El pozo de los deseos reprimidos

Aclaraciones importantes

En los últimos días he estado escuchando cualquier cantidad de barbaridades sobre la televisión, sus cifras y el futuro de los medios de comunicación.

Estoy alarmado porque muchas personas que en su vida han tomado un curso sobre análisis y medición de ratings, le están haciendo un daño terrible tanto a las industrias de la información y del entretenimiento como a la mismísima sociedad difundiendo cifras a lo loco y diciendo tontería y media.

¿En qué consiste ese daño? En algo que todo el tiempo le estamos criticando a producciones como Laura, Sabadazo y Big Brother: en la propagación de la ignorancia.

Voy a ser muy claro con lo que le voy a decir: no existe ni en México ni en el mundo entero un medio más poderoso que la televisión abierta.

Y no lo digo nomás porque sí. Lo digo con fundamentos científicos, con cifras, con estudios, después de haberme encerrado durante días con especialistas de diferentes compañías.

Sí, yo sé lo que usted debe estar pensando. ¿Entonces por qué los chismosos de la radio y de los periódicos sensacionalistas se la pasan pregonando que los ratings se están desplomando?

Porque se quedaron en los años 90, cuando el único Dios al que se le podía rezar era al de los ratings.

Esto, en el remoto caso
de que tengan la certificación que muy pocos periodistas tenemos en México para poder hablar del tema y entender las diferencias entre los universos, los conceptos y las variables que cada empresa maneja.

¡Pero cómo! ¿No se supone que el gran éxito está en los sistemas de distribución en línea, que los cables y que las antenas directas al hogar son las reinas del mercado y que la Tierra vive por y para internet?

Pues con la pena, pero no. Probablemente usted, como yo, sea una persona educada, goce con títulos prodigiosos como House of Cards, Orphan Black y Game of Thrones, y se la pase riquísimo en la redes sociales.

¡Pero qué cree! Usted y yo no somos lo más representativo ni de México ni del mundo. Somos la cosa más privilegiada del planeta, como una raza aparte.

Dicen que Facebook es un país. Me parece perfecto. ¿Qué es un país en comparación con el resto de los cinco continentes? ¡Qué!

Se lo voy a plantear de una manera un tanto ruda, pero creo que necesaria: ¿Usted es racista, clasista, antisemita, misógino u homofóbico?

No, ¿verdad? Usted, supongo, es una persona con la mente abierta que cree, como yo, que todos somos iguales.

Y cuando digo todos estoy hablando realmente de todos: hombres, mujeres, ricos, pobres, blancos, negros, obreros, campesinos, trabajadoras domésticas, gente que se baña, que no se baña. ¡Todos!

¿Entonces, por qué si somos tan democráticos suponemos que solo nosotros, que tenemos acceso a ciertas plataformas y que contamos con la educación suficiente como para informarnos y entretenernos a través de ellas, somos los poseedores de la verdad?

¿Por qué si somos tan abiertos no vemos más allá de nuestra realidad y entendemos que en los medios, como en las elecciones, la sintonía de un empresario vale tanto como la un menesteroso que vive en un rancho perdido en la inmensidad de la nada?

Y esa gente que no tiene ni internet ni cable ni antena directa al hogar suma más que los demás, es la que decide el futuro de la nación. ¡Es la que más mira la televisión abierta!

No, pero espérese, ¿sabía usted que un alto porcentaje de las elegantísimas personas que tienen cable, antena e internet tienen esos servicios para ver más y mejor la televisión abierta?

¡No se deje engañar! Mientras que menos de la mitad de los cibernautas han realizado una compra después de haber visto publicidad en internet, en televisión abierta es todo lo contrario.

Ahí es donde las grandes marcas hicieron, hacen y seguirán haciendo sus mejores negocios.

Ahí es donde hay que estar para generar cosas y si no me cree, pregúntele a los políticos que matan por tener aunque sea unos cuantos segundos de exposición en esos canales.

Pregúntele al gobierno. ¡Pregúntele al INE!

Si la programación de la televisión abierta es buena o es mala, eso es otro asunto y, además, también es cuestionable.

En la televisión abierta hay verdaderas obras maestras, y en la de paga, en los sistemas de distribución de contenidos en línea y hasta en las redes sociales también hay porquería y media.

¡Ahora resulta que todo lo malo está en la televisión abierta! Perdóneme, pero no. ¿Así o más en el prejuicio?

Si usted odia a personajes como Donald Trump por su ignorancia y por vivir en el prejuicio, ódiese a usted mismo por pensar igual sobre algo que no se puede defender como la televisión abierta.

Ojalá que pronto pueda encontrar una editorial que me permita escribir el libro que quiero hacer sobre la televisión en México y el mundo, porque ya me cansé de esta confusión en la que estamos viviendo. ¿Usted no?

alvaro.cueva@milenio.com