Fusilerías

La desgracia de ser griego

El trastorno emocional europeo y estadunidense derivado del triunfo de la izquierda griega hace difundir a no pocos profetas del capitalismo salvaje y el libre mercado ortodoxo, que la ya de por sí convulsionada economía mundial está en peligro de experimentar ese festín de otoño que el mito llama “ambrosía”, consistente en que los adoradores de Dioniso, el dios borracho, llámense centauros, sátiros y ménades, corrían furiosos por los campos despedazando niños y animales.

En su libro Qué comían los centauros, Robert Graves ha concluido que no todo era culpa de Dioniso, es decir, el vino y la cerveza, ya que estos míticos seres utilizaban la bebida para poder tragar una droga muy fuerte, un hongo silvestre llamado amanita muscaria, que produce alucinaciones, desenfreno sensual, visiones proféticas, aumento de la energía erótica y notable fuerza muscular, que hace pasar al consumidor del éxtasis a un estado de inercia total, de vulnerabilidad.

Hoy las intenciones del nuevo primer ministro griego, Alexis Tsipras, resuenan en Bruselas como un llamado a Medusa y Dafne, a quimeras y gorgonas, a tomar por asalto el sacrosanto recinto de la troika Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional y Banco Central Europeo, que, sin embargo, solo se resumen en tres puntos: subir el salario mínimo, paralizar privatizaciones y readmitir a funcionarios despedidos en el sector público.

Mientras Tsipras se deja consentir por Moscú y negocia ya de forma directa con Vladimir Putin, que hace su juego de forma paralela para sacar provecho económico y hegemónico de Atenas, los hombres del nuevo gobierno afrontan las resistencias de Alemania, a cuyo gobierno piden tiempo, “un programa puente hasta finales de mayo”, para organizar un nuevo rescate. Escepticismo y llamados a cumplir acuerdos firmados son las respuestas del equipo de Angela Merkel.

Algunas claves en este cambio de equilibrios en el santuario de la filosofía también pueden hallarse, más allá de los recetarios del FMI y los mitos, en un breve libro titulado La desgracia de ser griego (Anagrama, 2012), de Nikos Dimou, exquisito recuento de aforismos en el que reconoce que sus compatriotas no saben de medianía, porque el término medio de Aristóteles no les atañe, viven en permanente estado de euforia o depresión y, en consecuencia, con absoluta incapacidad de crítica y autoconocimiento.

“Los griegos —escribe Dimou— se esfuerzan, en todos los ámbitos, por estar fuera de la realidad. Y después se sienten desgraciados por estar fuera de la realidad. (Y después se sienten felices… por ser desgraciados.) (…) En lo fundamental los griegos ignoran la realidad. Viven dos veces por encima de sus posibilidades. Prometen el triple de lo que pueden hacer. Pretenden saber el cuádruple de lo que saben. Sienten (y se sienten) el quíntuple de lo que verdaderamente experimentan”.

Cuando el lector contemporáneo recorre estos aforismos, publicados en 1975, cree estar no ante los asertos de un escritor griego, sino escuchando al ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, quien, con una encomienda de reclamo inflexible, llama a las nuevas autoridades de Atenas a cumplir su palabra y, más allá del respeto a los resultados electorales que dieron el triunfo a la izquierda, no hacer promesas que no son realistas a costa de terceros.

Escribe Dimou que hay dos “tratamientos” para la reconciliación del individuo con la realidad. El más elevado, la religión. El más civilizado, el humor. “Ninguno de los dos surte efecto en los griegos. Viven (cuando viven, y no se sumen en el letargo) continuamente en la brecha entre deseo y realidad. Y cuando no hay fractura… la provocan”. Y se pregunta, quizá también con dedicatoria a un país que usted, lector, conoce bien: ¿una trágica manera de vivir? ¿Autopunición masoquista?


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