El pozo de los deseos reprimidos

Grande entre los grandes

Hoy le quiero escribir de algo que me tiene muy emocionado y que representa una de las más grandes lecciones que la industria de la comunicación mexicana les puede dar al público, a la prensa, a los anunciantes y a los académicos.

¿Qué? El aniversario número 24 del programa Salud y belleza, que conduce Alfredo Palacios en Radio Fórmula (disponible en diferentes plataformas, incluyendo podcast).

Sí, yo sé que por inexplicables circunstancias esta emisión no forma parte del menú de Tele Fórmula, el canal de radio con cámaras de Grupo Fórmula, el corporativo al que pertenece Radio Fórmula.

Pero a pesar de eso estoy convencido de que tengo la obligación profesional de hacer una pausa e invitarlo a reflexionar sobre este acontecimiento.

Salud y belleza es uno de los mejores y más importantes programas de todos los medios de este país, una de las más maravillosas historias de éxito que se pueden contar, un orgullo por donde quiera que se le analice.

¿En qué me baso para escribirle tan bien de este concepto? Primero, en que es una emisión cien por ciento positiva.

Estamos hablando de un proyecto que, como su nombre lo indica, con el pretexto de algo tan aparentemente superficial como la belleza, promueve la salud.

Pero no nada más la salud física, también la salud emocional y legal, y lo hace a través de una combinación muy afortunada de estrellas del espectáculo, casos, especialistas y la atención directa de las peticiones del público.

Salud y belleza es uno de los más claros ejemplos que hay de lo que es un medio de comunicación al servicio de la comunidad.

Y es un medio privado, lo cual pone a Radio Fórmula en un nivel muy superior respecto a su competencia.

Aquí está la prueba de que sí se pueden hacer negocios ayudando a los demás, de que sí se puede triunfar promoviendo el desarrollo.

Y es que no estamos hablando de cualquier programa de radio, estamos hablando de un éxito total, de un cañonazo de audiencia.

Si nuestros políticos fueran un poco más inteligentes, en lugar de perder su tiempo buscando incrementar su influencia visitando a los conductores de noticias, irían directamente con Alfredo Palacios.

Él es, indiscutiblemente, uno de los más poderosos líderes, no solo de nuestra nación, sino de toda América Latina.

Una palabra suya es capaz de hacer que cientos de miles de personas hagan lo que quiera, desde modificar sus hábitos alimenticios hasta cambiar su actitud en muchos, pero muchos sentidos.

Si usted, en verdad, quiere aprender de comunicación, tiene que escuchar a Alfredo Palacios.

El señor sabe comunicarse lo mismo con las personas más humildes y necesitadas de nuestro país que con los más ricos y acaudalados empresarios mexicanos.

Y eso es un talento que no cualquiera tiene. Para llegar a esos niveles de perfección se necesita mucha humildad, saber escuchar, vivir sin prejuicios, entender en qué punto hay que desatar la polémica y en qué momento hay que invitar a tal o a cual personaje.

Yo admiro a Alfredo Palacios, porque el señor no comenzó con un padre multimillonario ni con un doctorado en letras hispánicas, comenzó desde muy abajo y siendo peluquero.

Y así, viniendo de la pobreza y viniendo de un oficio tan poco apreciado, don Alfredo es hoy lo que muchos comunicadores profesionales quisieran ser: un grande entre los grandes.

Si estuviéramos en Estados Unidos, ya se hubiera hecho una película sobre su vida y sobre su obra, porque al señor Palacios esto le ha costado lo que a nadie, pero ha valido la pena.

En su programa se esconden las claves de lo que fue, es y seguirá siendo la mejor comunicación humana.

Yo le podría escribir un libro entero analizando su trabajo, que no es muy diferente al de otros líderes maravillosos como Maxine Woodside, Janet Arceo, Joaquín López-Dóriga y Pati Chapoy.

Don Alfredo es valiente, directo y honesto, un hombre agradecido, perfectamente bien conectado y con un gran equipo donde tengo que destacar a Lulú León, su extraordinaria productora, a Addis Tuñón, fabulosa como ella sola, y al talentosísimo Marco Antonio Silva.  

El señor Palacios es tan humilde que siempre, al terminar su emisión, se despide recordando a su familia y a sus amigos, estén donde estén, como Ernesto Alonso, Isabela Corona y Juan Bautista González.

¿Quién más hace eso? ¿Ahora entiende? En este negocio para ser alguien hay que ser como Alfredo Palacios.

No por nada decenas de luminarias lo adoran. No por nada su programa acaba de cumplir 24 años de vida y lo acaba de celebrar con una de las más increíbles fiestas de la temporada. 

¡Feliz aniversario, Salud y belleza! ¡Felices 24 años, Alfredo Palacios!

Que vengan más, muchos más, para que sigas poniendo el ejemplo en un país donde hay tanta gente tan confundida sobre lo que se debe y lo que no se debe hacer ante las cámaras y los micrófonos. ¡Bravo!

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