Fusilerías

El unicornio siberiano

El nombre suena melódico en las voces más variadas y en muchos casos, sustantivo compuesto, hace alusión a su figura: unicornis en latín, licorne en francés, einhorn en alemán, unicorne en inglés. Jorge Luis Borges nos ilustra que la especie china se llama k'i-lin y es uno de los cuatro animales de buen agüero: los otros son el dragón, el fénix y la tortuga. "No pisa el pasto verde y no hace mal a ninguna criatura. Su aparición es presagio del nacimiento de un rey virtuoso. Es de mal agüero que lo hieran o que hallen su cadáver. Mil años es el término natural de su vida".

El poeta, en su incansable búsqueda entre tomos existentes e imaginarios, retrata al final a este fantástico animal como lo hicieran sus antepasados de oficio, salvo variantes mínimas, como un caballo con un cuerno en la frente. Hay también antiguas historias en las que la palabra va ligada al narval, cetáceo a menudo referido; a un toro, acaso visto de perfil, y otras que avizoraban con precisión inaudita hallazgos del siglo XIX, pero que en el XXI se perfila su verdadera antigüedad: un rinoceronte capaz de desafiar a un elefante.

No solo eso. La datación del cráneo de una bestia hallada en Kazajistán, descrita por vez primera en 1808 —pero creída extinta desde hace 350 mil años—, demostró que el Elasmotherium sibiricum, rinoceronte gigante con un fabuloso cuerno en la frente, convivió con los seres humanos hace 29 mil años, de acuerdo con un estudio publicado en American Journal of Applied Sciences.

Era peludo, como Platero, para decirlo con Juan Ramón Jiménez, pero no hay otra semejanza: cuatro metros y medio de largo, uno ochenta de altura y cuatro toneladas de peso. Un animal al que con razón, ahora sabemos, los poetas de los años 400 antes de Cristo ligaban con ataques a elefantes de no menos dimensiones y ferocidad.

No es difícil especular sobre las imágenes fantásticas tejidas alrededor del unicornio, pues dadas las múltiples propiedades que se le adjudicaban a su cuerno por siglos, la necesidad de sostener su existencia con la simbología más benévola está ligada a los recursos que los mercaderes y toda clase de chapuceros obtenían, sobre todo de reyes despistados y déspotas ingenuos.

Sin embargo, también hay que dar crédito a la fama y la fascinación que cornamentas y equinos ejercen sobre la humanidad, a las que no son ajenos los escritores, lo que hoy nos permite conocer las historias, entre otras, de esta fantástica especie. Ya Cavafis hizo lamentar a Zeus sus designios cuando los tristes caballos de Aquiles prorrumpen en llanto por la muerte de Patroclo.

En su cuento fantástico "Caballo desarmado", Juan José Arreola relata: "Pero un día mi amigo el arcángel, al doblar una esquina y sin darme tiempo siquiera de saludarlo, me cogió por los cuernos y levantándome del suelo con sinceridad de atleta, me hizo dar en el aire una vuelta de carnero. Las astas se rompieron al ras de la frente (tour de force magnifique), y yo caí de bruces, cegado por la doble hemorragia. Antes de perder el conocimiento esbocé un gesto de gratitud hacia el amigo que escapaba corriendo y gritándome excusas".

La fantástica naturaleza de esta bestia, por lo demás, da para elaborar las más arriesgadas lecturas. El cantante cubano Silvio Rodríguez le dio un tono azul, quizá el de la tristeza del modernismo, y lo usó como una analogía de la inspiración, mientras que el poeta alemán Rainer Maria Rilke lo canta en "La dame à la licorne", así titulado en francés, con estos versos:

"Mujer y distinguida: seguro que ofendemos, /con frecuencia, destinos de mujer que ignoramos. /Somos para vosotras los aún-no-maduros /para la vida vuestra que, cuando la rozamos, /se vuelve un unicornio, un blando animal tímido

"que huye... y es tan grande su temor /que (cuando, en su esbeltez, desaparece) solo /lo volvéis a encontrar, y tras largas tristezas, /aún asustadizo, caliente y sofocado.

"Os quedáis junto a él, y lejos de nosotros... /vuestras suaves manos tecleando quehaceres /cotidianos, y os sirven, humildes los objetos; /mas vosotras queréis saciar solo un deseo: /que el unicornio encuentre, apaciguada, /su imagen en el denso espejo de vuestra alma."

Es de mal agüero que encuentren su cadáver, decía Borges. Quizá nunca sepamos qué mal trajo el hallazgo del formidable cráneo siberiano.

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