Fusilerías

Tranströmer (1931-2015)

Cuando el fusilero vio el filme La teoría del todo (James Marsh, EU 2014), atisbo a algunos episodios de la vida del cosmólogo británico Stephen Hawking, no pudo dejar de pensar en el poeta sueco Tomas Tranströmer, premio Nobel de Literatura 2011, fallecido la víspera a los 83 años.

El célebre físico sobrevive desde su época universitaria afrontando el embate de la enfermedad de Lou Gehrig (esclerosis lateral amiotrófica), estado degenerativo que no le impidió tener familia, dos matrimonios y ser una figura mundial de la divulgación científica. Su propia vida es una hazaña, pues le daban dos años después del diagnóstico (1962).

Tranströmer sufrió la reducción del habla y el movimiento hace 25 años por un padecimiento cerebral. En la ceremonia de entrega del máximo galardón literario, en 2011, acudió en silla de ruedas y fue su esposa quien pronunció el discurso de aceptación. Sin embargo, el poeta jamás dejó de escribir y su canto quedó plasmado, después de su hemiplejía, en cinco títulos, el último de ellos Deshielo a mediodía, selección de la que Nórdica Libros ha editado una bella versión bilingüe sueco-español traducida por Roberto Mascaró.

Su tierra aparece desde las primeras obras. En 17 poemas, la ópera prima, el lector asiste a los escenarios gélidos de una Suecia y una Dinamarca que acaso el cinéfilo recuerde en las largas tomas de Pelle el conquistador (1987), del danés Bille August, ganadora del Oscar como Mejor Película Extranjera.

Escribe Tranströmer en “Elegía”: “En el punto de partida. Como dragón caído/ en algún pantano entre neblina y vaho, está/ nuestra tierra costera vestida de bosque de pino. Allá lejos:/ dos vapores que gritan desde un sueño/ en la bruma. Este es el mundo inferior./ Bosque inmóvil, superficie de agua inmóvil,/ y la mano de orquídeas que surge del pantano./ Al otro lado, más allá de esta senda,/ pero flotando en el mismo espejo: el navío,/ que la nube ingrávida cuelga de su espacio./ Y el agua en torno a su cayado está inmóvil,/ echada en calma. ¡Y aún así, truena!”.

Acaso los escenarios naturales que privilegia en esas obras tempranas hayan motivado su predilección, años después, por el haikú, esa forma poética de 17 sílabas que cultivó sin tener como principal imagen, necesariamente, un momento de la naturaleza, sino los momentos del individuo.

En “Casas suecas situadas aisladamente”, escribe: “Una confusión de ramas negras/ y humeantes rayos de sol./ Aquí está hundida la cabaña/ y parece sin vida./ Hasta que murmura la niebla matinal/ y un anciano abre/ —con mano temblorosa—/ la ventana y deja salir un búho./ Y en otro punto cardinal/ está la casa nueva humeando/ con la mariposa de las sábanas tendidas/ que flamean junto al propio nudo/ de un bosque moribundo/ donde la putrefacción lee/ con gafas de savia/ el protocolo de la termita”.

Los años estudiantiles y personajes predilectos figuran a lo largo de su obra: Thoreau, Robespierre, Schubert. También culturas foráneas: los Balcanes, Viena, Brujas, Nueva York. Un motel con máscaras tibetanas, una calle transversal, ningún arcoíris, un carrillón, las calles de Shanghái y niebla, siempre la blanca niebla de sus primeros poemas.

Como Hawking, Tranströmer solía alzar la vista. De “Mirada del inverno”, valga rescatar estos versos: “Los túneles. Allí caminamos durante meses,/ la mitad en servicio y la mitad huyendo./ Breve recogimiento en el que alguna escotilla se abre sobre nosotros/ y una luz débil cae./ Miramos hacia arriba: el cielo estrellado a través de la reja de alcantarilla”.

Por eso Kjell Espmark, en su prólogo a Bálticos y otros poemas (edición bilingüe de Visor Libros), asegura que el poeta es un místico que espera señales en la oscuridad que den testimonio de un orden superior, un observador con la misión de tratar de comprender y precisar un inmenso acontecer inaccesible.

 

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