Fusilerías

Cuando la belleza mata

Cuenta Homero que cuando Helena se acercó a los ancianos de Troya, cuya edad les impedía participar en los combates, los escuchó murmurar que no era de extrañar que los propios y los aqueos se mataran por ella. “¿No les parece una diosa? Que las naves se la lleven de aquí, a ella y a su belleza, o nunca se acabarán nuestras desgracias y las de nuestros hijos”.

La belleza de Helena, que detona gran parte de la bélica poética de la Ilíada, alcanza a incidir en alguna medida, acaso con no poco disimulo, en la relación de los hermanos Paris y Héctor, como ha apuntado con filo Alessandro Baricco: “En un tiempo suspendido, vacío, robado a la batalla, Héctor entra en la ciudad y se encuentra con tres mujeres (…) La madre lo invita a rezar. Helena lo invita a su lado, para reposar (y tal vez también para algo más). Andrómaca, por último, le pide que sea padre y marido antes que héroe y combatiente”.

De que esa belleza mataba, mataba.

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En su libro De las mujeres ilustres, Boccaccio escribe sobre la reina de Egipto: “Cleopatra fue una mujer que se convirtió en objeto de chismorreo para todo el mundo. Consiguió gobernar mediante el crimen. Alcanzó la gloria tan solo por su belleza y no por otra cosa, mientras que por otro lado se hizo famosa en todo el mundo por su avaricia, su crueldad y su lujuria…”.

Joyce Tyldesley, máxima autoridad en el tema de la mujer encarnada en el cine por Elizabeth Taylor, ha desmontado la persistente versión de cómo Cleopatra se introdujo al palacio de César para presentar su lealtad a Roma, según la cual, al desenrollar una exótica alfombra persa, ella cae de forma seductora, sin aliento, a los pies del monarca, historia que se debe a la imaginativa pluma de Plutarco.

“Se dice que fue por la estratagema de Cleopatra que César se quedó cautivado, porque se mostró como una osada coqueta, y sucumbiendo al encanto de un trato más profundo con ella, la reconcilió con su hermano”, escribió Plutarco.

La historiadora, sin embargo, expone: “Es probable que Cleopatra fuera bajita de acuerdo con la media moderna y, como casi todo mundo en su tiempo, con problemas dentales. Sus monedas, poco halagadoras a nuestros ojos, sugieren una nariz y barbilla prominentes y un cuello más bien grueso. Es difícil ser más precisos en nuestra imaginación, puesto que no tenemos ninguna idea de cómo era realmente Cleopatra. No se ha conservado ninguna descripción y muy pocas ilustraciones contemporáneas han llegado hasta nosotros”.

Pero de que esa belleza mataba, mataba.

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Cristian llevó a su casa a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así, dice Jorge Luis Borges, una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados, bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo, que solía acompañarlos, era hosco, se emborrachaba solo en el almacén. Estaba enamorado de la mujer de Cristian. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos. Un noche, el esposo dijo a su hermano en tono mandón: “Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la quieres, úsala”.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien unas semanas, pero no podía durar. Sin saberlo, estaban celándose. Los dos estaban enamorados y esto, de algún modo, los humillaba. La mujer atendía a los dos con sumisión bestial.

Dado el diferendo, acordaron venderla a un prostíbulo, pero el monstruoso amor se impuso y la recuperaron, solo para volver a la discordia.

Un domingo, Cristian dijo: “A trabajar, hermano. Hoy la maté. Ya no hará más perjuicios”. Se abrazaron, casi llorando, escribe Borges en “La intrusa”. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

Otra belleza que mata.

 

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