El pozo de los deseos reprimidos

Crítica al final de "Lo que la vida me robó"

Soy un televidente muy afortunado, porque a lo largo de mi vida he podido ver, en estreno, todas las versiones de Bodas de odio, de la gran escritora mexicana Caridad Bravo Adams.

Y lo único que le puedo decir es que el desenlace de Lo que la vida me robó, que se transmitió el domingo pasado por El Canal de las Estrellas, ha sido el mejor de todos los finales de todas las versiones que se han hecho de este gran clásico de la televisión latinoamericana.

Juan Carlos Alcalá, Fermín Zúñiga, Rosa Salazar y Jorge Cervantes, sus adaptadores, son unos genios, porque mejoraron, incluso, el trabajo de la inmensa María Zarattini, la responsable tanto de la primera Bodas de odio como de Amor real.

¿En qué me baso para decir esto? En que supieron resolver con particular maestría la villanización de última hora de uno de los dos galanes del triángulo amoroso que le daba sentido a esta historia, a través de una estrategia mucho más intensa.

Los dos galanes acaban como reyes ante los ojos del público, a pesar de que uno tiene un final triste, y eso no lo hace cualquiera, mucho menos con un melodrama seriado que, en lugar de ubicarse en el pasado, se ubica en el presente.

De veras, mis respetos para esos escritores, porque no nada más supieron construir un final dominical que respetara el estilo de las transmisiones regulares de lunes a viernes.

No, construyeron un monumento de desenlace especial, donde nos llevaron de sorpresa en sorpresa (lo cual es poco menos que imposible a estas alturas de la historia de la telenovela mexicana) y nos regalaron momentos sublimes.

Esa escena en la que uno de los dos galanes tenía que elegir entre salvarle la vida a uno de dos niños fue de antología. ¡Qué cosa tan más espantosa, tan más salomónica, tan más emocionante!

Yo estoy verdaderamente encantado con ese capítulo, porque estuvo perfectamente bien llevado y trasladado a otros ámbitos como internet.

Si el final para televisión fue histórico, el final para la web fue un acontecimiento. ¡Qué cosa tan más inteligente!

¿Por qué? Porque aquí, a diferencia de lo que hemos padecido en otras producciones mexicanas, sí hablamos de un final alternativo, pero de un final alternativo igual de bueno, de tremendo y de diferente que el final original.

¿A dónde les mando las flores, muchachos? ¡Qué trabajo tan más increíble!

Pero increíble el de todos, desde Daniela Castro, hasta Otto Sirgo, desde los niños, hasta los adultos.

Y a los responsables de este proyecto, en contraste con algunas cochinadas dominicales que se nos han colado por ahí, nada se les salió de control.

Angelli Nesma, la productora ejecutiva de esta joya, debe ser la creadora de televisión más feliz de México.

Fíjese lo que le voy a decir: triunfó con un clásico, lo mejoró en términos artísticos y lo catapultó en términos comerciales.

¿A cuántos productores así ha visto usted en la industria del entretenimiento nacional en los últimos años? Y es mujer, y este negocio, a pesar de las apariencias, es de machos.

¿Cuál es la nota? Dos cosas. Uno, el éxito rotundo de esta emisión y, dos, la hipocresía del público en las redes sociales.

¿Me creería si le dijera que, durante la transmisión del desenlace de Lo que la vida me robó se me atascaron los canales privados, hasta del celular, con mensajes de personas que afirmaban estar muy ofendidas con ese último capítulo?

¿Y cuál era la razón? Según ellas, que era demasiado fuerte, qué horror de sangre, sexo y violencia.

O me estaban tratando de ver la cara, o no estaban viendo El Canal de las Estrellas o, de plano, son las típicas audiencias que se meten a las redes sociales por el puro placer de pelear por lo que sea.

El final de Lo que la vida me robó, así como se transmitió, fue como material de Disney Jr. o de Discovery Kids en comparación a muchos finales de Azteca, Argos, Cadenatres, Univision y Telemundo.

Todo, hasta la violación multitudinaria de un hombre que apareció por ahí, fue manejada con una elegancia admirable. Aunque usted hubiera querido, no había manera ni de ofenderse ni de asustarse.

Al contrario, toda esa acción, manejada tal y como se manejó, a mí me llena de esperanza, me habla de una nueva Televisa, de una nueva manera de hacer telenovelas con lo mejor del pasado, pero también con lo mejor del presente.

No sé usted, pero yo prefiero mil veces secuencias de acción como las que gozamos en Lo que la vida me robó a escenas como las de los catastróficos finales de títulos como Quiero amarte, Amores verdaderos, Destino y Amor cautivo.

Lo que está bien hecho, está bien hecho, y Lo que la vida me robó siempre estuvo bien hecha, demostrándonos que el rating no tiene que estar peleado ni con el arte ni con la vanguardia.

¡Felicidades, señores! ¡Así se hace! Ojalá que pronto nos vuelvan a sorprender. ¡Bravo!

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