Fusilerías

Por qué creen que están vivos

Claudio Magris ha escrito que entre utopía y desencanto no debe haber contradicción, sino complementariedad, y no ve mejor ejemplo que don Quijote. Desencanto, dice, significa saber que nuestros ojos no verán al Mesías, que el próximo año no estaremos en Jerusalén, que no llegaremos a la Tierra Prometida. Pero el desencanto no debe impedir sino reforzar el camino, naturalmente a través del desierto, hacia la Tierra Prometida.

Los ecos del narrador italiano se mezclan con los ecos de las marchas que en estos días, desde hace más de 50, escuchamos a diario en los noticiarios, leemos en las redes sociales y figuran con distintos tonos en los discursos políticos. En las pláticas de café, en las sobremesas en casa y en los titulares de los diarios. En las gradas de los estadios y, le consta al fusilero, en las aulas de algunas escuelas primarias privadas.

¿Por qué se mezclan? Porque Magris, acaso en atención al concepto utopía, plantea ese estadio en el que un plan o doctrina aparece como irrealizable en el momento de su formulación. Pero hay esperanza. No está cancelado. Ya Platón y Moro ilustraron con amplitud los alcances de ese lugar inexistente, si acudimos al origen griego de la palabra.

Hoy esos ecos del grito unánime nacional en exigencia de la aparición con vida de los 43 normalistas de Ayotzinapa se replica en Naciones Unidas, en el Banco Mundial y en calles de distintas ciudades. En los pasillos de la Casa Blanca. La demanda de los padres de esos muchachos ha cobrado una escala global. Hoy un tuit con el particular se convierte en un torbellino que se cuela en cada rincón de la Mátrix. Basta con un hashtag, con una ciberetiqueta.

Cada familiar de los desafortunados muchachos, víctimas  del contubernio entre el crimen organizado, las autoridades municipales de Iguala y un partido en caída libre, acude quizá en forma inconsciente a esta entendible fórmula y su primera exigencia es la presentación con vida de los chicos, pese a que todas las evidencias e indicios hasta ahora recolectados, y en proceso de comprobación científica en el laboratorio mejor equipado del mundo en la materia, apuntan a que están muertos.

Sin embargo, haciendo eco de esa natural demanda, también la sociedad en su conjunto, la que marcha en paz y tibiamente se trata de desvincular de los encapuchados de la violencia, pide a gritos y caminatas, en tuits y desplegados, el regreso con vida de los aspirantes a maestros rurales. Porque, volviendo a Magris, en el desencanto, como en una mirada que ha visto demasiadas cosas, reside la melancolía de la certeza de que, con todas sus imperfecciones, la vida es digna de ser amada y no carece de significado.

Si la mayoría sabe que los chicos están muertos, su grito tiene otros objetivos: justicia, cero impunidad, fin al compadrazgo crimen-autoridades. Exigir la presentación con vida de las víctimas va más allá del significado exacto de esa frase. Es un grito revolucionario en el sentido de que esta situación podrida comience a ser sanada con medidas extremas. Es una plegaria para que la utopía, ese lugar hoy inexistente, sea avistado de alguna forma. Es la expresión, pues, de la esperanza.

Para concluir retomo a Magris, quien estará el próximo fin de semana en la FIL de Guadalajara: “El desencanto es un oxímoron, una contradicción que el intelecto no puede resolver y que solo la poesía puede expresar y custodiar, pues dice que el encanto no existe y puede reaparecer cuando menos se le espera —una voz dice que la vida carece de sentido, pero su timbre profundo es el eco de ese sentido”.

 

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