Fusilerías

Las torturas de la CIA

Como comentarista político, José Saramago formó parte de una batería de pensadores en la que han figurado con no poca razón y fuerza Juan Gelman y Noam Chomsky. Esta tríada “el novelista y el poeta ya fallecidos, el lingüista activo como nunca” solía centrar sus análisis de la era Bush júnior, el doble mandato, en la escasa cultura del jefe de la Casa Blanca, una vez que cada declaración fuera del guión era out por regla, para usar una expresión beisbolera.

En su libro El cuaderno (Alfaguara 2009), que recoge el blog del Nobel portugués, halla el lector la siguiente reflexión: “George Bush (…) se presenta ante la humanidad con la pose grotesca de un cowboy que ha heredado el mundo y lo confunde con una manada de ganado. No sabemos lo que realmente piensa, ni siquiera sabemos si piensa (en el sentido noble de la palabra). Pero, honor le sea hecho al menos una vez en la vida, hay en el robot (...) un programa que funciona a la perfección: el de la mentira”.

Todos los políticos mienten, pensará el lector que, extraviado, se encontró con estas líneas. Sí, es parte del ADN del animal político desde que Aristóteles ideó el concepto. Salvo que en el caso de Bush devino tragedia de proporciones globales. En estos días el Senado de Estados Unidos ha destapado una más de las omisiones de ese oscuro periodo al documentar lo que todo mundo aventuraba: que la tortura después del 11 de septiembre de 2001 fue peor de lo que cualquier malpensado hubiera imaginado.

Gordon Thomas, el experimentado reportero especializado en asuntos internacionales de inteligencia, recuerda en su libro Las armas secretas de la CIA (Ediciones B 2007) que el 4 de enero de 2006, Bush informó al gabinete de prensa de la Casa Blanca, para difundirlo de inmediato, que Estados Unidos no había aprobado ni aprobaría las torturas supuestamente llevadas a cabo por sus fuerzas armadas o sus servicios secretos para obtener información que los ayudara en la “guerra contra el terrorismo” que él había declarado cinco años antes como consecuencia del 11-S. Su mensaje, subraya el autor, era categórico: “No era un método de los estadunidenses. ¿Interrogatorios duros? Sí. ¿Tortura? No. Rotundamente no”.

El también autor del registro más puntual sobre el Mossad documenta todo acerca de las “entregas extraordinarias”, consistentes en el traslado en vuelos sin registrar a presuntos terroristas a centros de interrogatorio fuera del ámbito de la justicia estadunidense, como los Balcanes, Marruecos, Egipto, Polonia y varios países de Asia Central. Difunde el contenido de un memorando clasificado sobre las “técnicas avanzadas de interrogatorio” permitidas, como el belly slap, fuertes golpes en el abdomen con la mano abierta; el long time standing, en el que los presos son obligados a estar de pie, esposados y con los pies sujetos al suelo por más de 40 horas; el waterboarding o asfixia simulada.

En el documento de 104 páginas, titulado Coercitive Questioning, hay instrucciones detalladas de cómo inducir miedo, porque la amenaza de infligir dolor puede provocar un temor más lesivo que la inmediata sensación de dolor, y el “uso racional” de fármacos que pueden ser efectivos para vencer la resistencia que no se supera con otras técnicas.

Saramago, que cultivaba la autocrítica, se declaraba a menudo ingenuo. Hoy que Barack Obama, por cierto premio Nobel de la Paz, ha salido en defensa de la CIA y de las mentiras de su antecesor, vale recordar estas palabras del portugués a la pregunta de cuál sería la primera medida de gobierno que propondría al primer presidente negro de Estados Unidos: “Desmontar la base militar de Guantánamo, mandar de vuelta a los marines, derribar la vergüenza que ese campo de concentración y de tortura representa, volver la página y pedir disculpas a Cuba”.

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