Fusilerías

Pacheco y Paz

José Emilio Pacheco (JEP) tenía 25, 26 años, cuando recibió una invitación que, a juzgar por la documentación disponible, rechazó sin más argumento que estar “abrumado de trabajo”: participar en una antología poética imaginada en primera instancia por Octavio Paz. La propuesta en persona fue del editor Arnaldo Orfila, pero la sugerencia de incluir a JEP como coautor fue del entonces embajador de México en Nueva Delhi. Era 1 de julio de 1965.

Paz tenía la certeza de que una antología general de la poesía en lengua castellana sería para el Fondo de Cultura Económica (FCE), encabezado entonces por el propio Orfila, fundamental y bastaría para que se recordara la labor de ese sello editorial en el campo de la cultura hispanoamericana por muchos años. La variante planteada era hacer una selección colectiva, en la que figurarían “Alí Chumacero, Montes de Oca, Pacheco o Sabines”.

Orfila y Chumacero consideraban que Montes de Oca y Sabines “no tenían la suficiente información sobre la literatura mexicana como para poder actuar con juicio crítico”, además de que Pacheco declinaba participar, por lo que propusieron incluir a Huberto Bátiz, a quien Paz impugnó, pese a ser “un joven de talento, pero no poeta”. Y sugería a Orfila “insistir un poco” con Pacheco, a quien “de seguro podría convencer”.

Fue así como se fue configurando la alineación para seleccionar la antología: Octavio Paz, Alí Chumacero y Homero Aridjis. Pero JEP no cedía. “Quienes han de colaborar con nosotros irán a mi casa a manejar los libros que se requiera. Pacheco parece renuente a aceptar (…) Yo insistiré con el objeto de que se decida”, escribe Orfila a Paz el 7 de septiembre de 1965, cuando ya se barajaban los nombres de los poetas a figurar en el libro.

Diez días después, la labor del editor fructificó y quedó completo el comité de selección. Paz pasó entonces al tema de la definición de qué antología iban a preparar. El asunto desembocó, como era de esperarse, en un intenso intercambio no pocas veces áspero, pero respetuoso al límite y de una admiración mutua no solo entre Orfila y Octavio, sino del poeta con sus colegas Chumacero y Pacheco.

Hay que recordar que Paz, de 51 años, ya era una figura mundial de la literatura que no solo era traducido en varias lenguas, sino que era un promotor incansable de autores extranjeros para ser publicados en español. Sus cartas que perfilan la edición de Poesía en movimiento, título tomado precisamente de sus argumentos para la antología, son ensayos en los que un saludo, una puntualización, un disenso, se convierten en una disertación literaria.

Cuando los ánimos se encendían con los desacuerdos por la selección de poetas o poemas, hay por lo menos dos momentos en que Pacheco parece entrar en desesperación y hace énfasis en el cierre de sus cartas: “Espero con auténtica ansiedad su respuesta en dos líneas”. En medio de la crisis del FCE y la salida de Orfila, el plan del libro se va completo al nuevo sello del editor, Siglo XXI, donde finalmente se publicó, ya con 34 reimpresiones al cierre de 2010.

El 9 de agosto de 1966, Paz plantea su enésima advertencia de bajarse del proyecto, esta vez cuando el libro ya llevaba un adelanto en términos de producción. Y es severo: “Por lo visto Alí y José Emilio se han decidido por el criterio que convinimos en llamar de ‘decoro’ literario. Así pues, será una antología más (…) Incluir a Torres Bodet y compañía en un libro que se llamará Poesía en movimiento es como cargar de piedras a una bailarina”.

En una suerte de despedida, Paz descarta fracturas en la relación con el comité y el editor. Escribe: “¿Y qué decir de José Emilio Pacheco? Le debo muchos gestos de amistad. Pero la gratitud —aunque también cuenta— no es lo que me hace lamentar no aparecer a su lado como coautor de la antología. Ser compañero de un poeta joven es, para mí, un premio (iba a escribir una palabra imbécil: una consagración). Desde que conocí a José Emilio me interesaron su obra y su persona. Lo he seguido de cerca. Lo seguiré. Es mi amigo.”

En su respuesta, ocho días más tarde, Pacheco tampoco se ahorra firmeza ni elogios: “La distinción entre decoro y aventura no me parece del todo exacta: en una antología de la aventura difícilmente pueden figurar muchos de los poetas que usted propone —y desde luego yo nada tengo que hacer en ella. Tendría que reducirse, de hecho, a cuatro o cinco poetas, e incluirme ahí, siendo su coautor, me parece una hipocresía o, lo que es peor, una estupidez”. Y le reafirma su admiración, gratitud y afecto.

El lector encontrará todos los detalles de este fascinante episodio de la literatura mexicana en el libro Cartas cruzadas, de Octavio Paz y Arnaldo Orfila, editado por Siglo XXI Editores.

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