Fusilerías

Pérez-Reverte, el “novelista minucioso”

La charla del domingo pasado con el escritor español Arturo Pérez-Reverte, aunque él se dice “mexicano” con mucho orgullo, como se publicó en nuestra sección cultural el lunes, fue tan variada en temas que permitió al fusilero guardar una selección de respuestas para compartir en este espacio, que cumple 15 años (cinco en La Jornada, 10 en MILENIO), la víspera de la clausura de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Desde los años universitarios, en que cayó en manos de un grupo de amigos un libro con el título El oficio del escritor, temas como tramas narrativas, decálogos para autores, recomendaciones para hacer literatura, influencias de estilo y otros por el estilo rondan en cada entrevista con novelistas, cuentistas y poetas, y en la plática con el de Cartagena no fue la excepción.

—¿Planea, piensa en una estructura, urde una trama o la historia va saliendo conforme avanzan los capítulos y la conducta de los personajes?

—Soy un novelista minucioso, la novela es un artefacto narrativo que debe funcionar con eficacia, debe seducir al lector y hacerme feliz mientras la escribo, y eso requiere una estrategia y una serie de trucos nobles del oficio, de desarrollos profesionales, tanto como el trabajo de un abogado o el de un médico, yo cuento historias, es mi trabajo, y lo hago de la forma más eficaz posible, por lo que requiere una minuciosa planificación técnica.

—¿Cuál es su libro modelo, el que en algún momento quiso imitar, o a qué autor? —pregunta el fusilero al recordar una frase de Mario Vargas Llosa, quien ha dicho que la creación comienza con la imitación.

—Yo empecé a leer desde muy pequeño en una casa con una biblioteca muy grande, desde los ocho años, y toda mi vida he seguido leyendo, por lo que es difícil elegir un libro que yo marcara, aunque sí recuerdo que mi felicidad lectora fue cuando tuve en mis manos Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, el goce de vivir una historia, sentir que eran amigos míos esos personajes, yo amaba a Mi Lady, y esa interiorización la sentí muy joven.

—¿Reescribe libros, corrige quiero decir, o prefiere que reflejen al Pérez-Reverte de la época en que escribió cada obra?

—Si yo reescribiera El húsar (1986) o La tabla de Flandes (1990) (“La reina del sur no, porque me gustó mucho como quedó”) imagino que lo haría de otra manera, pero cada libro corresponde a un momento, al corazón y la cabeza del autor, es un testimonio, un corte en el tiempo y la memoria del escritor, así que cada título tiene su momento, por eso nunca reescribiría un libro mío. Y escribo por el placer de inventar, de contar, sería absurdo volver a algo que ya he hecho. Lo que quiero es contarme a mí mismo y a mis lectores historias nuevas.

La edición 2004 de El húsar, por cierto, sí se publicó con correcciones de Pérez-Reverte.

—Usted ha dicho que evita relatar en su obra literaria los horrores que vio como periodista en Beirut y Sarajevo...

—No los evito, de hecho los cuento en El pintor de batallas (2006) y Territorio comanche (1994), pero habitualmente no lo hago de forma directa, sino que utilizo esos conocimientos y esos recuerdos para relatar mis historias, los vuelvo literatura...

—Pero algunos de sus libros cuentan historias de otros rigores no menos peligrosos, como el narcotráfico en La reina del sur (2002) y el espionaje a escala mayor en su más reciente entrega, Falcó (2016), editado por Alfaguara.

—Y para eso fue muy útil mi pasado. Yo fui reportero 21 años en países en guerra, y después he tenido una vida muy movida, he viajado en submarino, he navegado joven en petroleros, he estado en puertos, es decir, he tenido una vida variada e intensa; he peleado, me han pegado, he tenido que dar y devolver algunos golpes. Eso va dejando recuerdos y una manera de ver la vida. Con ese capital, mis libros, mis amigos, las mujeres que conocí, los leales y los traidores, eso crea mi mundo narrativo, mi mirada de escritor.

—Usted es bloguero, por lo que supongo que no es del tipo de escritor que ve con asombro y alarma el aumento de libros digitales por temor a que desplace pronto al formato impreso.

—No tengo temor por el asunto digital por varias razones. Primero porque en el libro digital, cuyas ventas aún son pequeñas, me va bien, no me quejo. Son cifras razonables, pero no creo que aún sea este formato una competencia para el libro de papel, que tiene un prestigio y un peso, las páginas, el tenerlo en la mano, el poder marcar, subrayar las páginas, que caiga una lágrima, una gota de sangre si tienes la mano herida. El libro como objeto sigue siendo necesario y va a tardar mucho tiempo en desaparecer. A mi edad (65 años), no creo que me toque ver el fin del libro impreso, así que estoy muy tranquilo.

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