Fusilerías

Salem

Cuenta Italo Calvino que Isidora es una ciudad donde el forastero, cuando está indeciso entre dos mujeres, siempre encuentra una tercera. Pero es también la ciudad de los sueños de ese hombre con una diferencia: llega a edad avanzada. “En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos”.

El fusilero recupera estas líneas del libro Las ciudades invisibles una mañana de principios del febrero en curso en la banca del patio de una acogedora casa de Logan, la población más segura de Estados Unidos, pequeño condado de Utah rodeado de montañas y cañones iluminados con el blanco del invierno y un sol que riñe con las nubes y el atisbo de nevada. Pero la analogía con Isidora apunta al norte, en Salem, capital de Oregon.

Salem parece garabateada en varios relatos con los que Marco Polo, en voz de Calvino, deleita a Kublai Kan, emperador de los tártaros. Desde las ventanas de un pequeño y confortable apartamento, el forastero, en traje de fusilero, cree ver en varios puntos imágenes de infancia que solo pueden ser producto de sueños, porque jamás había estado ahí, pero ahora él se mira como adolescente, y uno temeroso.

Porque este Salem, el presuntamente real, tiene puntos de conexión con ese otro recreado por la pluma de Stephen King, autor de la novela Salem’s Lot (1975). Aunque este exitoso autor estadunidense jura que es una de sus tres o cuatro ciudades inventadas, el nombre evoca las atmósferas asfixiantes de aquel libro llevado a la televisión en una serie de cinco entregas, de dos horas cada una, conocida en México como La noche del vampiro (Tobe Hooper, 1979), allá a principios de los años 80. Valga como humilde intento de oxímoron, esta nieve sofoca tanto o más como el abrasante sol de la ciudad de King, donde cunden hematófagos infantiles y otros hechos y derechos. En la calle Hawthorne, homenaje al célebre poeta estadunidense, un hombre en ropas de invierno asoma sus ojos en un pasamontañas bajo el que se adivina la mandíbula de uno de esos depredadores de la ficción del amo del terror. Lo ve el forastero fusilero, desde su segunda juventud, como lo vio en unas páginas y una serie televisiva su versión adolescente.

A bordo de un auto equipado con cadenas en sus llantas de tracción, especiales para rodar sobre los caminos ahítos de nieve, el viajero busca otras pistas. Los parajes de árboles y pinos en línea, que dificultan la visibilidad junto con la helada ventisca, parecen más de otra clásica del terror, The Howling (Aullido, Joe Dante, 1981), que de la invención de King, pero los nombres de las calles no dejan lugar al equívoco. Es Salem. Porque después de todo, como escribe Calvino sobre Isidora, “los deseos ya son recuerdos”.

Ahí está pues, el fusilero, en la capital de Oregon, a más de dos horas de Pórtland, hurgando entre los fríos personajes, escasos, que se atreven a desafiar la peor nevada en 10 años en la zona, adivinando en cada rasgo, en cada paso, al vampiro Barlow que fue su pesadilla cuando adolescente, primero en la miniserie televisiva, después en lo que es la segunda novela del jefe del terror gótico. Salem, Isidora, no importa. El forastero adulto ve a través de la ventana su versión joven, temerosa, escudriñándose ambos en un momento que obliga al primero a bajar la persiana, porque sabe que esos niños vampiro vendrán de noche a tocar la puerta y no sabe si él mismo es ya un personaje de Salem’s Lot.

En la madrugada, cuando hay que cargar con las maletas para dirigirse al aeropuerto de Pórtland, nada en este pueblo cubierto de nieve, solitario a esa temprana hora, permite dilucidar si es el Salem rebautizado por Calvino, el inventado por King o el habitado tres gélidos días por el forastero que jura haber visto a su fantasma juvenil. Eso sí, de brujas ni hablar. Esas no existen.

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