Fusilerías

La rata de Günter Grass

Un hombre pide como regalo de Navidad una rata. No una blanca de ojitos rojos, tradicional mascota de quienes gustan de esos roedores, ni pinta como una vaca, producto del cruce de la primera con las que suelen verse en el drenaje o la basura. No. Él quiso una de color pardo, oscura, de alcantarilla.

Dentro de su jaula, el animalito, una hembra, apareció debajo del árbol. Pero por las noches, en la hora crepuscular, se transformaba en el sueño de este hombre en la Ratesa, y le hablaba con un peculiar falsete. Le contaba la historia de las de su especie, de cómo vieron desaparecer a los dinosaurios, cómo se esparcieron en el mundo, cómo fueron despreciadas por Noé, cómo vieron nacer al hombre, primero con admiración por su paso erguido, luego con desprecio por su testarudez y maldad.

Así, con la voz del roedor, Günter Grass hace en La Ratesa un examen minucioso de debilidades y excesos del género humano, mientras su soñador grita, con esos decibeles que gusta poner el novelista a sus héroes, como Oskar Matzerath, el enano de El tambor de hojalata. Sin embargo, el animal no escucha y lanza su juicio sumario contra esa especie que históricamente lo ve como dañino y propagador de plagas, el hombre, al que declara extinto.

“¡Qué suerte que se hayan ido! Lo cagaron todo (…) ¡Comilones hambrientos! ¡Estúpidos sabihondos! Siempre en discordia consigo mismos. (…) Esclavos que tenían esclavos. ¡Beatos hipócritas! ¡Explotadores! Desnaturalizados. Y por eso, crueles. Crucificaron al único hijo de su Dios. Bendecían las armas. ¡Qué suerte que se hayan ido!”.

El capitalismo salvaje que genera escasez en la abundancia, el comunismo depurador de “enemigos”, los cruzados y su ánimo guerrero en nombre de un Dios vengativo. Grass pasa a revisión los episodios significativos del ser humano en voz de su rata navideña. Ese espíritu liberal, comprometido con las causas justas del hombre, hizo al también escultor y dibujante un héroe nacional, al grado de declarar con no poca resignación, después de ganar el Premio Nobel de Literatura en 1999, que le pesaba ser la conciencia crítica de Alemania, estafeta que le dejó Heinrich Böll a su muerte.

Grass despidió la centuria no solo con la obtención del premio de la Academia Sueca, sino con un libro de 100 relatos, Mi siglo, uno por cada año, en el que destaca uno de los años 20 cuya anécdota es el ingreso de un fotógrafo a las juventudes nazis, con el que el autor dibujaba un lejano capítulo de su adolescencia, confesado años más tarde, que le valió múltiples condenas y aun la prohibición de su ingreso a Israel. No hay que perder de vista que muchos de sus críticos, incluso hoy en día, creyéndose purificados, son antiguos militantes de partidos y organizaciones pro soviéticos y maoístas, cuyas cabezas, Stalin y Mao, mataron a más personas en tiempos de paz que el propio Hitler en el Holocausto. Genocidios todos estos (en el bloque del Este, en China y contra los judíos), huelga decir, aborrecibles, más allá de las cifras de cada uno.

En tiempos de corrección política, por desgracia, parece más atractivo el señalamiento de un pecado de juventud, sin el contexto histórico obligado, que el análisis de una obra literaria, sea novela o ensayo, sea poesía o relato, que retrata en toda su grandeza a un escritor fundamental del siglo pasado y de la lengua alemana, muerto el lunes pasado.

“Donde estuvo el hombre, en cada lugar que dejó, quedó basura. Hasta en la búsqueda de las últimas verdades y pisando los talones de su Dios produjo basura. Por su basura, acumulada capa a capa, se le podía reconocer siempre en cuanto se excavaba para buscarlo; porque más longevo que el hombre son sus residuos. ¡Solo la basura ha durado más que él!”.

Así habló la rata de Günter Grass.

 

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