Fusilerías

Puros cuentos

Declarado “vehementemente sospechoso de herejía”, Galileo Galilei (1564-1642) fue citado y obligado por el Santo Oficio a retractarse de su opinión de que el Sol era el centro del mundo, inmóvil, mientras que la Tierra no era el centro y se movía. En su comparecencia, “con sincero corazón y no fingida fe” condenó su “error” y juró que en el futuro jamás incurriría en esa “falsa doctrina”.

El sabio de Pisa, se dice desde aquellos tiempos del Renacimiento, pronunció la famosa frase “Eppur si muove” (“Y sin embargo, se mueve”) en voz baja, al final de su exposición, hecho carente de prueba, insólito por el peligro que incubaba, casi un suicidio, pero que es dado por bueno desde entonces, aunque ya Bertrand Russell, en un detallado estudio sobre el particular en su libro La perspectiva científica, lo ha desmontado y resumido así: “No es verdad que después de recitar esta abjuración dijese entre dientes ‘Eppur si muove’. Fue la gente quien dijo esto y no Galileo”.

Hay otros casos en los que la negación “histórica” va al extremo. Uno de ellos es el del personaje Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle (1859-1930), detective de quien todo mundo conoce la frase “Elemental, mi querido Watson”, que en palabras de un acucioso lector del novelista, el catalán Alfred López, nunca aparece tal cual en ninguna página, aunque sí por separado. El propio barcelonés ha atribuido la expresión a un libreto cinematográfico de William Gillette en los años 30 del siglo pasado, aunque sí puntualiza que las frases figuran en distintos momentos en los libros: “elemental” y “mi querido Watson”.

Hoy el televidente puede hallar incluso una serie titulada Elementary, protagonizada por Jonny Lee Miller, en el papel de nuestro héroe, y la bella Lucy Liu como Watson. Hasta el presente, pues, llega el impulso de esa afortunada frase, así haya sido creada por un cineasta, pero siempre a partir de la obra literaria original. Escamotear la existencia del enunciado completo puede parecer, al final, un despropósito.

Ahora que entre los propios autores hay quienes alimentan leyendas, quizá en coincidencia con aquella máxima de Gabriel García Márquez de que no importa cómo pasó, sino cómo lo recuerdas. Es el caso de Ramón Valle-Inclán (1866-1936), quien como centro natural de la atención en las tertulias a las que era afecto en el desaparecido Café de la Montaña solía inventar todo tipo de historias sobre la pérdida de su brazo izquierdo.

El periódico español ABC recogió algunas de ellas del libro Madrid oculto (Ediciones Librerías 2007), de Marco y Peter Besas. Por ejemplo aquella de cuando el gallego, huésped en un palacio de su tierra, dijo al sirviente que le cortara el brazo si lo que faltaba eran ingrediente para cocinar un buen estofado. También se sacaba de la manga (vacía, se entiende) haber sido atacado por un león y una pelea a muerte contra un bandido mexicano.

Hoy está documentado que el escritor acabó manco después de un altercado en la Puerta del Sol con su colega Manuel Bueno, quien ofendido por el grito de “¡majadero!”, propinó un bastonazo que Valle-Inclán atajó con el antebrazo, golpe que derivó en una fractura de imposible trato en la época (1899) y la posterior amputación. Cuando se reencontró con su agresor en el mismo café, dicen que dijo: “Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho”.

 

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