Fusilerías

Plumas en ámbar

Pluma y ala son dos palabras que el español adoptó sin cambios del latín y en el caso de la primera se adjudica sin mayor observación, en cuanto al reino animal, a las aves, definiéndola como cada una de las formaciones córneas de que está cubierto su cuerpo y que consta de un tubo o cañón inserto en la piel y de un eje con barbillas.

El francés se quedó con plume, mínima variante del latín, y aile para el ala. En inglés, sin embargo, la palabra feather (pluma) tiene un origen más accidentado que pasa por el antiguo fether, el germánico federa, el latín petere y el griego pteron. En ambos casos, su uso moderno también se limita a las aves.

Fueron los términos griegos pteryx (pluma y en algunos casos ala) y archaios los que el paleontólogo Hermann von Meyer prefirió para nombrar al ejemplar que debió llevar una pluma que halló fosilizada en Alemania en 1860, si bien el primer espécimen había sido descubierto cinco años antes. Inglaterra y Suiza son otros sitios donde han sido encontrados restos del pluma antigua, que vivió en el periodo Jurásico superior, hace 150 millones de años.

De los hallazgos del siglo XIX a la fecha no ha cesado la polémica sobre si los dinosaurios tenían plumas y si las aves actuales son descendientes directos de los reptiles prehistóricos. Archaeopteryx pertenece por su taxonomía al superorden Dinosauria y al suborden Theropoda, que lo emparentan con los carnívoros que andaban en dos patas, como el tiranosaurio y el velocirraptor. Sin embargo, las alas del espécimen de Bavaria, que era del tamaño de un cuervo actual, eran para volar.

Estos días la revista Nature dio a conocer un descubrimiento en Birmania que abre pistas sobre estas aves prehistóricas, autoría de un grupo de investigadores de la Universidad de Geociencias de China, consistente en dos alas atrapadas en ámbar hace 99 millones de años, en el periodo Cretácico, con la novedad de que por vez primera están asociadas a materiales óseos y piel.

Los hallazgos anteriores eran todos fosilizados en piedra sedimentaria y aun restos de plumaje en ámbar, pero nunca ligados al esqueleto de la especie, como describe Ryan McKellar, curador de paleontología del Museo Real de Saskatchewan en Regina, Canadá, a Nature.

La nota de la página electrónica de ABC de España ilustra así el hallazgo: "El ámbar aún conserva marcas de garras, señales de que antes de morir, una de las aves había luchado contra la resina pegajosa que había envuelto su ala. Las plumas conservan su color original, desde puntos claros en las superficies inferiores a los marrones oscuros en otras zonas, y en ambos fragmentos de las alas, las estructuras y los arreglos de las plumas son similares a los observados en las aves modernas".

Otra novedad en el descubrimiento es el color, que hasta ahora solo había sido considerado por aproximaciones a partir de sofisticados estudios, sobre todo en los fósiles de Archaeopteryx, que pudo ser de plumaje negro. Se cree que los restos hallados ahora en ámbar eran de dos crías, pues los huesos son más pequeños que los de un colibrí, y se les asocia a los enantiornites, un grupo primitivo que tenía dientes y alas con garras.

La paleontología ha dado un paso gigantesco con este descubrimiento, que empezará a resolver algunos pocos de los múltiples misterios que envuelven la investigación sobre cómo eran estos formidables habitantes del pasado de nuestro planeta. Si bien la ciencia está lejos de obtener material genético a partir de los hallazgos en ámbar para traer de vuelta a los dinosaurios, como imaginó Michael Crichton en su novela Jurassic Park, el estudio de estos pequeños fragmentos de alas, piel y hueso unidos resolverá antiguas incógnitas.

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