Fusilerías

Rilke y su mecenas

Un día de la pimavera de 1922, Marie von Thurn und Taxis (1855-1934), princesa de ocupación, viajó a la comuna suiza de Sierre para encontrarse con Rainer Maria Rilke (1875-1926), quien deseaba leer a su mecenas las elegías que le tomaron 10 años de escritura. Le sorprendió el rostro del poeta, radiante, y sus palabras beatíficas, cuando sabía bien que él solía transmitir una melancolía sin límites.

“Debería haberlo entendido entonces: (Rilke) había coronado la cumbre, había trepado hasta el pico más alto y había contemplado la faz de Dios: ya solo le quedaba la muerte”, escribe la mujer en unas memorias a propósito de su protegido, revelador libro publicado en español por Paidós en su serie Testimonios.

Como se sabe, Rilke no solo generaba un impacto mayúsculo en la nobleza que lo procuraba, embelesada por su arte poético, sino que, con la marcada excepción de Miguel de Unamuno, los grandes de su época y de generaciones ulteriores le rindieron culto.

En el caso de México, como puntualiza el traductor Federico Bermúdez-Cañete, fue Alfonso Reyes quien comenzó la difusión de la obra del poeta después de conocerlo en París, donde no pocas figuras españolas se encontraron con una obra fundamental, escrita en alemán, que los marcaría con distinta intensidad: Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Azorín, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, entre otros.

Escribió Rilke en “El libro de las horas”: “Apágame los ojos: puedo verte;/ ciérrame los oídos: puedo oírte;/ y aun sin pies puedo andar para alcanzarte,/ y aun sin boca puedo conjurarte./ Ampútame los brazos, y te agarro/ con este corazón, y latirá el cerebro;/ si lanzas el fuego a mi cerebro/ te llevaré sobre mi sangre.”

Rilke quedó cautivado con la condesa de Noailles cuando la vio alguna vez, fugazmente, en el taller de Rodin. Desde entonces le escribía largas cartas que picaron la curiosidad de la madame, quien pactó una cita con el poeta en la casa de la princesa Von Thurn und Taxis. Pequeña Divinidad Impetuosa, como la llamaba Rilke en aquellas cartas, confió a su anfitriona, después de la velada: “Su poeta es un encanto: me ha escrito solo para decirme que no quiere volver a verme”.

El escritor lo puso en estos términos en una posterior entrevista con la princesa: “Usted comprenderá: si la viera (a la condesa) con frecuencia, eso sería el fin de mi yo; me convertiría en su esclavo y ya solo podría vivir su vida…”.

Rilke acudía a menudo a la fugacidad, al carácter pasajero de la humanidad frente a la naturaleza. En la “Séptima Elegía”, por ejemplo, escribe: “En ningún sitio, amada, habrá mundo, sino en el interior. Nuestra vida transcurre dedicada a la transformación. Y, cada vez más insignificante, se desvanece lo exterior”.

Imagine usted a Rilke recitando su “Segunda Elegía” frente a la princesa: “Los amantes podrían, si entendiesen esto, hablar extrañamente en el aire nocturno. Pues parece que todo nos esconde. Mira, los árboles están; las casas que habitamos permanecen. Solo nosotros pasamos por delante de todo como un intercambio de aire. Y todo está de acuerdo en silenciarnos, medio por vergüenza, quizá, medio por indecible esperanza”.

Relata la princesa que cuando Serafico, como ella llamaba al poeta, terminó de leerle los sonetos, la miró en silencio. Ella no podía pronunciar palabra, y él, percatándose de lo conmovida que estaba, se hincó para besarle las manos. Ella le besó la frente, como una madre a un hijo, “a un hijo maravilloso”.

Marie von Thurn und Taxis mandó depositar un laurel en la tumba del escritor, a su muerte en Raron (Suiza), con una leyenda: “Al incomparable poeta, al querido y fiel amigo”. Despedida acaso austera, dada la historia que los unía, por lo que quizá el libro de memorias aquí retomado haya sido un mejor tributo.

Tampoco debe ser excesivo considerar que Rilke ya había escrito su epitafio en el último terceto del soneto “Última noche”: “Se atenuó su música. Fuera había un soplo fresco./ Y raro, extraño, estaba en la consola/ el chacó negro de la calavera”.

 

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