El pozo de los deseos reprimidos

Grande como pocas

Si hay una telenovela que he admirado, desde la escena uno de su capítulo uno, es Yo no creo en los hombres, de Televisa.

Por eso hoy voy a hacer algo que tenía años de no hacer: suplicarle que, por nada del mundo, se vaya a perder los episodios que se van a transmitir durante esta semana.

¿Por qué? Porque van a ser los últimos y, porque definitivamente, va a ser uno de los acontecimientos artísticos más importantes de la temporada.

¡Ojo!, si algo tiene esta semana en la fuente de televisión es información.

¿Qué tan grande no será Yo no creo en los hombres que decidí escribirle hoy de esto en lugar de alguno de los otros estímulos que vamos a tener en las diferentes ventanas que integran el universo de la televisión?

Sí, yo sé que a lo mejor usted es un joven del siglo XXI que desprecia las telenovelas o un comprometido intelectual de izquierda que odia todo lo que venga del duopolio que nos esclaviza.

Bueno, hasta usted, que es tan avanzado, que es tan culto, tiene que ver esta obra maestra del melodrama mundial.

La razón es muy simple: aquí están las claves de lo que es y debe ser la adaptación de un clásico del entretenimiento colectivo para la televisión abierta de hoy.

Si usted no lo quiere reconocer o no está dispuesto a aprender, pues qué pena, pero a veces vale la pena ser humilde y estudiar esta clase de manifestaciones culturales.

Digo, si no lo hacemos nosotros, lo harán los colombianos, los brasileños o los coreanos para que luego, en la cúspide del malinchismo, les rindamos honores por copiarnos.

¿Qué pasa con esta producción de Giselle González? ¿Por qué es tan importante?

¿A quién le puede interesar si la prensa rosa y sus seguidores siempre encuentran un pretexto para hablar de cualquier otra tontería menos de esto?

Yo no creo en los hombres es una cátedra de televisión. Si yo estuviera dando clases de telenovela en este momento, la utilizaría como libro de texto.

Por un lado, está inspirada en un magnífico texto original de Caridad Bravo Adams, que se ha grabado en ene versiones de cine, radio y televisión.

Solo que ahora, Aída Guajardo, su adaptadora, la convirtió en otra cosa, sin dejar de respetarla.

¿Cómo que en otra cosa si la está respetado? Ahí está la gracia de esta adaptación.

Si usted la compara con cualquiera de las versiones del pasado, comenzando por su gran original para radio, descubrirá que ahí está todo el estilo de Caridad Bravo Adams.

Lo interesante es que haga de cuenta que la señora reencarnó y nos volvió a escribir su telenovela tal y como se tiene que hacer el día de hoy.

Sustituyendo la figura de la protagonista única por un asunto más coral, combinando el lenguaje de la telenovela tradicional mexicana con el de las mejores series producidas en América Latina y actualizando todo lo concerniente a emociones, leyes y conflictos sociales.

¿Resultado? Un prodigio que aplica, incluso, antes las limitaciones técnicas y editoriales de la televisión abierta de 2015.

No puedo creer, por ejemplo, que hasta los avances de los próximos capítulos sean maravillosos en esta pieza, mucho menos el tema de la credibilidad.

Yo no creo en los hombres, como buena telenovela carcelaria, es muy peligrosa si se le mira desde la perspectiva legal. Hubiera sido muy fácil cometer errores.

¡Pues qué cree! Es creíble y no solo desde la parte legal, también desde la parte médica, que es poco menos que el talón de Aquiles de todos los melodramas nacionales.

La próxima vez que usted se quiera ver muy listo atacando a la televisión mexicana por irreal, lávese la boca antes de hablar de Yo no creo en los hombres.

Aquí nos tenemos que poner de pie, pero no nada más por sus libretos, también por la dirección de Eric Morales y Luis Vélez.

Por favor, cuando la mire, dese cuenta de que lo que estamos viendo no se ve como se ven todas las telenovelas, se ve real sin dejar de ser un cuento de hadas.

Esto es de verdad, pero también está lleno de ilusión, de romance, de cuestionamientos sociales y hasta de poesía. ¡Es inmenso!

Hay tantos valores humanos y de producción en esta emisión que ojalá y Giselle González tenga oportunidad de plasmarlos en un libro como alguna vez lo hiciera Carla Estrada.

Nada más le voy a dar un dato: ¿cómo le hicieron todas las personas que intervinieron en este concepto para convertirlo, de proyecto de denuncia, en oda a la maternidad? ¿¡Cómo!?

¿Cómo le hicieron esos fotógrafos, editores, iluminadores y musicalizadores para lucirse a ese nivel? ¿Cómo le hicieron todos esos magníficos actores para dar tanto, para dar el 100 justo ahora que casi nadie lo da?

Hay muchas cosas que podemos decir de Yo no creo en los hombres. Muchas.

Por favor, luche por verla de aquí al domingo, por reconocerla, por comprenderla, pero, sobre todo, por disfrutarla. Le va a encantar. ¿O usted qué opina?

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