El pozo de los deseos reprimidos

Examen final

Gracias a Dios, a lo largo de más de 27 años de dedicarme a la crítica profesional de televisión, he tenido cualquier cantidad de satisfacciones.

Una de las que más disfruto es cuando me invitan a las universidades, específicamente a las escuelas de comunicación y periodismo, para dar charlas, convivir con los alumnos o evaluar sus trabajos.

Lo digo con toda la humildad de la que puedo ser capaz: no hay semestre en que no me inviten a ver los exámenes finales de las materias de televisión de varios estudiantes.

Casi siempre son programas o documentales realizados en equipo, entre los maestros y los alumnos los miramos, los criticamos y al final sacamos conclusiones.

¿Por qué es importante que le escriba de esto? Porque yo creo que los estudiantes de comunicación, periodismo y de carreras afines también son parte fundamental de esta fuente.

Ellos representan el futuro de la industria, viendo lo que hacen uno se puede dar cuenta de lo que va a pasar aquí en los próximos años y por si todo esto no fuera suficiente, son muchísimos.

Son decenas de miles de muchachos estudiando para ganarse una oportunidad laboral. Si usted y yo no les damos su lugar desde ahora, ¿qué va a ser de ellos? ¿A dónde los vamos a mandar?

¿Por qué le estoy contando esto? ¿Por qué precisamente hoy? Porque la semana pasada sucedió algo que tiene que ver con esto y que me impresionó muchísimo.

¿Qué? Me invitaron a ver la presentación final de los alumnos de la clase de producción de televisión del cuarto semestre de la carrera de comunicación de la Universidad La Salle en la colonia Condesa de la Ciudad de México.

Yo pensaba que, como siempre, me iba a sentar a ver uno o dos proyectos, pero no. ¿Sabe lo que hicieron esos muchachos? ¡Un canal de televisión!

Así como lo está leyendo. Su trabajo final fue el lanzamiento de un canal de televisión, a través de la internet, solamente por ese día, pero canal de televisión de verdad.

Con todo, desde nombre (Quetzal tv), imagen corporativa, agendas, promos, redes sociales, una parrilla de programación, un noticiario, una serie, un programa para niños, otro para adultos (de sexo), uno más de concursos y otro más, pero de variedades, que incluía números musicales con banda en el estudio y toda la cosa.

Ojo, todo, o casi todo, era en vivo tal y como es en los canales de televisión y nada de que aquello era por equipos, no, todos los chavos estaban en todas las propuestas para que a todos los tocara, al menos una vez, alguno de los muchísimos roles que existen en las televisoras.

A lo mejor usted no alcanza a apreciar lo que es esto, pero es una locura de trabajo, de esfuerzo y de creatividad porque nada más para hacer un promo, en un canal de verdad, uno se tarda años.

Bueno, ellos se tardaron igual, pero hicieron muchos, inventaron nombres, consiguieron música, diseñaron logos. ¡Están locos!

Pero locos para bien porque eso es exactamente lo que se tiene que hacer ahora en una materia de televisión, enfrentar a los alumnos a las complejidades reales de la industria desde todas las perspectivas.

A esos jóvenes ya nadie les cuenta lo que es salir a grabar una serie dramatizada a una locación de verdad, sincronizar un enjambre de micrófonos para que un número musical se escuche a la perfección.

E, igual, nadie les va a decir todo lo que se tiene que hacer a nivel mesa de redacción para sacar un noticiario real, con las notas de esa mañana, o las dificultades a las que se enfrenta un conductor cuando tiene que ir resolviendo los imprevistos que van apareciendo durante las transmisiones en directo.

Me siento muy orgulloso de esos muchachos y de Adriana Hernández, Raymundo Ramírez, Alejandro Martín del Campo y Roberto Jiménez, sus maestros, cada uno de una rama específica del quehacer televisivo desde la dirección de contenidos y desarrollo de nuevas tecnologías hasta la mismísima producción profesional de medios.

A ojo de buen cubero, varios de esos estudiantes ya deberían estar trabajando en la industria. Los que no son unos auténticos personajes mediáticos tienen un talento bárbaro para la creación de contenidos.

No sé qué me gustó más, si la serie cómica grabada en el corazón de Iztapalapa, en pleno Vía Crucis, con una multitud enardecida alrededor de los actores, o el programa de sexo realizado en un auténtico hotel de paso, o el de concursos diseñado exactamente para los chavos de hoy, a base de puras “apps” y manejo de redes sociales.

Definitivamente algo se está moviendo en las escuelas de este país y yo quiero darle las gracias públicamente a la Universidad La Salle, a sus maestros y a sus alumnos.

¿Por qué? Por haberme dado una de las lecciones más importantes de mi carrera, por devolverme la esperanza sobre el futuro de los medios con base el trabajo, el esfuerzo y la creatividad. ¡Gracias! ¡Felicidades!

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