Fusilerías

'El Quijote' y 'El Chapo'

El fusilero pudo saber que solo dos son las quejas que tiene Joaquín Guzmán Loera con su encierro actual en El Altiplano, expresadas por medio del director del penal al titular de la Comisión Nacional de Seguridad, Renato Sales, quien acude una vez a la semana a visitar a ese y otros reos, aunque no habla de forma directa con ellos. Una inconformidad es que ya no soporta que lo despierten por la noche para pasarle lista. La segunda es que tiene una letra muy chica el ejemplar de El Quijote que le dieron para que se entretenga.

Lo de despertar a este hombre para percatarse de que no se ha fugado tiene poderosas razones, los dos escapes anteriores de penales federales, pero aún no queda claro si es estrictamente legal, sobre todo por la hora de los rondines. El asunto es que con la hoja curricular del señor, ni cómo aflojar la marcación. La lógica de las autoridades ahora es resistir cualquier crítica antes que una tercera huida, pese a que la defensa insista en violación a los derechos humanos del capo.

Sin embargo, el gobierno bien podría ayudarse en este asunto de las quejas por el pase de lista a deshoras. Puede, digamos, dar a su preso favorito un libro que no sea El Quijote, menos aún si es la edición de Porrúa, portada verde y páginas a dos columnas. Hombre sin instrucción alguna, El Chapo se enfrenta a esta obra como lo hace un escolar de nivel secundaria. De entrada, le rehúye por la cantidad de hojas, y si se anima a empezarlo, allá por la página cinco debe estar ya en un profundo sueño, que los custodios interrumpen con el inoportuno rondín, que obliga al preso a despertarse e incorporarse.

No, señores del gobierno, Cervantes no es un autor para principiantes, así el programa escolar mexicano incurra en ese exceso desde tiempos inmemoriales. Si quieren que el reo no se les duerma, que esté despierto para el pase de lista y no se queje más, pásenle lecturas más dinámicas, como los cuentos de Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, acaso una selección de relatos de Horacio Quiroga o una antología narrativa fantástica o de vampiros.

Es decir, a un nuevo lector hay que ofrecer temas que puedan despertar su interés para construir el hábito. "Ya me imagino a El Chapo leyendo 'La caída de la casa Usher' o 'Los crímenes de la rue Morgue', seguro", responde irónico Renato Sales al fusilero, cuando éste le plantea el despropósito de ponerlo a leer a Cervantes antes que a Poe. Acaso, empero, también sea buena idea darle algo de poesía, para que la próxima vez que este hombre se anime a ligar por chat o correo electrónico, lo haga citando algunos versos de Pablo Neruda o de Jaime Sabines. Y si los recita a la penumbra de su celda, igual lo hallan despierto los guardias.

En otro momento se ha relatado aquí cómo los profesores de literatura francesa, en el IFAL de Río Nazas, regañaban a sus alumnos mexicanos porque nada sabían de los escritores de su lengua, la española, cuando la mayoría tenía de nivel licenciatura para arriba. Pocos habían leído a alguno de los autores del Siglo de Oro y la sorpresa de los docentes estaba justificada, lo que no significa que un nuevo lector deba empezar por esa vía, teniendo a la mano otros escritos que pueden animar la lectura, como las obras de Juan Rulfo y Juan José Arreola, por ejemplo.

El problema, entonces, no es la letra chica del ejemplar del Quijote en manos de El Chapo. "Acelera mi extradición. Aquí me vuelvo loco o me da un infarto", escribió Guzmán Loera a mano en un mensaje que entregó a su abogado, sin especificar si se refería a sus horas de sueño perdidas o al único libro que posee, con las aventuras de un loco que llaman El ingenioso hidalgo.

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