Fusilerías

La Virgen en una mancha de humedad

El joven Jean-Marc, sorprendido después de atravesar una curiosa crisis de histeria, ve a lo lejos a su amada que se pasea con un aire de calma y reposo, encantadora, infinitamente emotiva, y él sonríe por la comedia que acaba de interpretar, porque la muerte de Chantal lo acompaña desde que comenzó a amarla. Corre agitando la mano para llamar su atención, y aunque ella se detiene y deja de mirar el mar, no se percata del saludo.

Por fin la chica echa una mirada en su dirección, parece verlo. Feliz, él levanta su mano de nuevo, pero ella no lo toma en cuenta y posa sus ojos en el mar, que acaricia la arena. Ahora la mujer está de perfil, pero mientras él se acerca cada vez más, a un paso menos apresurado, cae en la cuenta que esta dama, que creyó era Chantal, ya ha devenido una vieja, ajada y decrépita.

Este episodio, narrado por Milan Kundera en su novela La identidad (Gallimard 1997), recrea una situación que de tan común no parecería merecer una explicación científica. Pero la tiene. Investigadores de la Universidad de Toronto, en colaboración con expertos chinos, han encontrado que las “pareidolias faciales”, es decir, el hecho de identificar rostros en los más diversos objetos (incluidos otros rostros) y paisajes, es algo completamente normal y se basa en causas físicas muy concretas.

De acuerdo con la investigación, publicada en la revista Cortex y dada a conocer por el periódico español ABC, la mayoría de personas piensa que quienes ven estos rostros no están en sus cabales y a menudo se les ridiculiza. El científico Kang Lee explica que este fenómeno ocurre porque “el cerebro humano es único a la hora de reconocer rostros y basta con la más leve similitud o sugerencia de parecido con un rasgo facial determinado para que, automáticamente, interprete lo que estamos viendo como una cara”.

Acaso usted, amable lector, haya escuchado de apariciones de la Virgen en la humedad de una pared o en los caprichosos surcos de un roble. Otros aseguran haber visto el perfil de Elvis Presley en un pan tostado o la regordeta silueta de Alfred Hitchcock en las nubes. Quizá si usted es amante del arte, vea La inmaculada concepción de Bartolomé Esteban Murillo antes que a la Guadalupana porque, detallan los investigadores, las personas pueden ser más propensas a ver distintos tipos de imágenes en función de lo que cada una de ellas espera ver.

Arthur Gordon Pym, si la memoria del Fusilero no falla de nuevo, personaje de Edgar Allan Poe, mira a la distancia, en medio de un predicamento de vida o muerte, a un marinero que le sonríe a lo lejos. Desesperado por salvar su vida, el héroe de la novela se va acercando como puede a aquel único ser vivo en medio de la nada, que parece estar cómodamente disfrutando de la emergencia, pero conforme avanza, aquel rostro enfatiza su risa mostrando la dentadura completa: es un hombre literalmente en los huesos, el cráneo libre de piel, de ojos, de cabello. Una calavera.

El fenómeno, como se ha dicho, no es nuevo, de hecho es común, pero jamás había sido estudiado. Y como suele suceder, la literatura ya se había adelantado, como pasa con los cuentos de Hoffmann, publicados un siglo antes que cualquier tratado de psicoanálisis. Hoy se practica la investigación con escáneres cerebrales en torno a las reacciones físicas de individuos que veían rostros y letras “dibujados” en los más diversos objetos de uso cotidiano.

Dicen los expertos que las pareidolias faciales no se deben a una anormalidad del cerebro ni a la simple imaginación, sino a la acción combinada del córtex frontal, que ayuda a generar expectativas, y el córtex visual posterior, que recibe las señales que le envía el primero para ayudarle a elaborar interpretaciones de los estímulos procedentes del mundo exterior.

Acaso este estudio responda a Jean-Marc, el personaje de Kundera, que se pregunta: “¿Confundir la apariencia física del ser amado con la de otro? ¿La diferencia entre ella y las demás de veras será tan ínfima? ¿Cómo se puede no reconocer la silueta de la mujer más amada, de aquella a la que hacemos pasar por incomparable?”

Inquietudes literarias ahora explicadas por la ciencia.

 

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