El pozo de los deseos reprimidos

Queridos amigos de "MasterChef México"

¿Cómo están? Yo, muy agradecido con lo que están haciendo. ¿Por qué? Se los voy a explicar.

Mi pobre país se la está pasando mal. Independientemente de un montón de problemas políticos, económicos y sociales que venimos arrastrando desde hace años, estamos padeciendo una de las peores epidemias de odio de nuestra historia.

México está más polarizado que nunca. No hay manera de tener contenta a la gente ni siquiera en nuestras propias familias.

Su programa, el que estrenaron el domingo pasado a las 21:00 horas en Azteca 13, me llena de esperanza, porque tal vez la comida pueda conseguir el milagro de reconciliarnos como nación.

Sí, yo sé que ustedes están muy ocupados produciendo un espectáculo, generando audiencias y multiplicando sus ventas. Lo reconozco y lo respeto, pero aquí hay algo más.

¿Qué? La infinita bendición de la gastronomía mexicana.

Los hombres y las mujeres de este país nos podemos odiar por ser ricos o por ser pobres, por ser blancos o por ser morenos, por creer en Dios o por no creer en nadie.

Pero a la hora de comer nuestros alimentos, nuestros sabores, todos somos iguales.

Las mismas tortillas que come el rico las come el pobre. Los mismos frijoles que come el blanco los come el moreno. Y los mismos chiles que disfruta el católico los saborea el ateo.

¿Se dan cuenta de lo que tienen en las manos? ¿Se dan cuenta de lo que podrían llegar a hacer?

El domingo yo veía aquel programa y no podía evitar emocionarme, adorar a cada uno de sus participantes y venerar a sus tres jurados.

¡Qué cosa tan más hermosa! En un abrir y cerrar de ojos nos acordamos de los sabores de nuestra infancia, recorrimos México de Baja California a Chiapas y pudimos ver gente diferente.

No eran narcotraficantes convertidos en héroes, malos actores recreando una pésima telenovela de archivo ni comentaristas comprados para hablar bien de la selección nacional de futbol.

Eran personas positivas de verdad, mexicanos honestos con sueños preciosos, hombres y mujeres poniendo el alma en algo tan humilde como un huevo revuelto.

Ver aquello fue mágico, fue volver al origen de nuestra vida, al origen de lo que nos ha hecho grandes como nación. ¡Fue volver a creer!

Y eso solo fue posible gracias a ustedes que se tomaron la molestia de comprar este formato, de respetarlo y de aplicarlo con inteligencia a los esquemas de la mejor televisión abierta del mundo.

Me queda claro que Azteca 13 no es un canal de paga como TLC ni una señal pública como Televisión Española Internacional y eso me hace admirar todavía más lo que observé el 28 de junio.

Para ustedes hubiera sido muy fácil atascar aquello con actores grotescos fingiendo ser participantes, con jueces estúpidos interpretando personajes polémicos y con comediantes de mala muerte diciendo albures al ritmo de una banda decadente entre papelitos de colores cayendo del techo y mujeres con poca ropa bailando entre camotes y chorizos.

Pero no, tuvieron la decencia de hacerlo como había que hacerlo: desde el alma. Y el alma no necesita groserías, necesita verdad.

¿Por qué creen ustedes que a pesar de los requerimientos de esta industria tan obscena hubo tanta gente que se conmovió en su primer episodio con algo tan básico como una cuchara de madera?

Porque vale más una vil cuchara de madera entregada desde el fondo del corazón que un escándalo en una revista de chismes.

Fíjense, por favor, lo que están consiguiendo. Nos están devolviendo nuestra capacidad de asombro, pero no a través de trucos, sino a través de valores, a través de la sinceridad.

Por un momento hasta viajé en el tiempo y me acordé de cuando Azteca competía contra Televisa.

Se me hace tan sintomático que mientras el consorcio de Emilio Azcárraga anuncia el regreso de Big Brother como su carta más fuerte para este año, el de Ricardo Salinas apueste por algo tan distinto como MasterChef México.

Obviamente estamos en otro contexto, no hay manera de comparar cifras y existen demasiados intereses en la prensa y en las redes sociales como para jugar a ganadores y perdedores, pero por un momento fue bonito.

Fue como estar en otro país, en ese país de virtudes, progreso y sana competencia que nos merecemos y que, tristemente, entre tanto odio, es muy probable que jamás lleguemos a conocer.

Gracias, de veras, por hacernos soñar, por darle el valor que tiene a nuestra gastronomía y por unirnos como nación, como seres humanos, como hombres y mujeres capaces de sentarse a la mesa y decir: ¡Buen provecho!

Por favor, no se rindan, no se traicionen, no se confíen. Los necesitamos más de lo que se imaginan.

Vienen tiempos peores y solo el encanto de un concepto como MasterChef México va a ser capaz de sostenernos en pie.

¡Que Dios los bendiga a todos! Los felicito y los abrazo con amor. Atentamente, Álvaro Cueva. Crítico de televisión.

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