Fusilerías

Cuando los artistas evalúan sus talentos

Si hay que buscar una figura que se adapte a la categoría “mediática” en el pasado, fuera de la santidad y las monarquías, hay que volver la vista a Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), el genio, el avaro, el ambicioso, el monstruo de las artes plásticas que tuvo en vida, como nadie antes, dos biografías.

En su reciente libro sobre el maestro de Caprese, Martin Gayford dice que Miguel Ángel no solo fue el pintor o escultor más célebre de la historia; también es probable que fuera más rico de lo que había sido ningún otro artista anterior.

“Esta era una de las muchas contradicciones de la naturaleza de Miguel Ángel: un hombre acaudalado que vivía de forma frugal, un avaro que podía llegar a ser extraordinaria y abrumadoramente generoso y un individuo reservado y enigmático que pasó casi tres cuartas partes de un siglo en las inmediaciones del corazón mismo del poder”, escribe Gayford.

Pero este gigante del arte, favorito de los papas de su época, decía ser escultor, no pintor, y por eso su reticencia a hacerse cargo de las obras de la Capilla Sixtina, a petición, si no es que orden, del papa Julio II, con la intermediación de otro grande del Renacimiento, Rafael.

Pese a su fama, Miguel Ángel nunca llegó a ser miembro ni del gremio de los Médicos y Boticarios, al que pertenecían los pintores, ni del de los Maestros de la Piedra y la Madera, que incluía a los escultores y los canteros.

Conociendo estos detalles con la lectura de la biografía Miguel Ángel: una vida épica (Taurus 2014), después de asistir a la exposición del Palacio de Bellas Artes sobre el maestro florentino, el fusilero recuerda una entrevista de hace tres años con Guillermo Arriaga, a quien preguntó, dadas sus múltiples habilidades, cómo se definía: ¿cineasta, escritor cinematográfico, cuentista? La respuesta fue: “¡cazador!”.

Si un escritor y director de cine tan exitoso, innovador y talentoso, firme en Holywood desde hace más de una década, además de autor exclusivo para The New York Times, dice que antes que otra cosa es cazador, debe ser uno bueno, muy bueno, aunque muchos de quienes admiran su obra artística lo vean a menudo con recelo por esa predilección.

Otro caso es el del guitarrista Ritchie Blackmore, icónico líder de la banda Deep Purple en diferentes épocas y creador de otros dos grupos: Rainbow y Blackmore’s Rainbow. Músico de conservatorio, transportador de Johann Sebastian Bach al rock, el británico decidió en 1997 dar un giro a su producción y fundar, con su esposa Candice, Blackmore’s Night, uniendo los apellidos de ambos.

El género, entonces, cambió. Del rock pesado, duro, pasó a un folk renacentista, toques de ritmos celtas, con letras de la dama y cuerdas de Ritchie. Quienes, como el fusilero, ven en Blackmore al máximo héroe de la guitarra en la historia rocanrolera, la metamorfosis aparece como un despropósito.

Los intentos de sus otrora compañeros de banda por convencerlo de volver a lo suyo han sido fallidos. Primero bateó a David Coverdale, actual voz de Whitesnake, y después a Joe Lynn Turner, también vocalista que ha señalado más de una vez a Candice Night como la razón de la negativa de Ritchie a volver a hacer rock.

¿Por qué este hombre, que creó dos o tres de los más grandes riffs de la historia del rock, si hubiera que señalar una decena, hoy considera que es mejor haciendo folk? Pocos entienden su reticencia a volver, aunque el propio Ritchie acaba de declarar a Le Parisien que sí está pensando en una reunión con otras figuras de su pasado, para unos cuatro conciertos de puro rock, entre las que no está incluido Turner, por cierto. Acaso hayan influido para esta decisión las críticas del cantante a Candice.

Los ejemplos deben abundar, pero quizá sean suficientes para exponer el punto los casos del genio renacentista, el gran cineasta mexicano y el guitarrista británico, quienes veían o ven sus máximas fortalezas en otros ámbitos respecto a las que su público y sus admiradores más les reconocen.

 

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