Fusilerías

Tres episodios de magnífica ironía

En un célebre poema, Jorge Luis Borges canta a esa ironía del destino que a un tiempo lo hizo director de la Biblioteca de Buenos Aires y ciego. Él, que ya había explorado la posibilidad de navegar en ese mundo de letras, sueños, espejos y volúmenes, mediante una serie de cuentos magistrales como “El Aleph” y “El milagro secreto”, llega por fin al lugar ideal cuando ha perdido la posibilidad de desplazarse en su entorno.

“El poema de los dones” (1960) comienza así:

Nadie rebaje a lágrima o reproche /

esta declaración de la maestría /

de Dios, que con magnífica

ironía /

me dio a la vez los libros y la noche.

En un relato de la primera temporada de la serie televisiva La dimensión desconocida (1959), un viejo cajero de banco, siempre acosado por su mujer, el jefe y compañeros de trabajo por descuidar sus responsabilidades debido a su pasión por la lectura, toma la hora de comida para encerrarse en la bóveda a mordisquear su emparedado mientras se divierte con las aventuras de David Copperfield, el personaje de Charles Dickens.

Son días de guerra y los polos políticos dominantes se amenazan con bombas nucleares. De hecho, él acaba de leer la inminencia de la tercera guerra mundial en los titulares de los diarios del día. Mientras se ríe con ganas de las peripecias del héroe de novela, una explosión hace estremecer su refugio, fabricado a prueba de cataclismos, y él no sale con rasguño alguno. Al abandonar la guarida, sus grandes ojos, a través de unos lentes graduados al máximo, observan con espanto la tragedia. Todo ha sido arrasado.

Comienza a recorrer las zonas aledañas y no ve rastro de vida. No trabajadores, no niños, no esposa, no fauna, no plantas. Destrucción en todas direcciones. Cansado de vagar por ese paraje desierto, de concreto, fierros y vidrio hechos polvo, toma un descanso donde él supone estaba su casa. Sin día ni noche, dada la capa de humo que ensombrece el escenario, prosigue su búsqueda hasta que, a través de sus anteojos con fondo de botella, descubre una luz: el letrero de “Biblioteca pública” en medio de los escombros.

El hombre no cabe de gusto y, olvidando el apocalipsis que tiene enfrente, comienza a recuperar cuanto volumen tiene a la mano, remueve piedras y acomoda con paciencia las obras por autor. Forma columnas de libros, les da fecha de próxima lectura y con una gran sonrisa vislumbra el mejor lugar para disponerse a disfrutar, por vez primera en años, de su pasión sin freno: la lectura. Cuando se dirige al sitio ideal, tropieza con un bloque de concreto, sus lentes caen y los pisa. Ha quedado en penumbra cuando el destino le había puesto una biblioteca y todo el tiempo del mundo a su disposición.

Si Borges había visto este capítulo del gran libretista Rod Serling (fechado en 1959) antes de escribir su poema (publicado en 1960), acaso sea objeto de análisis en otro momento. Pero este jueves fue imposible no recordar ambos episodios cuando en una nota ajena a la literatura, se conoció la muerte del general Jesús Gutiérrez Rebollo, apenas horas después de que le fue concedido el arresto domiciliario para continuar con su condena de 40 años por narcotráfico. Solo unas horas después.

La magnífica ironía del gran Borges.

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