Fusilerías

Hasta los mexicanos se creen más que los muertos

Una fórmula del cine de Hollywood, acaso recurrente por ser un dogma de fe más que una garantía de éxito, consiste en imponer personajes sórdidos, traidores, sirvientes, desquiciados o débiles a migrantes, sobre todo de habla hispana. El policía corrupto es puertorriqueño, el soplón de la banda de pillos es mexicano, el violador serial es salvadoreño.

Los hay, por supuesto, pero las cárceles estadunidenses están llenas de caucásicos. Quién sabe si directores consagrados como Guillermo del Toro puedan ahora sobreponerse a las estrictas medidas de supervisión de esa industria, pero por lo menos en su filme inaugural producido en Estados Unidos, Mimic (1997), debió complacer a los tradicionalistas con un bolero latino de cliché que es determinante en la trama.

Los prejuicios de raza son propios de la naturaleza humana y los episodios que se convierten en matanzas, aun en holocausto, se repiten por ciclos. Tan solo en la segunda mitad del siglo XX, para no acudir en especial al trauma histórico del nazismo, hay que recordar el apartheid sudafricano, el exterminio de bosnios musulmanes en los Balcanes, la segregación de colonos palestinos en Medio Oriente y el exterminio de hutus contra tutsis en Ruanda.

Pero la especie no aprende. La fórmula cinematográfica referida no pasa de encasillar a los latinos en un estatus de inferioridad de toda clase, y son contadas las producciones en las que ese punto es justo el caso a exponer. Por eso llama la atención la forma que el escritor Chuck Palahniuk eligió para mofarse de estos rituales que uno quisiera concebir como primitivos, pero que tienen toda la actualidad de un estreno de la
cartelera 2014.

En su novela Damned (Condenada, 2011, Anchor Books), el aclamado autor narra la historia de una adinerada chica de 13 años que acaba de morir por una sobredosis de mariguana, por lo que cae al infierno y halla, aun sin recibir señal alguna del diablo, que todo mundo se cree mejor que los muertos.

En un fragmento de su monólogo, Madison, que así se llama la adolescente, expone: “Cuando conoces a alguien surge una insidiosa vocecita en tu cabeza que dice: ‘Yo quizá use lentes o me quede tieso ante las caderas de una chica, pero al menos no soy gay ni negro ni judío’. Es decir, ‘yo quizá sea yo, pero al menos no soy tú’. Así que incluso dudé en mencionar que estoy muerta, porque todo mundo ya se siente superior a los muertos, hasta los mexicanos y los sidosos”.

La chica prosigue su llamado al dueño del local con un desparpajo propio de su edad: “¿Estás ahí, Satanás? Soy yo, Madison. Por favor, no vayas a malinterpretarme y creer que me disgusta el infierno. En realidad es mucho mejor de lo que esperaba…”. Pero sin dejar atrás sus quejas: “No, no es justo, pero lo que hace sentir la Tierra como el infierno es nuestra expectativa de que debe ser como el paraíso. La Tierra es la Tierra. La muerte es la muerte”.

En otro pasaje, Madison hace énfasis en otro cliché cuando habla sobre el momento de su llegada al inframundo, de la que solo recuerda haber llamado a un hombre que conducía un Lincoln Town Car con una placa en la que se leía el nombre de ella, aunque no pudo ver el rostro del chofer (“esa gente nunca habla inglés”), pues usaba lentes oscuros y gorra.

Si el lector conoce otras obras de Palahniuk, sabrá que es un autor que cultiva la sátira y la ironía. De El club de la lucha a Monstruos invisibles, de Snuff a Condenada, sus personajes son parias, marginados, los excluidos de la sociedad que alimentan a lo largo de la trama desórdenes que los llevan a la autodestrucción ante la mirada indiferente de su entorno. Esa indiferencia con que la especie segrega, discrimina, menosprecia y, en el peor escenario, extermina a los que no concibe como iguales.

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