Fusilerías

La patética ceremonia del "muerto alegre"

Quien ha oído hablar de La Sierpe, escribió Gabriel García Márquez en una crónica de 1955, tiene también noticia de una de sus más patéticas prácticas: el muerto alegre. “Es la dramática ceremonia a través de la cual el cadáver informa a quienes lo llevan a la sepultura si está conforme o insatisfecho con su estado”.

Como el féretro era hecho con medidas imprecisas, muchas veces el cuerpo conservaba el ritmo del trote de quienes lo conducían, señal que precipitaba el regocijo de la comitiva y estimulaba la juerga. “¡Va alegre el muerto, va alegre el muerto!, gritaban entonces los sencillos habitantes de La Sierpe, que irrumpen jadeantes y dichosos en la calle de La Guaripa, donde vienen a sepultar un cuerpo maltratado y descompuesto. El cadáver de un hombre que fue justo, y pregona, con fuertes y acompasados golpes de su cabeza contra las tablas, que se siente feliz en el paraíso.”

El discurso narrativo del García Márquez reportero, ya enfilado a las lides literarias, puede rastrearse desde años antes, cuando a los 17 años compartió unas palabras a sus compañeros de clase, a quienes regaló expresiones que los convertían en sus primeros personajes, coronadas con una paráfrasis a Cicerón: “En nombre del Liceo Nacional y de la sociedad declaro a este grupo de jóvenes miembros de número de la academia del deber y ciudadanos de la inteligencia. Honorable auditorio, ha terminado el proceso”.

Hacer el recorrido por sus primeros reportajes, fechados en la medianía del siglo pasado, da múltiples claves para entender la explosión literaria que detonó a la par de su quehacer periodístico: el realismo mágico. Costumbres, dichos, ceremonias, cosmogonías, creencias, rituales, fantasmas y jergas que retratan a su natal Colombia aparecen en las historias que irá tejiendo en una suerte de summa a partir de Hojarasca, su novela inaugural, a Memorias de mis putas tristes, epílogo narrativo del de Aracataca.

García Márquez tenía la certeza de que el periodismo escrito es un género literario. En su célebre discurso del 7 de octubre de 1996, en Los Ángeles, defiende el carácter artístico del oficio que, decía, se aprendía en su época estudiantil en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente y en las parrandas de los viernes. No había escuelas especializadas. “Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulantes y apasionadas de 24 horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.”

Para una época como la actual, en la que se multiplican las páginas electrónicas de medios periodísticos y las redes sociales, con su demanda innegociable de informar en tiempo real, Gabo dedicó entonces, visionario, esta sentencia a cierto tipo de reporteros: “No los conmueve el fundamento de que la buena primicia no es la que se da primero, sino la que se da mejor”. Y sobre la grabadora, un fantasma que recorre el mundo, recomendó: “Alguien tendría que enseñarle a los periodistas que (la grabadora) no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes al oficio”.

En estos días aciagos, en el que la muerte ha tomado las piezas más valiosas del ajedrez literario en lengua española, García Márquez no fue ajeno a una práctica que siempre censuró: los declarantes anónimos. En medio de las múltiples versiones sobre la salud del escritor, no pocas sin base documental o con declarante impreciso, surgía la voz del paciente desde sus páginas para recordarles: “Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben, pero que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes, porque el autor se atrinchera en su derecho de no relevar la fuente”.

La propia noche de la partida a Macondo, anteayer, un descuidado tuit de la agencia funeraria donde el cuerpo fue embalsamado hizo recordar aquella anécdota que con verbo magistral narró aquel reportero, hijo de Aracataca, metido en el realismo mágico de un pueblo llamado La Sierpe, en el que la colonia repite una ceremonia patética, la del muerto alegre.

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