Fusilerías

La ciencia explica la victoria de Trump

Encuestadores, políticos, la mayoría de la prensa y el mundo se desmayaron por la victoria de Donald Trump en la elección presidencial estadunidense, pero no los neurocientíficos, escribe Douglas Fields en Scientific American, porque todos quieren entender el resultado a partir de la razón, cuando fue la furia la que motivó el voto del martes pasado.

Las emociones son un poderoso motor del comportamiento para la mayoría de animales y no es diferente para el ser humano. De hecho, en los momentos más complejos de toma de decisión, el sapiens acude al feeling antes que a la razón, tanto en la elección de una pareja para casarse como en la de un platillo del menú.

Proceden las emociones de una compleja cadena neuronal que permite un análisis instantáneo de la situación y marca un curso de conducta. Nuestros sentidos nos proveen de una corriente de datos que nos alertan ante una amenaza o un peligro, todo debajo de un nivel de conciencia y de pensamiento racional, porque la enorme carga de información colapsaría nuestra mente consciente.

Muchos estadunidenses, explica Fields, se sienten enojados, temerosos, amenazados, sentimientos que surgen de la percepción de riesgo personal, disrupción social, peligro inminente de terrorismo y un gobierno crónicamente disfuncional. Los encuestadores se equivocaron porque el acto de preguntar trae de forma implícita la seguridad de una respuesta racional. Pero la rabia no es una razón. La gente está enojada y el sentimiento de encono solo tiene un propósito: prepararse para la lucha.

Como una especie social, dice Fields, nuestra supervivencia depende de la membresía a la tribu o al grupo y nuestros circuitos cerebrales, localizados en la corteza prefrontal, nos permiten clasificar de inmediato a alguien como “nosotros” o “ellos”. Estos circuitos interactúan con el sistema límbico derivando ira y agresión violenta para mantener orden y proteger a nuestro colectivo, y así funciona para los seguidores de cada candidato, para los partidos políticos y para la pertenencia de raza.

Es así como esta perspectiva neurocientífica explica el incomprensible escenario de que un magnate sobrado en privilegios se convierta de pronto en un campeón de la clase trabajadora, varonil y femenil, que se siente enfadada y amenazada. Los llamados de Trump, “este improbable héroe de la masa laboral”, a la furia, al miedo y a la frustración (gritos al sistema límbico) son perfectamente consistentes con cómo el cerebro humano responde a decisiones complejas con las emociones para afrontar momentos cruciales.

El experto pone dos ejemplos: a) un perfume se vende no por cómo huele, sino por cómo nos hace sentir; b) un Corvette de 500 caballos de fuerza irá a la misma velocidad de cualquier otro auto en el tráfico, pero cuesta 10 veces más. Así funciona la mercadotecnia, manipulando emociones. El problema es que el detector de amenazas opera en tiempo real y las emociones se ajustan a ese estatus. Es imposible amar u odiar a alguien que no se conoce. La razón planea estrategias para el futuro, habilidad cognitiva cuyo propósito vital es evitar las consecuencias de la emoción conocida como “arrepentimiento”.

La gente votó y deberá vivir con las consecuencias, como en el caso del brexit. Actuó echando mano de sus habilidades cerebrales, furia y razón, y exhibió una profunda división, entre el miedo y la pertenencia de grupo. Que esta situación explote en una guerra de facciones o derive en la unidad de una nación dependerá del mismo circuito neuronal en la corteza prefrontal de los estadunidenses que separa al “nosotros” de “ellos”.

El electorado, resume Fields en su espléndido texto publicado el miércoles pasado en Scientific American, concluyó que la persona más exitosa en la manipulación de su circuito neural destinado a la supervivencia no es un estadista, sino un vendedor.

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