Fusilerías

De amores “risibles”

En su ensayo El arte de la novela, Milan Kundera aclara que el título de Amores risibles, su libro de relatos publicado en 1968, no debe tomarse literal, es decir, como si la trama principal fueran divertidos episodios amorosos. “La idea del amor está siempre ligada a la seriedad”, dice el narrador checo, y vale recordar el nombre del cuento que abre el volumen: “Nadie se va a reír”.

La evocación surge a propósito de la muerte de la novia de Mick Jagger, el legendario vocalista de los Rolling Stones, a principios de semana, cuando la banda preparaba una serie de conciertos en Australia. Se decía que la firma de la diseñadora desaparecida L’Wren Scott tenía problemas financieros y ya había programado su cierre, si bien un portavoz de la mujer descalificó la insinuación.

Scott, de 49 años, era compañera de Jagger desde 2001. Y cuando de novias del cantante se trata, cabe siempre la pregunta de qué estarían pensando para entenderse con él. No, nadie se escandalice, no es que tenga nada de malo Mick, pero su historia de amores risibles tiene una intrincada trama que no pudieron pasar por alto.

Como antecedente, uno se pregunta en qué viaje andaba George Harrison, por ejemplo, para presentarle a su esposa a Eric Clapton, mediados de los años setenta, cuando ambos personajes, ellos, cultivaban no solo el arte de la guitarra, sino el del deleite de los opiáceos en proporciones homéricas. Resultado: Pattie Boyd, modelo entonces y fotógrafa británica, terminó como musa del Mano lenta, quien compuso “Layla” en su honor.

“Layla/You’ve got me on my knees/Layla”, canta Clapton a Pattie, quien cae rendida. Sin rencores, Harrison, acompañado de Paul McCartney, asistió a la boda de la ex con su camarada de cuerdas.

Pero como Günter Grass nos ha enseñado, la historia, si bien no se repite, tiene memoria de elefante. Clapton parece no haber aprendido nada del episodio de su amor robado. Cuando conoció a la modelo italiana Carla Bruni, pronto se enteró de que Jagger había puesto el ojo en ella, como antes lo hizo con la propia Boyd. “Ella no, por favor. Creo que estoy enamorado”, rogó Eric al líder de los Stones... y la llevó a una fiesta en casa de éste, relata Christopher Andersen en la biografía sobre Mick.

Ocurrió lo evidente. A quién se le ocurre llevar a su novia, y qué novia, a una fiesta donde está Su Satánica Majestad. Clapton quedó devastado, ha narrado él mismo, y Bruni pronto se dio cuenta del significado de su decisión. Sabía que, además de la esposa abandonada, había por lo menos diez chicas más en la vida de Jagger. Después del rompimiento, ella dio acaso un paso más atrevido, con todo lo que conlleva: se casó con Nicolas Sarkozy y ella, italiana, se convirtió en eso que llaman “primera dama” francesa.

Jagger parece haber entrado, entonces, a una dinámica de estabilidad en materia de relaciones. Vivía desde 2001 con la diseñadora y modelo L’Wren Scott, quien se quitó la vida por ahorcamiento el lunes pasado en su departamento de Nueva York. El suicidio, escribió Camus, es acaso el único problema filosófico realmente serio.

Al final, como propone Kundera en esa obra de juventud titulada Amores risibles, la eventual hilaridad de estos desatinos y pasos en falso acaba sin remedio en el terreno del drama y, peor aún, en el de la tragedia, en la complejidad de la aventura del amor acechada de forma permanente por los pensamientos, los actos y las palabras que agravan una práctica, el enamoramiento, “eminentemente seria”.

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