Fusilerías

La hora de Churchill

Cinco años antes de que sus maniobras políticas surtieran efecto y se convirtiera en primer ministro, Winston Churchill ya cultivaba con éxito su faceta de escritor y ponía énfasis en la encrucijada que afrontaba Europa con el resurgimiento de Alemania bajo el puño de Adolf Hitler, “un cabo, un austriaco, antes pintor de puertas y ventanas, que se lanzó a recobrarlo todo” después de la derrota ante los Aliados y la firma del Tratado de Versalles en 1919.

Ese hombre al que dedica un ensayo en 1935 titulado “Hitler y su opción”, recopilado en el volumen Grandes contemporáneos editado por Orbis (1974) en la colección Los Premios Nobel (distinción otorgada al británico en 1953), es el que creará un escenario de desestabilización en media Europa que desembocará, en el caso de Reino Unido, en la dimisión de Neville Chamberlain y el ascenso de Churchill, quien se niega a negociar una paz que dejaría postrada a su patria frente a la ocupación nazi, episodio principal de la trama que recoge la película Darkest Hour (Las horas más oscuras, Joe Wright 2017).

Gary Oldman personifica al premier británico con una caracterización sorprendente por la versatilidad del actor, a quien resulta difícil ligar con otros personajes suyos, como el vampiro del Drácula de Francis Ford Coppola (1992) o el pachequísimo agente de la DEA de El perfecto asesino (1994) de Luc Besson, no solo, por supuesto, a partir de los más de veinticinco años de aquellos filmes, sino por la corpulencia y los rasgos que con el maquillaje hacen pensar por momentos más bien en Alfred Hitchcock o Jorge Luis Borges, y no en Churchill.

La anécdota básica es el cambio de poder en Gran Bretaña a partir del avance nazi por Europa que arrincona a las tropas francesas y británicas en la playa de Dunkerque, lo que origina la Operación Dinamo, consistente en el envío de embarcaciones civiles de todo tamaño para rescatar a los soldados atrapados entre la ofensiva alemana y el mar. En esos días de mayo y junio de 1940, Churchill obtiene las respuestas que buscaba en su texto de 1935, en el que planteaba que aún no se podía decir si Hitler era el hombre que desencadenaría otra guerra en la que la civilización sucumbiría o si pasaría a la Historia como quien restauraría el honor y la paz de espíritu de la gran nación germánica.

Churchill no regatea reconocimiento al ascenso de Hitler. Mientras Alemania se rearmaba en la cara de Europa, violando los tratados de 1919, el führer peleaba su batalla por el corazón alemán. “No puede leerse la historia de esa lucha sin sentir admiración por el valor, la perseverancia y la fuerza vital que le permitieron, amenazador, desafiar, conciliar o vencer a todas las autoridades o resistencias que obstruían su camino”, que desembocaron en una “dictadura vitalicia sobre toda una nación de cerca de setenta millones de almas, que constituyen la raza más industriosa, manejable, fiera y marcial que existe en el mundo”.

La mirada de un lobo de mar curtido en las campañas militares asoma en el texto. Advierte sobre “el descuidado e imprudente mundo” que veía cómo Hitler, “arrojando todo disfraz, avanzó, armado hasta los dientes, con sus fábricas de municiones trabajando día y noche”. Alerta sobre las luces que arroja el libro Mi lucha sobre que no era Francia la única nación extranjera contra la cual iba a volverse la cólera de la rearmada Alemania.

Por eso, en 1935, a Churchill no le parecía extraño que todo el mundo deseara conocer “la verdad acerca de Hitler” y se preguntaba: “¿Qué hará con todo el tremendo poder ya entre sus garras y perfeccionándose semana tras semana? (…) Hasta ahora la carrera triunfal de Hitler ha seguido su movimiento en ascenso no solo por un amor apasionado a Alemania, sino por corrientes de un odio tan intenso que ha llegado a secar las almas de quienes van en su curso”.

El espectador de esta película de Wright también puede apoyarse en otra de reciente exhibición, Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), cuya trama remite a los mismos días de Darkest Hour, pero no desde los centros del poder, sino desde el campo de batalla o, más bien, desde las aguas francesas. Valga señalar que el Churchill de Las horas más oscuras es el cascarrabias conocido, pero con dosis de humor, sobre todo en torno a su alcoholismo, que agradece el espectador.

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