créanmelo, ustedes le han dado una clase de cooperación a muchas empresas. ¡Felicidades!

¿Qué les trato de decir cuando le hablo del respeto a un formato?

Que ustedes triunfaron, entre muchas razones, porque no sucumbieron a las tentaciones del rating fácil, a que se apegaron a los lineamientos que marca la Biblia internacional de MasterChef.

Es la base, pero se necesitan unos pantalones muy bien puestos para que ustedes, como empresarios que son, se hayan apegado a ella y no hayan hecho lo que hacen todos. ¡Bravo! ¡Los admiro!

¿Entonces por qué hay tanta gente que se queja de que MasterChef México no es tan fino como el del Reino Unido?

Porque se trata de personas con severos conflictos de identidad que no entienden las diferencias culturales entre México, Reino Unido y el resto del mundo, y que juegan a la superioridad y la inferioridad sin darse cuenta del daño social que provocan.

Qué bueno que MasterChef México no es igual al de la BBC. Este es otro país. Nosotros tenemos otra cocina. Me preocuparía si MasterChef México fuera como el de Inglaterra, porque, entonces sí, habríamos perdido nuestras raíces.

Ahora, si queremos jugar a comparar, ¿por qué no comparamos nuestro MasterChef contra el de otras naciones de nuestra región como Argentina, Brasil y Colombia?

Sin afán de molestar a nadie, porque, insisto, cada país tiene sus valores, su cocina y su economía, ¿quién saldría ganando? ¿Quién saldría perdiendo?

¿Ahora entienden la maravilla de programa que nos ofrecieron? ¿Ahora entienden lo que hicieron?

Y sí, me siento profundamente orgulloso de todos sus participantes y de todos sus jueces, porque sin dejar de construir un espectáculo, fueron honestos, de verdad.

¿Cuántos reality shows mexicanos tienen participantes de verdad como Marlene, Alan y la hermana Flor?

¿Cuántos tienen jueces tan estrictos, pero al mismo tiempo tan entrañables, como la chef Betty, el chef Benito y el chef Herrera? ¡Cuántos!

No sé mis compañeros periodistas de espectáculos, pero yo le podría escribir una columna completa con elogios de cada una de estas personas.

Son sensacionales, se han ganado mi respeto, mi cariño y yo, de tanto verlos, de tanto seguirlos, ya los quiero como si fueran parte de mi familia.

Ojalá que algún día los pueda invitar a comer porque son muchas las cosas bonitas que me gustaría decirles en persona.

Pero hay algo que les tengo que advertir a ellos, a todos los que están atrás de este proyecto y a los señores de las televisoras: cuidado con la soberbia.

Por favor, no se la crean, que no se les suba. La soberbia está aniquilando a la televisión de este país.

Gane quien gane, vendan lo que vendan, nunca dejen de ser humildes, de respetar a las audiencias, a los anunciantes y a su gente.

Nunca dejen de pensar en los demás, tal como se hace en las mejores cocinas y en los mejores canales de televisión del mundo.

Aprendan de los errores de los otros. Celebren, llénense de orgullo, pero nunca cambien.

No se traicionen, porque entonces sí se los llevará la tristeza como a La academia, a Big Brother y a tantos conceptos que cambiaron la historia y que por culpa de la maldita soberbia, cavaron su propia tumba.

Por supuesto que este domingo voy a ver su gran final de principio a fin y que el lunes por la tarde, en Surtido rico, los voy a criticar con lujo de rigor.

Pórtense bien, no nos decepcionen y gracias. ¡Mil gracias por todo! ¡Los quiero!

Atentamente, Álvaro Cueva. Crítico de televisión.


alvaro.cueva@milenio.com