Fusilerías

Séneca y Cerati

Séneca, cordobés que nació tres años antes de Cristo, filósofo que pasó a la acción involucrado en las conspiraciones que marcaron a los gobiernos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, sostenía que la mayoría de los mortales se quejaban de la malignidad de la naturaleza, que creó al hombre para una vida breve. Y no solo es la turba y el vulgo imprudente quien se lamenta, sino también personajes ilustres.

“No es que dispongamos de poco tiempo; es que perdemos mucho”, apuntaba el pensador, si bien no dejaba de reconocer, en esa época quizá aún más que ahora, que por todos lados rodean y acosan a los hombres los vicios. Y el lector acaso haga segunda al fusilero: ante tanto acoso, ¿qué puede hacer uno?

Ese “desperdicio” de tiempo sobre el que Séneca filosofa en De la brevedad de la vida es una “inversión” en el pensamiento de otros en la época que el lector elija. Hoy, por ejemplo, una generación está en shock con la muerte de Gustavo Cerati, icónico líder de la banda Soda Stereo que, pese a retomar en sus inicios el estilo de The Cure, pronto se convirtió en el referente de esa explosión que Latinoamérica llamó “rock en tu idioma”.

Cerati, cuatro años en coma, fue como otros colegas suyos un hombre que vivió al paso del torbellino propio de las grandes figuras musicales. Los nombres obligados son Jim Morrison, Jimi Hendrix y Janis Joplin (que fallecieron cuando tenían la mitad de edad de Gustavo), pero no hay que olvidar a David Hutchence, Charlie Parker, Freddie Mercury y Elvis Presley, cuyo vertigonoso periplo puede atisbarse quizá haciendo una analogía con el cuadro “La Madona de Rafael a máxima velocidad”, de Dalí.

Escribe Séneca: “¿A qué culpar, entonces? Vives como si la vida tuviera que durar siempre; nunca se te ocurre pensar en tu caducidad; no observas cuánto tiempo ha transcurrido ya, y vas perdiéndolo como si fuera algo sobrado y abundante, siendo así que tal vez aquel mismo día que dedicas a este hombre o este asunto, es el último de tu vida. Como mortales lo temes todo; pero todo lo deseas como si hubieras de ser inmortal”.

Dos mil años después la condición humana luce intacta. Cuatro décadas atrás Morrison hacía suya la sentencia de Blake, “el camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría”, y hace tres lustros la firma Reebok recomendaba: “Life is short: play hard”. Y no pocas páginas y jornadas dedicaron a tales andanzas Sade, Nabokov, Bukowski, Hemingway, Byron, Wilde, Cavafis, Ducasse, Poe, Baudalaire, Molière y, por supuesto, Nietzsche.

No es poco probable que algunos de ellos hayan tenido a la mano a Séneca, quien decía de las ocupaciones estériles: “Cuento en primer lugar, entre otros, a los que solo se dedican al vino y a la sensualidad, ya que nadie puede ocuparse en cosa más vergonzosa. Los demás, aunque lo que les seduce sea sólo una vana imagen de la gloria, guardan por lo menos ciertas apariencias en sus errores: háblame, si quieres, de los avaros, de los iracundos, de los que se abandonan a la guerra o a los odios injustos; éstos pecan de una manera varonil”.

El filósofo, por supuesto, se cura en salud con ese comentario, porque ya sabemos que ocupó buena parte de su vida en las intrigas palaciegas. En el año 65 después de Cristo, Cayo Calpurnio Pisón organiza una conspiración para acabar con Nerón y ofrece a Séneca la dirección del imperio romano. Descubierto el complot, los agentes del emperador detienen al cordobés, condenado así a quitarse la vida, tarea que cumple cortándose las venas.

De Séneca a Cerati, con la fórmula de Dalí, a máxima velocidad.

 

www.twitter.com/acvilleda