Fusilerías

Los plagios a “La dimensión desconocida”

Rod Serling (1924-1975) era un libretista cinematográfico y televisivo que enfrentó esa práctica de la que se quejó más de una vez Quentin Tarantino antes de comenzar a dirigir: la reelaboración de sus textos. El caso de la película El planeta de los simios es singular, porque la obra original de Serling fue reescrita, en la versión oficial, debido a factores que tenían que ver con costos y logística, pero al final Michael Wilson, por órdenes del realizador Franklin Schaffner, redondeó con no poco éxito la propuesta original a partir de la magnífica novela del francés Pierre Boulle.

En esta saga son importantes las fechas. La novela de Boulle fue publicada en 1963 y la película, estelarizada por Charlton Heston, se exhibió en 1968. En la primera temporada de La dimensión desconocida (The Twilight Zone), empero, grabada en 1959, por lo menos el desarrollo de dos capítulos trae a la memoria la trama íntegra del relato del francés y el final del filme, que el espectador recordará con la Estatua de la Libertad sepultada en un mar de arena.

Serling es el autor de la mayoría de los libretos de la aclamada serie de ciencia ficción, por lo que no es sorpresivo que aparezcan los referentes de por lo menos dos capítulos en la película cuyo guión inicial le fue encomendado. Sin embargo, se sabe que Rod comenzó a trabajar en la historia de los simios en 1960, es decir, un año después de La dimensión desconocida, pero tres antes de la novela que supuestamente da pie al filme.

Así complicada la trama, cabe deducir que Boulle se apropió de alguna manera de la historia concebida por Serling y publicó la novela antes de que el libreto llegara a las pantallas. El lector quizá recuerde el relato del francés. Una pareja viaja de luna de miel al espacio y halla un pergamino en una botella. Ahí viene la historia completa del planeta de los simios y, en el gran final, un enamorado pone en duda ante su pareja la inverosimilitud de los hechos, porque, dice con cierto aburrimiento, cómo puede ser posible que un humano hable. Sí, eran dos simios a bordo de una nave.

Pero... en un capítulo de La dimensión desconocida de 1959 (cuatro años antes de la publicación de la novela), dos científicos deciden abandonar el centro espacial en el que trabajan, porque la destrucción de esa civilización está datada para el día siguiente, por una sed de guerra de sus gobernantes que hace recordar a Reagan y al clan Bush. Los hombres con sus familias roban una nave que ellos mismos construyeron para fines bélicos y escapan con no pocas dificultades. Ya a bordo, ven a través de sus ventanales una estrella, su destino, y se preguntan cómo es posible que ahí también haya vida humana. Es la Tierra.

En otro capítulo, un grupo de expedicionarios espaciales pierde el rumbo y la nave se estrella en un punto no ubicable en los radares, acaso un satélite o un planeta desconocido por la ciencia. Desde el centro de despegue hay confusión y dan por perdida la misión. Los astronautas se enfrascan en una lucha por la supervivencia, la poca agua que llevan en sus cantimploras, y solo uno sale victorioso. En solitario comienza a explorar ese extraño paisaje desértico, montañoso, con un sol abrasante, hasta que, desde una cima, cae en la cuenta de que está en un escenario natural terrícola con bandera estadunidense. Es decir, el remate que originó, ocho años más tarde, el gran final de la película de Schaffner.

Baste citar, para no complicar más la trama de esta serie de plagios, que el filme Joe Black, con la actuación de Brad Pitt, Anthony Hopkins y la bella Claire Forlani (Martin Brest 1998), cita como origen un texto de Alberto Casella titulado La muerte de vacaciones (1971), cuando en realidad es una puesta al día de otra historia del gran Rod Serling, también fechada en 1959. Sin duda muchos dirán que estos sucesos solo pasan, parafraseando al libretista, en un lugar que algunos llaman la dimensión desconocida.

 

www.twitter.com/acvilleda