Fusilerías

El enfermo no imaginario

Molière murió poco después de la cuarta representación de El enfermo imaginario (1673), que el propio dramaturgo interpretaba en el escenario como Argan, desventurado hipocondriaco que cree padecer los peores males, rodeado de médicos y auxiliares ignorantes caricaturizados desde el propio nombre: el boticario Oloroso, el doctor Purgón, el notario Buenafé.

Un proceso inverso, en todo caso, al del México enfermo que hasta hace un mes se sentía a plenitud, gozando de un inmejorable estado de salud que le diagnosticaron los distintos médicos que suelen estar pendientes de sus niveles. Un ejemplo inmejorable encabeza hoy la portada de nuestro diario. En medio de la violencia y la inflación, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, sostiene que el crecimiento de los primeros tres trimestres es “razonable”.

Se entiende que este “médico” solo hable del tema para el que le pagan, pero suena delirante en el contexto. Porque en el México estancado de hoy, pese al “razonable” crecimiento, cunden ejecuciones (Tlatlaya), desapariciones (Ayotzinapa), hallazgo de osamentas (Cocula), secuestros exprés (el Ajusco), movilización estudiantil (politécnicos y normalistas), marchas de todo signo, presumibles anarquistas e intercambio de culpas y epítetos entre figuras de los tres poderes.

Las insólitas reformas estructurales, logradas antes de llegar a la mitad del camino sexenal, ahí están, qué duda cabe, pero dejaron de ser tema en el momento en que comenzaba la etapa de explotarlas al máximo, a meses de las elecciones federales intermedias y cuando, de hecho, ya había inaugurado el Presidente un carrusel de entrevistas en diversos medios. Les bajaron el telón a media escena.

Ya el gobierno federal había librado el asunto de las ejecuciones, el caso Heaven y la irrupción de autodefensas. Controló Michoacán y lanzó su estrategia en Tamaulipas. Si no eran asuntos erradicados, digamos que había un efectivo trabajo de administración de crisis. El Chapo Guzmán parecía ser un trofeo que daba para más que una semana de portada en los diarios. Pero no pasó de ahí. Hoy a nadie le importa el capo encarcelado y es más atractiva como noticia la videoteca de La Tuta.

Cuando la realidad se impone, el resto es accesorio. Cuando los doctores que vigilan el estado de salud de este país se ponen serios, guardan sus diagnósticos alegres y, como el secretario de Gobernación, no dudan en decir que el gobierno actual enfrenta el peor momento de la gestión, significa que el enfermo nada tiene de imaginario. Cómo estarán los informes confidenciales para que el brazo derecho de Peña Nieto divulgue con todas sus letras la evaluación al paciente.

La onda expansiva de la crisis eclipsó aun el relevante asunto de la consulta popular, que recibió, en sus dos apariciones en la Suprema Corte, la negativa de los ministros. Primero la solicitud panista para elevar el salario mínimo y después, con aplastante resultado de nueve votos a uno, contra el ejercicio en materia energética impulsado por perredistas y lopezobradoristas. Este significativo caso, aparejado con las reformas, corrió empero la misma suerte que éstas ante la opinión pública.

Hoy el enfermo tiene pesadillas de cuerpos desaparecidos en ríos, como con López Portillo; de estancamiento económico, tipo De la Madrid; de osamentas de identidad discutible, al estilo del zedillato; de arruinadas fiestas de bonanza y modernidad con Salinas; de planes aeroportuarios en el aire, cual gestión foxista, y de decenas y decenas de ejecutados en la tradición calderonista.

Y a diferencia de Argan, el personaje de Molière, este enfermo nada tiene de hipocondriaco.

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