Fusilerías

Salvajes

La historia es básicamente la misma desde que el hombre comenzó a interesarse por la conducta de los leones en su hábitat natural, si bien cada año la ciencia ha hecho hallazgos que permiten tener un registro más acabado, a detalle, de las relaciones de esa especie, cuya línea social es la vida en manada, a diferencia de otros grandes felinos del África subsahariana.

Las hembras, que pueden vivir hasta 11 años, son las cazadoras y eventualmente, de vez en cuando, el macho líder participa. Sin embargo, su función en esa compleja convivencia es otra. Garantizar la estabilidad y la supervivencia del grupo. Puede pasar más de medio día dormitando, echado bajo la sombra de algún árbol, entre los matorrales, y aparecer puntual una vez que las leonas han doblegado a una presa.

Cualquiera puede pensar que el precio que paga la comunidad por esa estabilidad es muy alto: la mejor parte del manjar, sea un búfalo cafre (su platillo favorito), un ñu, una gacela de Thompson, una cebra o una jirafa. Las hembras y las crías se repartirán las sobras. Pero ese pago de derechos está justificado. Porque si bien estos felinos conviven en grupo, hay otros depredadores y carroñeros con la misma dinámica social, cuya afiliación suele ser mayor, y es cuando un león macho debe hacer valer su mote de rey de la selva, que es más bien de la sabana.

Aquí, en este escenario salvaje, no hay engaño. Ellas cazan y sirven la mejor parte del manjar a su comandante. Él resguarda con celo a ellas y a sus crías, cuida su descendencia con empeño ante el embate de otros carnívoros o de algún joven que busque derrocarlo. Hay que recordar que cuando un líder es echado, el nuevo jefe matará a los cachorros ajenos. Está documentado que un colectivo de hienas desafía a las leonas para arrebatarles una presa, pero lo pensarán dos veces antes de aferrarse una vez que llega el macho. Un rugido y dos corretizas bastarán para ahuyentar a los carroñeros.

En la vida salvaje, pues, cero engaño. Por eso resulta oprobioso comparar la conducta de la delincuencia organizada que azota a México con un comportamiento salvaje. Nada más alejado. Las reglas en la sabana son diáfanas y se cumplen. En la jungla humana, los extorsionadores cobran derecho de piso, a un precio elevado sobremanera, sin garantía alguna de que cumplirán con la misión que se adjudican. Las más de las veces, hay que conceder la tarifa para salvaguardarse no de algún depredador extraño, sino de los mismos que la cobran.

En la visión cinematográfica de Oliver Stone, Salvajes fue el título elegido para una película que narra los excesos de las bandas del narcotráfico, de un sicario interpretado por Benicio del Toro a una mandamás de cártel personificada por Salma Hayek. Traiciones, simulación, brutalidad. Nada que no haya leído, oído o visto, en mayores dimensiones, todo lector de diario o espectador de noticias. Pero esa degeneración va más allá del comportamiento salvaje. Aquí no hay reglas, no hay cumplimiento de cánones, no hay garantías. Y el precio suele ser excesivo.

Si en las extorsiones la dinámica salvaje queda rebasada, poco dista esa tragedia de lo que ocurre en el mundo del secuestro. En un momento en que ese delito ha cobrado un auge que recuerda las épocas de Daniel Arizmendi, El Mochaorejas, o de los hermanos Caletri, que asolaron a los mexicanos a finales del siglo pasado, la denominación “salvaje” nada tiene que ver con el proceder de los plagiarios, incapaces de respetar un acuerdo de rescate encumbrados en un pedestal de crueldad. Sus víctimas son asesinadas o, en el mejor de los casos, mutiladas. Impunidad.

Acaso haya que pensar, meditar y pulsar las palabras cuando del envilecimiento humano se trata. Porque algo sí es seguro: va más allá de cualquier comparación con el mundo propiamente salvaje.

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