El pozo de los deseos reprimidos

Crítica a la cuarta temporada de 'House of Cards'

Miedo, eso fue lo que sentí cuando terminé de ver completa la cuarta temporada de House of Cards, la serie más emblemática de Netflix que desde el viernes pasado está disponible, completa, para los suscriptores de esta compañía.

¿Por qué? Porque los responsables de esta obra de arte son unos genios que, a diferencia de la mayoría de sus competidores, supieron aprovechar las ventajas de crear para un sistema de distribución de contenidos en línea.

Su estructura dramática no tiene nada que ver con la de la televisión abierta o con la de los cables o la antenas directas al hogar.

Los golpes dramáticos están puestos cada tres o cuatro capítulos para que los personajes se desarrollen al máximo, para que los espectadores no la suelten nunca y para que siempre quieran ver más.

Y cuando uno piensa que la historia se va a ir por un lado, se va por otro, y luego por otro, y quién sabe cómo pero al final todo amarra hasta construir una obra completamente redonda, fuerte.

Comenzamos con la prensa, terminamos con la prensa. Arrancamos con la maldad, concluimos con la maldad.

Esto sería intransmitible hasta en los canales premium.

O se produce y se distribuye a través de una ventana como Netflix o se produce y se distribuye a través de una ventana como Netflix. Punto.

Sí, yo sé que mucha gente se quedó con un extraño sabor de boca en la temporada tres de esta joya porque sintieron que algo raro estaba pasando con sus personajes favoritos.

Pero créame que cuando vea este nuevo paquete de capítulos entenderá las razones de esa estrategia y si es como yo, gritará más de cinco veces a lo largo de sus nuevos 13 capítulos de casi 60 minutos.

Miedo, eso fue lo que sentí cuando terminé de ver completa la cuarta temporada de House of Cards. Es exactamente como muchas personas se imaginan que es el mundo de la política.

Todos traicionan a todos, los utilizan, los despedazan. El que no es corrupto, miente, compra, seduce, asesina, ejerce el nepotismo, traiciona, roba hasta la información de los demás, la utiliza a su favor, para los medios, para las redes, para las elecciones.

La cuarta temporada de House of Cards redefine lo perverso hasta convertirlo en una virtud.

Por eso todos los que miran esta serie terminan adorando y admirando a sus protagonistas.

Como ciertos personajes insinúan en algún punto de la historia: aunque los buenos son otros, todos queremos ser como Frank (Kevin Spacey) y como Claire (Robin Wright).

Ellos no tienen corazón, tienen el poder. Y como hoy la política se ha convertido en un circo, esto adquiere una dimensión muchísimo muy superior.

Es lo aspiracional de algo que se perdió entre la frivolidad y la estupidez. Es devolverle a la autoridad el papel macabro que tuvo en el pasado.

Y aplica lo mismo para Estados Unidos que para México, para Nueva York que para Monterrey.

Ahí está la grandeza de House of Cards. Con todo y que aparenta ser un ejercicio muy local, termina convirtiéndose en una pieza universal.

No sé usted, pero yo la veo y siento que estoy presenciando una tragedia griega, una obra donde los personajes son poderosos pero al mismo tiempo víctimas de sus más bajas pasiones.

Usted no va a dar crédito de lo que van a ver sus ojos en estos nuevos episodios.

Están todas las noticias de todos los periódicos del mundo, pero también está toda la sangre, todo el sexo y toda la suciedad.

Miedo, eso fue lo que sentí cuando terminé de ver completa la cuarta temporada de House of Cards porque no puedo creer que la televisión haya evolucionado hasta decir y hacer lo que dicen y hacen estos señores.

Si yo le platicara los capítulos, no me lo creería. Vienen mucho al caso con muchas cosas que están pasando en cientos de lugares.

Y duelen, pero también sorprenden, impactan, invitan a la reflexión y, ¿por qué no?, dan risa.

Hay un sentido del humor tan negro en esta producción original de Netflix que ningún mexicano se puede resistir a sus encantos.

El tono que manejan Kevin Spacey y Robin Wright es de no creerse de tan perfecto.

Están sufriendo, gozando, pensando, utilizando, confesando y mintiendo, todo en un mismo gesto que oscila entre lo teatral y lo cinematográfico, entre lo cómico y lo dramático.

Y aunque es obvio que este título es carísimo, no es ostentoso.

El foco está en donde tiene que estar, en "¿qué significa ser presidente?", en "ya me cansé de ganarme el corazón de la gente", en "no nos sometemos ante el terror, creamos el terror".

Sí, está todo lo que tiene que estar: fotografía, iluminación, música, edición, escenografía, vestuario.

Pero como todo está en función de todo, al final uno acaba aplaudiéndole de pie a toda la serie, toda, no a una persona, no a un aspecto de la producción.

¿Qué está esperando para ver completo lo nuevo de House of Cards? Tenga miedo, como yo. Es genial.

alvaro.cueva@milenio.com