Fusilerías

Los negros literarios

Los franceses llaman nègre literario a un hombre que escribe en nombre de otro, más allá del sentido peyorativo de ese término coloquial, surgido del pasado esclavista de una Francia en la que hoy es palabra de uso común y existe resistencia de la industria editorial, sellos y autores, a adaptarse al más neutral del inglés, ghostwriter, escritor fantasma.

Es así que el nègre es el escritor anónimo que lega de común acuerdo los méritos de su obra a quien aparecerá como el firmante, práctica sistemática en varios mundos, como el deportivo, el empresarial y el de los espectáculos, cuando las voces de esos ámbitos se animan a “escribir” sus memorias o, atrapadas en algún escándalo, deciden dar su “verdad” por medio de un libro.

El fusilero debe hacer un paréntesis para confesar que tuvo su episodio de negro periodístico recién graduado de la universidad, cuando el subdirector de un diario nacional que fue su profesor le encargó escribir las columnas, dos a la semana, de una ya entonces gran voz del periodismo deportivo, con estudios incluso de letras hispánicas, pero cuya especialidad eran la televisión y la radio. Un año de columnista fantasma allá por 1990.

El escritor Pierre Assouline, colaborador de Le Monde y Le MagazineLittéraire, subió a Twitter un texto de Emeline Amétis, publicado en el sitio Slate, sobre el origen de la expresión nègre literario, en el que relata cómo los franceses se niegan a sustituirla por escritor fantasma, alegando que nada tiene de racismo y sí mucho de orgullo por su lengua, aunque sí prefieren usar el anglicismo black para una persona de raza negra. Creen, como el fusilero, que el contexto manda.

Pero hay algunas casas editoriales que han tomado la decisión de llevar el nombre del nègre en la cuarta de forros del libro, por lo que, al dejar de ser anónimo por completo, lo llaman métis, sinónimo de mulato. Hay otros autores que firman el libro junto con la figura estelar de la obra, aunque es obvio que siempre aparecerán en un lugar secundario en portada.

Amétis cita a Éric Fassin, un profesor de sociología, quien cuenta que Saint-Simon hablaba de hacer trabajar a alguien como un negro y es a mediados del siglo XVIII cuando se ha comenzado a aplicar a escritores, pero el uso se populariza en 1845, luego de que un periodista de la época, Eugène de Mirecourt, acusa a Alexandre Dumas de echar mano de diversos colaboradores para la redacción de sus obras sin darles crédito, sometiéndolos a condición de negros bajo el látigo de un mulato. El panfleto costó al denunciante seis meses de prisión y multa por difamación.

Sin embargo, se sabe que un conocido colaborador de Dumas, Auguste Maquet, escribió una trama de 12 páginas basada en sus conocimientos históricos, que se convirtieron en 70 una vez que cayeron en manos del autor de Los tres mosqueteros, a partir de un estudio del manuscrito citado por Catherine Mory en su ensayo Literatura para quienes han olvidado todo. Tiempo después Dumas hijo, autor de La dama de las camelias, dirá que su padre era un mulato que tenía sus negros. Elevado a la Academia Francesa, declara que ese honor lo recibe en nombre de su papá, verdadero merecedor de tal reconocimiento.

De vuelta a los años universitarios, todos sabían que un profesor de Relaciones Internacionales reclutaba a varios alumnos, todos hombres, para investigar y redactar análisis sobre los sucesos de su área de interés, que después se convertían en larguísimas columnas que llenaban planas de formato sábana, solo con su firma, por supuesto. Caminaba por la explanada de la Facultad de Ciencias Políticas con un aire de gran figura, un español ataviado a menudo con modelos que lo hacían lucir como George Washington, y era perseguido por muchachos que no dudaban en pedirle una oportunidad para ser sus negros periodísticos.

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