Fusilerías

'Santuario' y pueblo fantasma

Aunque en el aeropuerto de Los Ángeles aún no se percibe algún efecto Trump, no deja de ser inquietante que la firma del decreto para la construcción del muro te sorprenda en una escala en territorio gringo, porque entonces ya los hábitos de la migra comienzan a ser por vez primera, después de una decena de viajes, por lo menos sospechosos, como el consistente en saludarte en inglés, a lo que respondes en esa lengua, para después cambiar al español, y cuando te sueltas en tu idioma, vuelven al suyo. Debe divertirles, pero es tan ridículo que luce dudosa su aplicación como parte de algún manual o estrategia.

La que sí es una estrategia bien planeada fue la embestida del nuevo presidente de Estados Unidos contra los migrantes. La firma que autoriza el levantamiento del muro viene acompañada de otros elementos, como la contratación de más agentes fronterizos y la torcedura de brazo a las ciudades que persistan con su intención de ser santuarios para los indocumentados. Como se comentó en este espacio hace semanas, esas declaratorias no pasaban de ser espejismos, pues la suspensión de recursos los pondrá en orden, además de que no tenían más destino que ser buenas intenciones.

Esa es la lectura teórica, pero en la práctica el gobierno de Trump se enfrenta a una realidad que no se ajusta a sus delirios. Hay ciudades con tal cantidad de trabajadores migrantes, la mayoría sin papeles, que se quedarían desiertas si la autoridad los deportara. Pueblos enteros en estados como Arizona, Utah y Oregon operan con la mano de obra indocumentada o en situación migratoria irregular, por lo que una redada de grandes dimensiones los paralizaría. Los empleadores y las familias nativas lo saben y se benefician de la situación. Un obrero sin documentos es un obrero que cobrará menos por sus servicios. Las autoridades locales también lo saben. Mientras no se metan en líos, circulan y trabajan libremente y no son molestados.

Por eso pese a sus arrebatos, a sus “hechos alternativos”, Trump ha tenido el cuidado de hablar de expulsión de migrantes criminales, aunque el problema es cómo definirá quién es delincuente, pues si tuvieran a la mano el “récord”, como le llaman ellos al antecedente penal, el propio Obama se hubiera deshecho de los pillos.

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