Fusilerías

Verlaine para doloridos

En una página insospechada para su erudición, Umberto Eco invita al lector a pensar el insólito estado de estupefacción que experimentaría un marciano del próximo milenio que descubriera de repente un cuadro de Picasso y la descripción de una hermosa mujer en una novela de amor de la misma época, ya que no entendería qué relación existe entre las dos concepciones de belleza.

“De ahí que de vez en cuando debamos hacer un esfuerzo y ver cómo distintos modelos de belleza coexisten en una misma época y cómo otros se remiten unos a otros a través de épocas distintas”, recomienda el medievalista alejandrino en su obra Historia de la belleza (Editorial Debolsillo, 2010). Como la belleza puede ser apolínea y dionisiaca, en la concepción de los antiguos griegos, incluso como proporción y armonía, acaso la poetisa Safo haya resuelto el enigma con un sencillo verso de dimensión homérica: “Bello es lo que se ama”.

El amor irrumpe así en la concepción del adjetivo “bello”. ¿Y el desamor? Hoy, día de conmemoración en la materia, es propicio para revisar algunos poemas de un francés abatido por la decepción en una fase destructiva de alcoholismo, abandono y perturbación, Paul Verlaine (1844-1896), que lo llevó a separarse de su familia y, tras una relación temporal, pegarle dos tiros a Arthur Rimbaud, cuando el autor de Una temporada en el infierno decidió poner fin a esa travesía conjunta.

En el soneto “Angustia”, Verlaine escribe: “Naturaleza, nada tuyo me conmueve, ni los campos/ nutricios, ni el eco bermejo de las pastorales/ sicilianas, ni las pompas auroreales,/ ni la solemnidad doliente de los ocasos./ Me río del Arte, me río del Hombre también, de los cantos,/ de los versos, de los templos griegos y de las torres espirales,/ que se estiran en el cielo vacío de las catedrales, y con igual ojo veo a los buenos que a los malos./ No creo en Dios, abjuro y reniego/ de todo pensamiento, y en cuanto a la vieja ironía,/ el Amor, quisiera que no me hablaran más de él./ Cansado de vivir, teniendo miedo a morir, semejante/ al brick perdido, juguete del flujo y del reflujo,/ mi alma apareja para espantosos naufragios.”

Su matrimonio hecho un desastre, encarcelado, cantor del desgarramiento, Verlaine va dibujando su biografía en cada etapa creativa, como Picasso pasaba del azul al rosa. Pasiones e idealización se alternan, pero la pena persigue al poeta a lo largo de su obra, su distanciamiento con la sociedad no tiene respiro.

La tercera parte de su “Buena canción”, sin embargo, ilustra este cambio emocional del poeta: “En traje gris y verde con volantes,/ un día de junio en que yo estaba inquieto,/ ella apareció sonriente a mis ojos/ que la admiraban sin recelar emboscadas;/ fue, vino, volvió, sentóse, habló,/ ligera y grave, irónica, enternecida:/ y yo sentí en mi alma ensombrecida/ como un alegre reflejo de todo esto;/ su voz, siendo música fina,/ acompañaba deliciosamente/ el espíritu sin hiel de su charla encantadora/ donde la alegría de un buen corazón se adivina./ También de repente fui yo, después del amago/ de una sublevación enseguida sofocada,/ sometido al pleno poder de la pequeña Hada/ a la que desde entonces suplico temblando.”

El talante tormentoso lo perseguirá sin tregua, lo que le permitió legar páginas que un lector contemporáneo, con poco que festejar hoy, puede repasar en soledad: “¡El viento de la otra noche ha derribado el Amor/ que, en el rincón más misterioso del parque,/ sonreía tensando malignamente su arco,/ y cuyo aspecto tanto nos hizo soñar todo un día.”

Quien este día necesite una dosis más fuerte, suerte en la búsqueda de Verlaine: poesía completa, dos tomos bilingües, Ediciones 29, con gran estudio preliminar de Federico Revilla.

 

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