El pozo de los deseos reprimidos

Buena

Ah, qué buena está Lo que la vida me robó, la telenovela de las 21:30 de El Canal de las Estrellas.

Cuando empezó, la odié. ¿Por qué? Porque se suponía que era un refrito, a nuestros días, de Amor real que a su vez era un remake de Bodas de odio que por su parte era una adaptación de una obra de Caridad Bravo Adams que ella, personalmente, jamás llevó a la televisión.

¿Y? ¿Qué tiene eso de malo? Primero, que Amor real tenía muy pocos años de haberse estrenado y que, para colmo, se acababa de transmitir por el canal Telenovelas (TL).

Segundo, que Bodas de odio es una historia que solo se puede entender en un contexto de guerra.

Traerla a la época actual era una aberración a menos que sus escritores la ubicaran entre el gobierno de Enrique Peña Nieto y los grupos de autodefensa, y eso yo no creo que le hubiera gustado mucho a la Secretaría de Gobernación. ¿O sí?

Tercero, Amor real sin guerra no es Amor real como Carrusel sin escuela no es Carrusel como Infames sin cabilderas no es Infames.

Cuarto, que se me hace la cúspide de la ausencia de creatividad, del facilismo intelectual y del no querer invertir obligarnos a volver a ver esta historia en lugar de crear algo nuevo, de escuchar a las audiencias del día de hoy y atenderlas.

Y quinto, que Lo que la vida me robó la tenía fácil. Cualquier cosa que Televisa pusiera en ese horario iba a ser mejor que La tempestad.

¿Competencia? ¿Cuál? A diferencia de otros proyectos como Qué pobres tan ricos, esta producción de Angelli Nesma (Abismo de pasión) no iba a competir contra nadie.

Ni modo de decir que Hombre tenías que ser le daba miedo o que había otra telenovela, en algún otro canal, a esa hora. ¡Pues no!

¡Hasta Las trampas del deseo le dejó libre el horario a El Canal de las Estrellas!

Bueno, pues más me tardé en odiarla que Lo que la vida me robó en darme la razón.

Todas las justificaciones melodramáticas para adorar a su protagonista se derrumbaron en los primeros capítulos.

Esta chava, de nombre Monsterrat (Angelique Boyer), sí le ponía el cuerno a su primer novio.

Por tanto, no merecía trato de personaje positivo y los hombres que se peleaban por ella, en lugar de verse como héroes, se veían como estúpidos peleando por una mujer que no los merecía.

No y ni hablemos del tema de “Te vendo a mi hija”, porque entonces sí nos ponemos a llorar.

Hoy la lucha es contra la trata de personas, no por darle la razón a las chicas que, bajo el pretexto del sacrificio, aceptan que las intercambien por dinero. ¡Mal!

El caso está en que esto era una desgracia hasta que, por lo que me fui dando cuenta en pantalla, Juan Carlos Alcalá, Rosa Salazar y Fermín Zungia, sus escritores, se desprendieron de la historia original.

Esto ya no es Bodas de odio, ya no es la historia de un triángulo amoroso.

Ahora es un paquete de historias de pareja, de situaciones de amor y desamor con las que muchos hombres y muchas mujeres se pueden identificar.

¿A usted no le conmueve, por ejemplo, la manera tan dolorosa como los responsables de este título están manejando un tema tan tremendo y tan común, pero al mismo tiempo tan despreciado por la gente de la industria de la televisión mexicana, como el de la infidelidad?

Lo que la vida me robó está hermosa y no solo eso, entre más pasa el tiempo y más se aleja del texto de Caridad Bravo Adams, más nos cautiva.

Fíjese todo lo que se puede decir aquí sobre el amor, la lealtad, el compromiso, la paternidad y el respeto.

Me impresiona que en estos tiempos en que todo el mundo está tratando de inventar el hilo negro apelando a los temas más sórdidos del mercado, algo tan sencillo pueda ser tan efectivo, tan dulce.

¿Pero sabe qué es lo que más me llama la atención de esta maravillosa evolución? La manufactura de Lo que la vida me robó.

Es impresionante el rigor que hay detrás de la dirección de escena en esta telenovela. Todos y cada uno de sus actores están perfectamente bien entonados en melodrama, en el grito, el llanto, la cachetada.

Verlos y oírlos es un deleite. ¿Y qué me dice de la dirección de cámaras, de la escenografía, del vestuario, del maquillaje, los peinados y la iluminación?

Lo que la vida me robó se ve bonita. Da gusto encender el televisor y mirarla. La pantalla adquiere profundidad, a los rostros no les pusieron los focos enfrente, se nota un cuidado, un cariño.

Y, por lo mismo, los actores brillan. Todos, desde el más importante y famoso hasta el más secundario y desconocido, lucen. Nada de esto sería posible sin una buena productora.

Angelli Nesma lo volvió a hacer, le devolvió la dignidad al horario estelar de XEW-Tv.

Qué gusto, de veras, encontrar algo tan profesional y que, a pesar de estar encadenado a un refrito, sea tan diferente, tan esperanzador. ¡Felicidades! ¡Todos a verla!   

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