Fusilerías

Trump, el cruzado

El éxito de Donald Trump está centrado en eso que Zack Beauchamp llama “el disturbio de los blancos”, the white riot, y tiene que ver no solo con la economía, el empleo y la inseguridad. No es coincidencia que este crecimiento de la preferencia por el candidato republicano, así esté soportado de forma principal en los estados más conservadores del corazón estadunidense, tenga su origen en los ocho años de gestión de un jefe de la Casa Blanca… negro.

Blanca era negra, escribió el gran Jorge Ibargüengoitia en el capítulo diez de su espléndida novela Las muertas, y esa figura cercana al oxímoron puede hoy avistarse en la circunstancia que ha encendido las alertas del mundo, pues usufructuada por el magnate candidato, se ha convertido en una cruzada que desató la ira de gente frustrada susceptible al llamado del nacionalismo prometedor de devolverle lo que cree le ha sido arrebatado.

El impulso a la globalización hoy atribuido a Bill Clinton, pero echado a andar por su antecesor republicano George Bush padre, con sus tratados comerciales internacionales multiplicados desde los años noventa, hoy es el objetivo de la perorata de Trump, recogida por legiones de blancos que se tragan la idea de que los migrantes y los países socios de Washington se han quedado con sus empleos y su prosperidad.

No es un discurso nuevo ni exclusivo para los estadunidenses. Gran Bretaña ya padece su dosis de daño por nacionalismo con el brexit, que la separa de la Unión Europea, en un fallido cálculo de su entonces primer ministro, David Cameron, quien sometió a consulta la decisión amparado en la industria de las encuestas, hoy en su peor crisis a escala internacional por sus constantes yerros. Mientras continúa el debate sobre la metodología, los indecisos y otros factores, Europa ya sufre los efectos.

Francia no es ajeno al “disturbio de los blancos”, con el lento pero sostenido incremento de la presencia de los fieles a la extrema derecha encabezada por Marine Le Pen, más el regreso de otro nacionalista acaso menos radical, pero igual de renuente a los migrantes, cuando él desciende de una rama húngara-judía-griega: el ex presidente Nicolas Sarkozy.

Beauchamp cita en un texto publicado en Vox.com el caso del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, quien ha ordenado levantar un muro para contener la migración y ha creado campos de detención en los que custodios han sido grabados llevando comida a los cautivos como si de un zoológico se tratara. En Italia, la Liga del Norte, que incluso ha vilipendiado al papa Francisco por proponer diálogo con los musulmanes, ha triplicado su número de votos desde 2013 a la fecha y ya es la tercera fuerza nacional, mientras que en Finlandia el líder del Partido Finns, el canciller Timo Soini, ha hecho llamados constantes a cerrar el paso a los no europeos.

El punto en común, fuera de discusión, es la xenofobia.

Hace ocho años el dilema de los demócratas en Estados Unidos era cómo votar, pues fuera cual fuera su decisión, sería histórica: una candidata, es decir, una mujer por vez primera en la liza por la Casa Blanca, o un candidato negro. Contra los pronósticos de por lo menos la mitad de quienes se arriesgaban a opinar en público, la elección se dirigió al hombre, lo que suponía dos posibilidades: a) el pueblo de esa filiación política había roto el estigma contra los negros con una posición progresista, o b) esa comunidad había dado un sufragio conservador que aún desconfiaba de las capacidades de una dama.

Hoy el pueblo estadunidense en su conjunto afronta otro escenario histórico: llevar por vez primera a la Casa Blanca a una mujer, a quien un negro entregará las llaves, o atender el canto de las sirenas y encumbrar a un cruzado cuya capucha de Ku Klux Klan no le cubre el rostro, legionario que ha hecho suyas las traumáticas proclamas que dividieron a un país por siglos y hasta hace unos decenios. El hacendado que ha llegado en las plantaciones a poner en orden a negros y migrantes con el látigo.

En efecto, las sirenas no existen, pero de que cantan, cantan.

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