Fusilerías

Racismo, el mal congénito de la especie

El racismo y la esclavitud son temas de debate desde la antigüedad. Si Aristóteles veía “natural” la servidumbre, uno de sus seguidores, Santo Tomás, más que natural creía que la esclavitud, el sustituto medieval de aquella, resulta de la institución política, porque todo hombre es libre y no sujeto a otro. “El hombre es por naturaleza social, por lo que vive en un estado, y la autoridad es una exigencia de ese estado”, escribió el filósofo de Aquino.

La proliferación de gobiernos “modernos” promotores de esas prácticas ha sido descrito por Michel Foucault a partir de diversas circunstancias históricas desde el siglo XVII al XX en Europa, cerrando el ciclo de su genealogía del racismo con la larga noche del nazismo. Cómo se fue transformando esa política con sus diversos nombres está documentado y, por no ser un hecho clandestino, debiera sorprender su florecimiento en el mundo actual. Pero no es así.

Hoy la comunidad internacional se rinde ante los funerales de Nelson Mandela, quien mañana será sepultado después de una semana de exequias, con más emotividad y entrega que cuando él y los suyos luchaban contra el régimen del apartheid sudafricano, donde la ley no solo consentía, sino que impulsaba la segregación racial en lo que eufemísticamente llamaba “doble vía”: los blancos y los negros. Punto.

Cuando el consumidor de noticias por internet, el usuario de redes sociales, miraba la línea de tiempo de su cuenta el día del deceso, antes que otra cosa se decía: nomás yo falté de tomarme una foto con él. Diseñadores, actrices, cantantes, deportistas, políticos (decenas y decenas de ellos), todos subieron al ciberespacio, antes de sus condolencias, su instantánea con el hombre que fue del activismo a la protesta, de ahí a 27 años de prisión, luego a la libertad, al Nobel, a la presidencia y a la inmortalidad.

No se trata de la lucha contra el suprapoder soviético del obrero polaco Lech Walesa, al final de cuentas siempre cobijado por Occidente y por su paisano Karol Wojtyla, que al final lo llevó a encabezar el gobierno de Varsovia. O la del dramaturgo Václav Havel, quien subido a ese maremoto que detonó la caída del Muro de Berlín se convirtió en el presidente de la República Checa. Menos aún comparable con la lucha del obrero metalúrgico Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil. Todas estas, después de todo, luchas ejemplares contra la opresión.

Pero en Sudáfrica la ley daba permiso para segregar, que siguiendo el rastro desde la antigüedad puede equipararse a someter y esclavizar. “El racismo representa la condición bajo la cual se puede ejercer el derecho de matar (...) Cuando hablo de ‘matar’ no pienso simplemente en el asesinato directo, sino en todo lo que puede ser también muerte indirecta: el hecho de exponer a la muerte o de multiplicar para algunos el riesgo de muerte, o, más simple, la muerte política, la expulsión”, escribe Foucault.

Por eso más allá de las presiones internacionales para excarcelar a Mandela y acabar con el apartheid, el entonces presidente Frederik de Klerk asciende a alturas semejantes a las alcanzadas por Mandela. Él lo sacó de la cárcel, ambos negociaron el ocaso del régimen racial y él le entregó el poder tras elecciones democráticas. Su determinación inobjetable para la caída de un régimen que lo había encaramado al poder lo instala ahora en un pedestal histórico que lo hizo merecedor, al tiempo que al patriarca de la Sudáfrica libre, del Nobel de la Paz.

Mañana, con la ceremonia de sepultura, terminan los funerales de Estado para un hombre del siglo XX que es a la vez un hombre de todos los tiempos, porque derrotó a un histórico monstruo mutante. Cuando la cabeza de la Hidra se multiplique, el mundo recordará a estos combatientes de los males congénitos de la especie. Y habrá, siempre habrá, quienes decidan emularlos.

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